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lunes, 22 de octubre de 2012

La hija del Este


La primera novela que leí de Clara Usón fue “Corazón de Napalm”. No sabía nada ni de la autora ni del libro, por lo que aquella lectura de verano, que pretendía ser un paréntesis entre otras más densas, me sorprendió gratamente. Una novela distinta, dos historias que nada tienen que ver… hasta que se encuentran. Para mí fue un hallazgo. Como lo ha sido también ésta, “La hija del Este”.

En esta segunda ocasión ya iba preparada. Esperaba una buena novela, digna seguidora de  “Corazón de Napalm”, la que fuera premio Biblioteca Breve 2009. A pesar de ello, superó mis expectativas.

“La hija del Este” narra la historia de Ana Mladic y no parece augurar sorpresas. Desde el principio sabes que la protagonista muere, que se suicida. Y lo sabes porque es una historia real y porque el libro comienza así. Pero la autora mezcla hechos con ficción, narrativa con leyendas, ecos de Tolstoi o Shakespeare con datos biográficos, y consigue llevarte de un sitio a otro, de un estilo a otro, sin que percibas apenas las diferencias.

¿Cómo aceptar que tu padre, tu héroe y, en ese momento, el de mucha otra gente, es un criminal? Y no un criminal cualquiera, no, sino uno de los más atroces. ¿Cómo creer que las verdades que han sustentado tus creencias, tu vida, no son más que construcciones sectarias, que chocan (y de qué manera) con las que tienen otras personas que viven junto a ti, que hasta hace poco eran tus compañeros, tus vecinos, incluso tus novios? ¿Cómo convivir con esa culpa, que no es tuya (o a lo mejor sí, al menos en parte) y seguir adelante?  Otros lo han hecho. Que se lo pregunten, si no, a la mayoría de los alemanes de la generación actual, cuyos padres vistieron el uniforme nazi, unos con más y otros con menos convicción, pero todos acatando unas normas que, por muy legales que fueran, eran, a todas luces, inmorales. Pero Ana Mladic no pudo. Ana Mladic se suicidó pocas semanas antes de que la locura de su padre culminase en la matanza de Srebrenica, con la pistola que él guardaba para celebrar el nacimiento de su primer nieto.

O al menos eso suponemos. Porque no dejó nota alguna. No contó a nadie el porqué de su decisión. Esa decisión que Clara ha reconstruido desde el viaje con sus compañeros de Universidad a Moscú. Un viaje del que volvió cambiada y en el que, seguramente, descubrió la otra cara de ese hombre que ella adoraba y gran parte del resto del mundo veía como un loco sanguinario.

Pero el libro de Clara Usón no se queda ahí, no se queda en la historia personal, en el desgarro de Ana - que narra magníficamente - sino que va más allá y se adentra en las razones del nacionalismo, en la justificación épica de cada uno de los nacionalismos que anidaron en la antigua Yugoslavia y llevaron a una de las guerras más crueles de los últimos años. Aquí mismo, al lado, en la propia Europa.

El libro tiene muchos párrafos, muchas frase memorables, como ésta: “Se empieza cantando canciones folklóricas y se termina empuñando un kalasnikov”. Y quizá sea eso lo que más me ha gustado, la manera en la que cuenta lo pueril, lo ridículo y lo fácil que puede llegar a ser construir una diferenciación que lleve al odio al otro, a la identidad basada en un pasado que, en ocasiones ni existe. Y cómo ese sentimiento se puede llegar a alentar de manera interesada para lograr otros fines más espurios: los nacionalismos enfrentados a su realidad. Actual. Tremendamente actual.  Y cercano. Tan cercano como lo está Serbia, o Croacia, o Bosnia. Tan cercano como el suicidio de Ana. Las diferencias existen y están bien para apoyar un sentimiento o una cultura. Pero llegar a más… 

En estos días (precisamente en estos días) quizá a más de uno le viniera bien leer esta novela, escrita por una catalana, para asomarse al vacío de la historia reciente y aprender de los errores ajenos.

domingo, 7 de octubre de 2012

Arreglando el mundo


No era raksi sino limoncello, lo que pasaba de mano en mano, la botella vaciándose y los ánimos cada vez más llenos. Llenos de vehemencia, de ganas, de razones. Como entonces. Tan distinto… Veintitrés años habían pasado y todo seguía igual.

Habían cambiado el hotelucho de Patán por el porche bajo el emparrado de Gabriela. La belleza de los templos, las stupas, las montañas rodeando el valle de Katmandú, por las iglesias de Roma; por sus fuentes, sus plazas y los restos arqueológicos diseminados por aquí y por allá, escondidos tras las vallas en cualquier esquina. Esos restos que surgen siempre que hay obras en la ciudad y se excava un poquito, como queriendo recordar que el pasado duerme bajo nuestros pies, pegado a nosotros, evocándonos lo efímero de nuestra existencia en ese “carpe diem” tan romano.

Ni siquiera ellos eran los mismos. Eran algunos más y uno menos. Cuando se conocieron, en el vuelo de ida a Katmandú, Gabriela tenía 26 años, dos menos que Piero, que ya no estaba y los mismos que Daniel y Jaime. Casi el tiempo que había pasado desde entonces. Unos pocos años más de los que tenían sus propios hijos.

Sentados junto al hotel en Patán, hablaban de arreglar el mundo, de lo que había que cambiar, de la corrupción de los gobernantes, del sistema que llevaba a una injusticia tras otra. Se quitaban la palabra en español, en italiano, a veces incluso en inglés, ¿qué más daba? La botella de raksi pasaba también de mano en mano, como ahora la de limoncello. Sólo que hoy había más manos. Estaban también Marta y Berta. Estaba Luigi, que miraba a unos y a otros y no lograba entender del todo sus frases, perdido en la extraña mezcla de idiomas que no conseguía seguir.

Gabriela había organizado el reencuentro con miedo, casi sin esperanzas de que funcionase. Veintitrés años son muchos, ¿cómo iban siquiera a reconocerse? Pero fue Enrico, su hijo mayor, el que la animó a buscarles.

-          ¿Por qué no mamá? Ahora con facebook es fácil. Todo el mundo está allí, seguro que ellos también.-

Y Gabriela se ajustó las gafas (las de leer, de las que hacía algún tiempo que no podía separarse) y se decidió  a bucear en eso de facebook, que tan raro era para ella. Empezó a buscar a sus amigos, con los que compartió la experiencia inolvidable de encaramarse al planeta en aquellos años (unos pocos más de los que tenía Enrico) en los que todo parecía posible, en los que arreglar el mundo era una obligación y quedaba tiempo, todo el tiempo para hacerlo.

Años en los que Gabriela no sabía que su relación con Piero no duraría mucho; ni que, llevada por la fuerza que la impulsaba a no parar de hablar en las noches de Nepal, se haría miembro de un sindicato, para acabar luchando contra otras personas de esa misma organización, en lugar de hacerlo contra el sistema y el capitalismo. Años en los que no sabía de desencanto y resignación; en los que no hubiera podido imaginarse que acabaría comprando esa casita tan mona, con jardín y todo, y que sería realmente una mamma burguesa, que hacía crostata y pizza al volver del trabajo.

Pero Gabriela seguía  pensando que había que salvar al mundo, aunque el mundo pareciese empeñado en no querer salvarse. Porque, veintitrés años después, con una crisis económica mundial que amenazaba con zamparse todo: ideas, políticas, trabajos, ahorros, incluso limoncello y raksi juntos, el mundo giraba sobre sí mismo cayendo en su propio agujero, como un niño enfadado que se tapase los oídos ante la regañina de sus padres.

Y, veintitrés años después, encontró primero a Daniel, que estaba casi igual en la foto de facebook  que en las que ella guardaba en su álbum del viaje (tres carretes de treinta y seis fotos, ahí es nada…) Y no era de extrañar, porque la foto, la que Daniel había puesto en facebook, era casi de la misma época. Pero Gabriela no lo supo hasta que ayer le tuvo enfrente. Hasta más bajo le pareció, con lo alto que le recordaba. Más bajo y, sobre todo, más gordo. Pero el pelo lo tenía igual, tan oscuro y abundante como siempre. No como el de Jaime, gris y escaso, aunque él sí que había logrado mantenerse más o menos igual de delgado.

Les vio y no supo muy bien qué hacer. “Vaya lío en el que me he metido con esto del facebook”, pensó, agarrando fuerte la mano de Luigi, del bueno de Luigi que, sin conocerles, tanto la había apoyado en esta loca idea.

-          Diles que vengan. Invítales a todos.-

-          ¿A todos? – se asustó ella - ¿y dónde les metemos?

-          Pues en casa, ¿dónde va a ser? Nos apretamos un poco y ya está.

 

Y allí estaban, recién llegados al aeropuerto, Daniel junto a una mujer con aspecto de niña crecida que se niega a aceptar que los años finalmente pasan. “Debe de ser Marta”, pensó Gabriela. Jaime con una rubia, Berta, que no se molestaba en disimular sus canas y sus arrugas, que le daban un aspecto elegante y atemporal. “Debe de estar en los cincuenta”, se dijo Gabriela, para darse cuenta enseguida de que ella estaba a punto de cumplirlos.

 

No sabía qué hacer, “¿y qué les digo ahora?”. Pero no hizo falta nada más porque Daniel se acercó y, pasándole el brazo por la espalda, la atrajo hacia él y todo se volvió normal. ¿Era eso posible? Con tres personas que no se conocían y otras tres que no se habían visto en tanto tiempo. Pero lo fue. Y pasearon por sitios que para Gabriela y Luigi eran muy queridos y que Daniel, Jaime, Marta y Berta nunca hubieran visto en sus viajes a Roma. Y comieron y bebieron, como ahora, que la botella de limoncello ya estaba acabada, pero no la conversación, que había surgido en torno al libro de Pietro Ingrao, “Indignarsi non basta”, que Gabriela tenía en la estantería.

 

Y, como entonces, sintieron que había mucho por hacer, pero ya no sabían si todo sería posible, sentían que seguía siendo una obligación arreglar el mundo pero, ¿había tiempo para hacerlo? Y la exsindicalista romana desencantada coincidía con Berta, la jefe de Recursos Humanos española, a la que sólo hacía unas horas que conocía. Y Luigi (que apenas entendía algunas palabras en español) se mostraba totalmente de acuerdo con Daniel, que hablaba tan rápido que ni Jaime lograba comprenderle. Como si no hubieran pasado los años, hablaban de nuevo de la codicia y de la falta de moral de la clase política, y de la ceguera de todos, que seguían sin ver que sólo ponían tiritas en el cuerpo de un enfermo terminal, intentando alargar su agonía, en lugar de buscar la cura, que no podía basarse en las soluciones pasadas, porque los problemas eran nuevos, y por eso necesitaban altura de miras, otra visión, que aún nadie había encontrado.

 

Y la conversación era tan parecida a la de entonces… Sólo que ahora se había acabado el limoncello y Enrico y Giani (los hijos de Gabriela y Luigi) se les habían unido y sus argumentos apenas se diferenciaban de los de Daniel o los de Berta. Jaime, por un momento, creyó verse en ellos, tan jóvenes… Sintió que sus zapatillas Geox, (que le resultaban ideales para sus pies delicados), se convertían en las botas de montaña de hace años; que su polo de Pedro del Hierro era una camiseta azul y que la mochila de ante que había dejado en el perchero de la entrada era el macuto que arrastró (y que a veces le arrastraba a él) en su viaje a Nepal. Y cerró los ojos, oyendo a Enrico y se vio allí, con dos amigos más, arreglando el mundo.

 

Cuando los abrió, Luigi había traído otra botella de limoncello y el mundo seguía necesitando un rescate.

 

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Bilbao-Nueva York-Bilbao


Esta novela recibió el Premio Nacional de Literatura 2009 y se considera un fenómeno literario, entre otras cosas, por la originalidad de su estructura.

Y aquí estoy yo, dispuesta a comentarla desde mi blog. Pero como ya me ha sucedido con otras novelas más o menos laureadas, no me dejaré impresionar por premios ni por opiniones ajenas. Yo, desde mi blog, ejerzo la tiranía del lector, la que espero también de aquellos (no muchos, ya me gustaría que fueran más) que me leen.

Y lo primero que tengo que decir es que no sé si me ha gustado o no. Sí, así de ambiguo. La leí casi de un tirón. Eso parece bueno. Disfruté con todas y cada una de las historias que contiene. Eso también. Pero, cuando terminé tuve la sensación de que me faltaba algo y esa sensación no me ha abandonado desde entonces. Eso ya no parece tan bueno. ¿O sí? Quizá necesite una segunda lectura. Y estoy segura de que, algunas de las historias, la van a tener. Una segunda o incluso una tercera lectura.

Porque ése para mí es el problema: son una serie de relatos agrupados – muy buenos todos ellos - con un hilo conductor, desde mi punto de vista, demasiado fino, que no engarza realmente. Cuando terminé la novela y cerré el libro, sentía que tenía ganas de más, pero también me preguntaba, ¿qué me ha querido contar? Y sí, leyendo otras críticas (tanto de expertos como de otros lectores) sale aquello de la historia familiar, de la autobiografía y la vida del mar. Pero para mí es sólo un pretexto, como lo es el viaje en avión. Un pretexto del autor para hacernos creer que nos ofrece una novela, cuando lo que nos está brindando es un puñado de cuentos propios y ajenos que nos llevan de un sitio a otro, de un tiempo a otro, a través de las emociones que nos van despertado.

Por eso estoy de acuerdo con la opinión generalizada de la crítica: el valor de este libro está en su estructura. En la originalidad de presentarnos una recopilación de relatos como una novela y hacer que nos lo creamos, que sintamos que de verdad Uribe quiere contarnos la historia de su familia, cuando lo que ha hecho es traernos y llevarnos por tiempos y lugares sin haber salido del avión que le lleva a Nueva York, habiendo regresado una y otra vez a Ondarroa. Porque, a pesar de ser una novela pretendidamente local (como he dicho tiene tintes autobiográficos) es, sin embargo, tremendamente universal.

Ese hallazgo de Uribe me da ánimos y me ofrece una vía para explorar. Como ya he dicho en este blog yo me considero más una escritora de relatos cortos que de novelas. Y cuando escribo, lo hago así, enlazando un relato con otro e intentando que todos ellos se enmarquen dentro de la trama general. A veces realmente me cuesta. Y me da la sensación de que a Uribe no le ha importado tanto como a mí conseguir la imagen de unidad, la sensación de que todas las historias convergen en una. Porque, de hecho, sólo convergen en la suya, en su historia familiar, que es la que dice que nos quiere contar. Quizá deba esforzarme más en cada uno de los relatos y menos en la trama general.

Y, por último, desde un punto de vista personal, no puedo dejar de señalar esas coincidencias que me han ido conmoviendo durante la lectura: la referencia al nombre de Antigua y a la patrona, la Virgen de la Antigua, que aquellos que hayáis leído “Ni patria ni tribu” entenderéis perfectamente. Punta Galea y Lekeitio que me hablaban de Patricia…

En definitiva, un libro distinto. Y sí, lo recomiendo.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Algo es algo

Bueno, por fin  voy a poder dar una noticia buena (aunque no tanto como me hubiera gustado) en este blog.
 
Mandé uno de mis relatos, "Platón", el primero que publiqué en el blog hace casi un año, a un concurso, y ha quedado finalista. No ha ganado, pero algo es algo. El resultado es que lo publicarán (junto con el resto de finalistas) en un ebook. Cuando tenga más información ya os iré comentando.
 
Como digo, no era la noticia que esperaba. Me hubiera gustado más deciros que Espasa por fin se había decidido a publicar una de mis novelas. Pero no fue así. Después de mucho pensárselo y de que prácticamente toda la editorial se leyera "la culpa" (al menos, eso me dijeron) han decidido que no es buen momento para apostar por un autor novel, y se la han pasado a La esfera de los libros, a ver si a ellos les cuadra dentro de su propuesta editorial. Tampoco me hubiera importado deciros que he ganado o soy finalista del premio de novela Círculo de Lectores. Pero tampoco es ésa la noticia. Es algo más modesta: un concurso de relato corto y finalista. Por algo se empieza.
 
A los que sabiais algo de este concurso (al que presenté "Platón"), gracias por votarme. Me explico, había dos tipos de premio: uno lo concedía un jurado profesional y otro era por votación en internet. Yo siempre dije que confiaba más en el del jurado profesional, porque es que hay algunos, que no sé cómo lo hacen, pero tienen muchos, muchos "amigos" cibernéticos. Al final, ha sido así. A pesar de que muchos de vosotros me habéis votado, con mis 60 y tantos votos, estaba muy lejos de los que tenían cerca de 2000, y ha sido el jurado profesional el que me ha elegido finalista.
 
Para el que quiera leerlo, "Platón" sigue en este blog, como página a la derecha.

viernes, 7 de septiembre de 2012

El abuelo que saltó por la ventana y se largó


Ésta es la primera novela del autor, Jonas Jonasson, y ha tenido un gran éxito de ventas. La leí llevada por ese éxito y por la recomendación de algunos de sus lectores. Lo cierto es que no ha cubierto todas mis expectativas. Es una novela entretenida, bastante absurda y puede servir para pasar el rato, pero, desde mi punto de vista, está sobrevalorada.

El personaje principal (un centenario que se escapa de la residencia el día de su cumpleaños) vive una serie de aventuras, a cada cual más disparatada, con un grupo de gente que se le irá uniendo del modo más raro que puedas imaginar y que son, ellos mismos, extraños. A eso se une la vida del protagonista, que nos llega en “flash-back” y que nos da un repaso por los acontecimientos más importantes del siglo XX de un modo ya no irreal, sino imposible.

Allan, el protagonista, recuerda a Forrest Gump y al personaje principal de alguno de los libros de Eduardo Mendoza (“La aventura del tocador de señoras”, “El misterio de la cripta embrujada”, etc.) Una mezcla en todo caso surrealista, pero que podría resultar bien. Sin embargo, desde mi punto de vista, su coincidencia con personas y hechos históricos es aún menos creíble que la de Forrest, y Allan menos gracioso que el protagonista de Mendoza. Para resultar mejor debería tener algo más de la humanidad del primero o caer totalmente en el disparate, como el segundo. En definitiva, a Allan le falta algo. Creo que cercanía. No llegas a cogerle cariño a ese centenario que no puedes calificar de loco pero que nunca, ni de joven, fue cuerdo. Y eso, en un libro, no es bueno. La  conexión del lector con los personajes (a ser posible con los principales) es fundamental.

Por lo que se refiere al estilo, es sencillo, fácil y rápido de leer. Me recuerda a otros libros de autores nórdicos. Supongo que, de algún modo, tienen fuentes comunes. Incluso la trama que sucede en la actualidad podría ser parte de alguna de las novelas negras suecas e islandesas que tan famosas se han hecho en los últimos años. Siempre y cuando los personajes fuesen más creíbles…

En definitiva, yo la calificaría (a pesar del éxito que ha obtenido) como una novela sin pretensiones, para pasar un rato entretenido. Por lo que se refiere al autor, como he señalado, no me disgusta su estilo por lo que, si es capaz de componer una historia más verosímil (o definitivamente imposible, quién sabe) quizá sea algo más que un autor de un solo éxito. El tiempo dirá.

viernes, 10 de agosto de 2012

Cosas de familia

Hoy, de nuevo, voy a dejar una historia inventada surgida de otra real. El fin de semana pasado me sorprendió otra vez con charlas que me evocaron relatos, entre la arena y la sombra del toldo de la playa. Está claro que cuanto más salgo de casa más me inspiro. Tengo pendiente otra historia, pero esa tardará algo más en llegar. Gracias a la protagonista de ésta por cederme algunos de los hilos que me llevaron a tejer este cuento que no es del todo mío...

"La tía Brígida seguía dando la lata hasta después de muerta. Como el Cid. Y es que siempre había sido una cascarrabias. Todo un carácter. Y le había tocada a ella, a ella precisamente, ir a recoger sus cosas. No sabía de qué le servía ser “la mala”, la hermana crápula, la rebelde, la que nunca acudía a las reuniones familiares, con la que no se podía contar. Al final, Sara siempre se las apañaba para librarse de todo. Con su aspecto pulcro e impecable, de niña buena, de madre joven, que es lo que era y no una divorciada sin hijos como ella.

Sara era el orgullo de la familia. Siempre lo fue. Formalita. Haciendo justo lo que se esperaba. Sin dar disgustos. Llegando a todo a su tiempo. Con un expediente académico sin lustre pero sin mancha. Con ese trabajo tan bueno y tan conveniente. Casada con su novio de toda la vida, gris y aburrido como ella. Con unos hijos, tres, que parecían el mismo y parecían también su madre. O su padre. O los dos. Sosos. Pero, en el fondo, era mucho más lista que ella. Estaba segura. Porque siempre se libraba de todo. Y quedaba fenomenal.

No como Eugenia, la vergüenza de la familia. Desde que recordaba. Siempre con problemas en el colegio. Y no por las notas, no, sino por el comportamiento. A punto de que la expulsasen en varias ocasiones. Se pasaba más tiempo fuera que dentro de la clase, castigada. De un novio a otro, que ella nunca los hubiera llamado así, pero a ver cómo se lo explicaba a su familia, que eso de los rollos no lo entendían. Sólo novios. Y sólo formales. Imposible con Eugenia. Y con ese carácter. No se podía contar con ella para nada. No en una familia como la suya, de misa diaria. Una familia de bien, como las de antes, como Dios manda. Con el abuelo exfalangista, que combatió en la División Azul – o eso decía, aunque nunca fue capaz de dar un solo dato que lo confirmase - con las mujeres rezando el rosario. El rosario que dirigía siempre la tía Brígida. La peor de todas. La más estirada, la más estricta, la que miraba a Eugenia con gesto reprobador.

Y ahora estaba allí, en el piso de la calle Luchana. Ese piso de techos altos y pasillos interminables, exterior, aunque no se veía la luz más que en algunas de las habitaciones. Con esos cuartos que no se llamaban de un modo normal, que no tenían los nombres que había en otras casas, sino que eran el gabinete, el despacho, el office. Esa casa, que podría ser bonita, era sin embargo como la tía Brígida, oscura, estirada. Llena de muebles antiguos pero sin gracia, acumulados con un gusto discutible, todo muy ordenadito y limpio, eso sí. Impecable. Feo. Como su familia.  Brígida la frígida, la llamaban las hermanas cuando eran pequeñas. Luego Sara renegó del apodo, pero para Eugenia siempre fue como un apellido. Le salía solo y a veces tenía que hacer esfuerzos por recordar que no podía llamarla así en público.

Nunca se habían llevado bien. Y eso que, para Brígida, la madre de Sara y Eugenia era la preferida de sus sobrinos. Porque era su tía abuela. La hermana pequeña de su abuela Águeda. Entre ellas había más de diez años de diferencia y siempre habían vivido juntas. La abuela se hizo cargo de ella cuando quedaron huérfanas, en la guerra. Se la llevó a  casa, a esa casa en la que estaba ahora Eugenia. La que fue de sus abuelos y conservó Brígida cuando ambos murieron.

“Qué vida más triste”, pensó Eugenia. “No la envidio nada. Siempre sola. Pendiente de todos. De mamá, del tío, de nosotros…. Era un rollo, pero la pobre no debía de tener muchas cosas para entretenerse. Quizá por eso estaba tan amargada.”

No sabía por dónde empezar. Abrió el armario del dormitorio de su tía. Un armario oscuro, de tres cuerpos, tan sobrio como ella, sin adornos. Los tiradores plateados y sin ningún tipo de motivo. Tenía aspecto de ser de los años setenta. “Si al menos los muebles fuesen antiguos, si tuviesen estilo… Podríamos hacer algo con ellos, pero así, así dan ganas de vender la casa con todo dentro”. Vestidos. Vestidos oscuros, de líneas rectas. Largos, por debajo de la rodilla. No le costaba verla al mirarlos. “Como la señorita Rottenmeier”, se dijo. “No hay nada aprovechable.” Pasó la mano por la ropa. “Los cojo todos y los llevo al contenedor.” Y los fue descolgando de las perchas y dejándolos en una bolsa grande que había llevado. Cuando estaba a punto de terminar vio una caja en un estante. Una caja que le sonaba. Era de latón y estaba decorada con dibujos de colores. No recordaba bien, pero creía que era de Cola-Cao, antigua, de cuando ella era pequeña. Pensó que encontraría hilos dentro, que era la caja de la costura, pero cuando la abrió vio cartas. Cartas y fotos.

“Vaya, esto promete”. La cogió y se sentó en la cama, dispuesta a entrar en la vida de Brígida, de la correcta Brígida. No sabía por dónde empezar. Y no es que tuviera escrúpulos, no, que a ella eso de la intimidad cuando se trataba de la gruñona de su tía, no le daba ningún reparo. “Empezaré por el principio, ¡qué tontería!” y cogió la primera carta del montón. Tenía aspecto de ser antigua, con los bordes amarillentos y la letra del sobre desigual. Eugenia no sabía qué esperaba encontrar, pero desde luego no lo que leyó.

La carta tenía fecha de 1941, de agosto de 1941. Estaba escrita desde Toulouse. “¿Quién escribiría a la tía desde Francia?” Comenzó a leer con dificultad, la letra no ayudaba mucho. A medida que iba avanzando, su gesto de asombro se hizo más y más grande. “Es un hombre. Un hombre que escribía a la tía”. Un hombre que le dedicaba frases cariñosa, tan cariñosas que nunca hubiese imaginado que alguien se las pudiese decir a la estirada de su tía. Le contaba que estaba bien. Que no se preocupase. Que había conseguido pasar a Francia y que se ganaba la vida. Que no la olvidaba, pero que por ahora no podían encontrarse.  Le preguntaba por la niña. ¿La niña?, ¿a qué niña se refería?  Eugenia tuvo un presentimiento. Pero no podía ser. Su tía era soltera, soltera de toda la vida. Solterona. Y por supuesto, no tenía hijos. ¿Cómo iba a tenerlos ella, una mujer religiosa, defensora a ultranza de la moral cristiana y del sagrado sacramento del matrimonio? No, el hombre de la carta – un tal Francisco – no podía ser el amante de su tía. ¿O sí? La verdad era que, por muy estricta que fuese, la mujer podría haber tenido algún novio, ¿por qué no? Toda su vida no habría sido una vieja solterona. Eugenia no la recordaba de otro modo que no fuese con sus vestidos oscuros y su moño tenso, con el gesto agrio y dispuesta a saltar por cualquier cosa. Pero Brígida tenía que haber sido joven en algún momento, aunque Eugenia no pudiese ni imaginársela.

Revolvió los papeles de la caja y encontró una foto.  Una vieja foto sepia con los bordes doblados. En ella un hombre y una mujer, apenas dos muchachos, sonreían a la cámara, el brazo de él pasando por encima del hombro de ella. Le costó reconocer a la tía Brígida en esa joven alegre, con dos trenzas recogidas en la parte superior de la cabeza, vestida con ropas claras y estampadas. No se podía saber bien de qué color porque el blanco y negro de la foto no dejaba adivinarlo, pero claras en definitiva, lejos de los tonos marrones y grises que habían llenado su vida. La vida que Eugenia recodaba.

“La tía Brígida tenía un pasado”, se dijo,” un pasado en el que, al menos, sonrió. Quizá no le duró mucho a la pobre, no le debió de durar, porque en la parte de atrás de la foto figura el año 1939 y la carta está fechada dos años después”. Se le fue. Se le fue Francisco, quienquiera que fuese. Ese chico moreno de mirada penetrante que sonreía, con ella, a la cámara y que le sonreía también a Brígida a través de las letras de su carta. La llamaba “Brigi”. Nunca se imaginó que el nombre de su tía se pudiese abreviar. No le pegaba. ¿Cómo se lo diría él?, ¿se lo susurraría, con esa sonrisa de la foto, acercando su cara al oído de ella? La tía Brígida tuvo un novio que la llamaba Brigi,  que la abrazaba y la hizo reír. Todo un descubrimiento. Pero las fechas y la carta no parecían querer decir nada bueno. Se separaron. Por algo se separaron. Supuso que por la Guerra Civil. ¿Cuántos años tenía entonces su tía?, ¿cuántos años tenía la niña crecida de la foto?, ¿quince, dieciséis? La abuela Águeda y ella se llevaban diez años. “A ver, vamos a pensar”, se dijo Eugenia, “no me acuerdo cuándo nació la abuela, pero ella siempre decía que en el glorioso año de la victoria tenía veinticinco. Veinticinco. Entonces tía Brígida, en 1939, tenía quince. Miró otra vez la foto. Una niña. Era una niña alegre como ya nunca lo fue.

Estaba intrigada. Había un montón de cartas. Las ojeó. Casi todas tenían la misma letra que iba cambiando a medida que avanzaba en el montón. Hasta que llegó a la última. La última era distinta. El sobre más blanco. La escritura redondeada. Hasta la tinta del bolígrafo era diferente: negra. La abrió. “Siempre he sido un poco impaciente, y leerme todo el fajo de cartas puede ser muy largo”, se dijo, “haré como con los libros, me leeré directamente el final”.

Sacó el papel. También venía de Toulouse, pero la carta estaba fechada más tarde. Bastante más tarde. En 2010. Hacía solo dos años. El estilo era completamente distinto, menos cariñoso, más actual. Alguien (aún no sabía quién, no había llegado al final y no había reparado en el remite) informaba a Brígida de que su abuelo había muerto. Eugenia tardó un poco en comprender que se trataba del abuelo de la persona que escribía. Su abuelo Francisco. ¡Francisco! Seguro que era el mismo Francisco de la otra carta. Cogió de nuevo el sobre. No, las direcciones no coincidían, pero eso daba igual, no era necesario que el nieto viviese en la misma casa del abuelo. Estaba claro que se trataba de la misma persona, pero ¿por qué informaban a la tía Brígida? Siguió leyendo. Le contaba que en su casa siempre habían sabido de su existencia y de la de Toñi. Eugenia tardó un tiempo en reaccionar. Toñi. No podía referirse… No, no podía ser. En su familia sólo había una persona que pudiera responder a ese nombre, aunque no recordaba que hubiese utilizado nunca semejante diminutivo. Era Antonia. Marian para todos. La madre de Eugenia. ¿Qué tenía que ver su madre con ese tal Francisco, que había muerto dos años atrás en Toulouse y con su nieto? ¿Por qué sabían de su existencia, como sabían de la tía Brígida? Recordó la fecha de nacimiento de su madre. 1940. Al poco de terminar la guerra. Un año después de la foto de bordes rotos y arrugados. Cuando la tía Brígida tendría, ¿cuántos?, ¿dieciséis? Y la abuela Águeda diez más, veintiséis, dos menos que el abuelo, que por aquel momento se disponía a partir para luchar en la División Azul. Dejaba en casa a su mujer, a sus dos hijos, Andrés y Marian y a su cuñada, a la que habían recogido poco después de morir sus padres. ¿O no? A Eugenia nunca le habían cuadrado las fechas, las fechas en las que el abuelo vino del frente para partir poco después con la División Azul. Las fechas que separaban los nacimientos de los dos hermanos, tan seguidos… “Ya ves, hija, tu madre, que se adelantó y fue prematura. Y en esos momentos. Lo que costó sacarla adelante”, se quejaba su abuela. Prematura. Sólo diez meses de diferencia con su hermano. Muy poco tiempo. Nunca había conocido a dos hermanos que hubiesen nacido en el mismo año, como su madre y su tío, en 1940. Y luego nada, ya no hubo más hijos. El abuelo (el excombatiente) y la abuela Águeda ya no tuvieron más, sólo dos, muy seguidos, y ya está. Extraño. Nunca le habían cuadrado las fechas y ahora se daba cuenta de que siempre había sospechado que había algo raro. Pero esto…. Decidió leer todas las cartas, para ver si se aclaraba el misterio. La tía Brígida era en realidad su abuela. Y además madre soltera, ¿quién lo iba a decir?

Pero resultó que no, que esa familia de misa diaria y moral estricta, no tenía una madre soltera que ocultar, sino algo distinto, quizá peor para ellos, porque hicieron todo lo posible para que nunca se supiese. Tenían una joven roja, casada por lo civil con un camarada fugado, que parió en la cárcel de Ventas por negarse a delatarlo. Una joven que, durante años, rezó y rezó el rosario en el salón de esa casa de techos altos que podía ser tan bonita y que era, sin embargo, tan ramplona, pidiendo poder reunirse con Francisco; viendo crecer a su hija a su lado sin contarle la verdad; agradeciendo día a día la caridad de su hermana y del santurrón de su cuñado; sabiendo que su amor, aún recordándola, amaba también a otra. A otra con la que vivía y con la que tuvo hijos. Más de uno. Tres en realidad. Tres hijos franceses, hermanos de su sobrina, que era su hija y no lo sabía y se empeñaba en ser Marian cuando era Toñi, su pequeña, igualita que su padre, con ese gesto que la delataba y sacaba de quicio a su cuñado Juan.

La tía Brígida, que era su abuela y vivió amargada. Que tuvo, quizá, un año o dos de momentos felices, como los de la sonrisa de la foto y luego nada. La que vio crecer a  Eugenia, tan distinta, tan igual a ella misma que le daba miedo.

Revolvió entre las cartas buscando algo más, algún otro recuerdo de un pasado que nunca se imaginó. Encontró otra foto, más moderna, pero también arrugada en los bordes. Ésta en color. Eugenia no recordaba haberla visto. Y sin embargo era ella. Ella misma, el día de su comunión, posando con gesto de fastidio al lado de la tía Brígida, tan estirada como siempre, con el pelo recogido en un moño y el vestido abotonado hasta el cuello. Pero había algo raro, algo por lo que Eugenia sabía que no había visto nunca la foto. Porque en la imagen, Brígida no miraba a la cámara, con el gesto desabrido y los ojos altivos que siempre tenía, sino que la miraba a ella, a la niña de comunión, con el vestido blanco recién planchado, tan incómodo. La miraba y tenía la misma sonrisa que Eugenia nunca le había visto y que la había sorprendido desde la foto sepia en la que, abrazada a un joven moreno que había resultado ser su abuelo, no podía ni imaginarse la vida que la estaba esperando.

Eugenia cerró la caja y la dejó en el armario. Se preguntó si su madre sabría algo de todo esto. Cogió la bolsa con los vestidos y bajó en el ascensor, dispuesta a tirarlos al contenedor. Decidió que no era posible, que su madre nunca lo habría aceptado. Ser ella misma la hija de una pareja casada por lo civil, con lo bruta que se había puesto cuando Eugenia anunció que no se casaba por la Iglesia. “Eso ni es una boda ni es nada”, le dijo y Eugenia, al final, cedió. Ser la hija de una pareja de rojos, ella, que pensaba que el PP era casi de izquierdas. No, su madre no lo sabía. Y no tenía por qué enterarse. Así era mejor. Sería su secreto. El secreto que fue de Brígida y que ahora era de Eugenia. El que la reconciliaba con su vida y la hacía ser normal a pesar de su familia. Porque sus abuelos no eran sus abuelos y, aunque su madre y su padre - el Coronel retirado - sí lo eran, ella había salido - ¿quién lo iba a decir? – al abuelo Francisco y a la abuela Brígida, y por eso no había sido nunca capaz de adaptarse a las normas, a esas normas que no eran las suyas y que ahora, por fin, veía tan lejos.

Acercó la bolsa llena de vestidos oscuros al contenedor de ropa y le pareció que Brígida, dondequiera que estuviese, aprobaba su decisión".


jueves, 2 de agosto de 2012

La abadía de los crímenes


Ésta es la segunda novela que leo de Antonio Gómez Rufo. La primera fue “La noche del tamarindo” de la que ya hablé aquí. Aunque, como dije en su momento, no puedo ser imparcial con “La noche del tamarindo”, ya que me recuerda muchas vivencias personales, veo en ambas novelas – tan distintas – un denominador común, que no es otro que la documentación. Son, las dos, novelas que requieren conocimientos específicos, una en medicina y la otra en historia, por lo que, la aparente facilidad de su lectura esconde, sin duda, un gran trabajo de investigación.

Tuve la oportunidad de hablar con Antonio en la última edición de la Feria del Libro de Madrid, donde compré esta novela que ahora comento, y me confirmó esa impresión. A él (como a mí) le atrae el estudio previo que requiere la escritura de un libro bien documentado. Esa mezcla de aprendizaje y transformación, de juego con una realidad cierta, que no puedes cambiar, pero que te acompaña en la creación de tu propia historia, encorsetándote y abriéndote, al mismo tiempo, nuevas perspectivas.

La novela está ambientada en el siglo XIII, y narra los misteriosos asesinatos ocurridos en el primer convento femenino del reino, situado en los Pirineos. Hasta allí, para darles solución, ya que las novicias fallecidas pertenecen a las principales familias de la comarca, llega el propio rey don Jaime I. La novela no trata de negar su deuda con “El nombre de la rosa”. Como ella, es de fácil lectura. Los acontecimientos se suceden vertiginosamente y, en sólo cuatro días, el misterio queda resuelto.

Me han gustado sus personajes femeninos, tan diversos. Esa monja-detective que se me antoja, sin embargo, difícil de encajar en plena Edad Media, quizá porque la época (como le pasa a gran parte de mis contemporáneos) me es bastante desconocida. La reina Leonor, que sufre el desamor con emociones atemporales y es esclava de su destino. Sus damas, pendientes de ocupar un tiempo vacío que parece imposible de llenar, aún contando con la ayuda de las horas de los rezos. Y las monjas, las del convento, con un secreto muy poco espiritual que ampara unas ambiciones más bien mundanas. Y todo ello se acabará descubriendo… de la mano de Constanza y el rey.

Me ha gustado también la trama política de la que habla el autor. Las luchas entre los nobles de Aragón y los de Cataluña. Ese guiño a la situación actual…  Los nacionalismos. Problemas viejos que intentamos adornar con aspiraciones pretendidamente nuevas.

En definitiva, una novela amena, que bebe de dos tradiciones narrativas, la histórica y la de detectives, sin llegar a enmarcarse totalmente en ninguna de ellas. Si te gusta la historia, pero no te ves capaz de leerte un libro demasiado contundente estas vacaciones, te recomiendo “La abadía de los crímenes”. Y si te gusta el género de detectives y además quieres quedar bien, mostrando unos conocimientos históricos sobre la Corona de Aragón en el siglo XIII, también.