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domingo, 16 de diciembre de 2012

Penélope


Cuando vio el nombre en la pizarra de la Iglesia - Tomasa Frutos - pensó; “Él volverá”. Pero inmediatamente desechó esa idea. “No, no lo hará. No vino cuando murió su padre, ¿por qué iba a hacerlo ahora, que es su madre la que ha muerto?”. La respuesta se la dieron en la tienda de Manolo:

-          Pues yo creo que esta vez sí que viene Pedro.

-          ¿Y por qué esta vez sí?

-          Pues, ¿por qué va a ser? Muertos Damián y Tomasa y siendo él el único hijo, vendrá a hacerse cargo del poco o mucho capital que haya.

-          Para eso sí, pero para cuidar a sus padres nada. No creo yo que tenga dónde rascar. Lo que le quedaba se lo habrán ido comiendo las monjas que les han atendido todos estos años.

-          ¿Tú crees?

-           Tú dirás. El uno, inválido. La otra, loca. Dos monjitas. Una por el día  y otra por la noche. Eso cuesta.-

-          No tendrá valor de venir ahora, después de haber estado sus padres como han estado y él sin aparecer.

-          Verás como sí que lo tiene

-          ¿Cuánto tiempo lleva fuera?, ¿veinte años?

-          Lleva más. Lo menos treinta.

 

Treinta y dos, pensó Carmen. Treinta y dos años desde que él se fue. Treinta y dos años esperando. Esperando, ¿qué?

 

Ella lo había sabido todo inmediatamente… Al igual que el resto del pueblo. Las noticias vuelan. Al principio no podía creerlo, hasta que Tomasa, tan dulce, tan comprensiva como siempre, se lo dijo:

 

-          Se ha ido, Carmen. Se ha ido y no volverá. Lo siento, no sabes cuánto lo siento, pero no le quedaba otra. El muy idiota… Con una novia como tú. Una muchacha buena y decente. Y va y deja preñada a la otra, a Pilar, la hija de Diego, el del callejón, que ya sabes lo  que se cuenta de ella. Ha tenido que cumplir, tú lo entiendes, ¿no? Él no podía dejarla. Muy mal hecho lo de preñarla, pero hecho está. Y él tenía que cumplir. Se casaron el martes, de madrugada. Don Ramón, el cura, no quería, decía que así, a escondidas, no le parecía bien. Pero Pedro insistió. Yo creo que fue por ti, Carmen, por no hacerte sufrir con una boda a la luz del día, para darte a entender que acepta a esa mujer y a ese hijo porque no le queda más remedio; pero que es a ti a quien quiere. Eso lo sé yo, lo sabes tú y lo sabe todo el pueblo pero… Es un hombre. Lo ha hecho y tiene que cumplir.-

-          ¿Dónde está? – Preguntó Carmen.

-          Se ha ido a Sevilla. Allí vive el hermano de ella y buscará trabajo. No quería quedarse aquí. Decía que no podía, que no era capaz de mirarte a la cara. Por eso no te ha dicho nada. Por eso ha huido como un perro. El muy idiota, con una novia como tú, tan buena y tan decente…-

 

Tomasa había sido como una madre para ella. Su relación se mantuvo a pesar de la marcha de Pedro. A través de sus visitas, Carmen supo del nacimiento de Pedrito, de la suerte de Pedro al colocarse en el Ayuntamiento de Sevilla, de sus nuevos hijos: Pilarín y Roberto y de sus vacaciones, siempre en la playa, lejos del pueblo y sus calores. Pedro fue espaciando poco a poco sus noticias hasta que prácticamente desaparecieron, limitándose a dos o tres cartas al año (por Navidad y en los cumpleaños de sus padres) que más tarde fueron sustituidas por llamadas telefónicas. Tomasa y Damián nunca conocieron a sus nietos. Pedro no volvió. Varias veces intentó que sus padres fueran a visitarle, pero ellos sólo habían salido del pueblo una vez, en su luna de miel. Fueron a la capital de la provincia, en un viaje tortuoso y desagradable que sació para siempre sus pocas ganas de ver mundo.

 

Y ahora Tomasa había muerto. Carmen sintió su pérdida como un peso más sobre su espíritu. Poco a poco se había ido apagando su interés por la vida. Cuando Pedro se fue (se fue y la abandonó para siempre) Carmen tenía veintiún años. Era joven, con esa belleza sencilla y sonrosada de la salud. Era la penúltima de siete hermanos y disfrutaba de lo que, poco a poco, le iba descubriendo la vida. Conocía a Pedro desde siempre, como al resto de los jóvenes de su edad que vivían en el pueblo. Pero tres años antes, en la Iglesia, durante la misa de doce, sus miradas se habían cruzado y todo había cambiado. Él estaba sentado a la izquierda, con su padre, en los bancos de los hombres. Ella a la derecha, con sus hermanas, en los bancos de las mujeres. Él la estaba mirando. Ella sintió el peso de sus ojos en la nuca y volvió la vista. Inmediatamente desvió la mirada. Pero no pudo evitar volverse hacia él al cabo de unos segundos. Seguía contemplándola. Sonreía. Ella también sonrió y entonces sintió que ambos estaban fuera de la Iglesia, en otro lugar, juntos, solos, que los demás se habían ido y que en sus miradas, en las miradas de los dos, se abría un camino en el que no existía el tiempo, y ese camino estaba lleno de sensaciones desconocidas aún por llegar, que sólo descubrirían recorriéndolo juntos.

 

Después vinieron las notas que él le entregaba por debajo de la ventana, con letra picuda y frases copiadas de las novelas. Por fin, a través de su vecina Mari Tere, una niña que a veces les servía de mensajera, le pidió que fuese su novia. Ella le dijo que sí. Y se lo habría dicho mil veces si él se lo hubiese seguido preguntando. Sí, sí, sí, sí… Claro que sí.

 

Se hicieron novios. Conocieron a sus respectivas familias y todo transcurría como era de esperar en estos casos. Carmen hacía lo que hacía todo el mundo y sentía que eso estaba bien. Con el tiempo, fijaron la fecha de la boda y Carmen y sus hermanas comenzaron a coser el que sería su vestido de novia.

 

 Recordaba el roce de los labios de Pedro en aquel primer beso que la sorprendió en el portal de su casa. Y el sabor de la lengua de él en los recodos de su boca en los besos que vinieron después. El calor de su cuerpo cuando, como sin querer, se rozaban con un brazo o una pierna al bailar el pasodoble en las fiestas. Y sobre todo, recordaba la presión de sus brazos envolviéndola al abrazarla. Esa presión que le hacía sentir que nada malo podría pasarle jamás.

 

Él le pidió cientos de veces algo más. Ella se negó cientos de veces. “Cuando nos casemos”, repetía una y otra vez. Y volvía a casa, se encerraba en la habitación que compartía con tres de sus hermanas y rezaba y rezaba para que el día de su boda llegara cuanto antes. Rezaba porque quería estar siempre con él. Y también porque, aunque no se atreviese siquiera a pensarlo, ella quería apagar ese ansia que la recomía cuando estaban juntos. Ansia por tocarle. Ansia por descubrir todo aquello que imaginaba y aquello que ni siquiera se atrevía a imaginar. Se acostaba deseando dormir hasta el momento en el que pudieran volver a estar juntos y así no pensar más en él, porque hacerlo le dolía.

 

Un día, cuando quedaba un mes y medio para su boda, él desapareció. Desapareció sin dar ninguna explicación. Se fue y la abandonó para siempre. Supo que se había casado y que su mujer estaba embarazada. Supo que se había quedado embarazada mientras ella cosía su traje de novia y apagaba sus ansias de Pedro rezando para estar siempre con él. Supo que Pedro la había engañado. Pero, a pesar del dolor que le causó su traición, hubo otro dolor más grande que creció y superó la humillación de verse abandonada. Pedro se había ido. Pedro no volvería. Creyó volverse loca. Sabía que si él hubiese vuelto y le hubiera pedido que le siguiera, lo habría hecho. Se habría ido con él, sin importarle nada. Ni las habladurías, ni que él estuviese casado, ni siquiera que fuese a tener un hijo de una mujer con la que  había estado mientras le juraba amor eterno a ella. Cualquier cosa, cualquier cosa con tal de estar a su lado. Se odió una y mil veces por haberse negado. Pensó que, si hubiese hecho lo que Pedro tanto le pidió y ella tanto deseaba, si hubiese desoído los consejos de sus padres, si no hubiese sido tan decente, ella sería ahora la embarazada y estarían juntos. No podía soportar que todo el mundo alabase lo buena y decente que era. “Puta y mil veces puta antes que estar sin el hombre al que quiero”, deseaba gritarles a todos.

 

Pero, en lugar de eso, callaba y lloraba todo el día. Al principio el dolor era tan grande que sólo se calmaba cuando pensaba que todo era mentira, que se trataba de un mal sueño, que Pedro volvería, se casarían, estarían siempre juntos y tendrían hijos. Y los verían crecer y los verían marcharse y al final envejecerían el uno junto al otro.

 

Cuando el día fijado para su boda llegó y pasó sin que él apareciese, Carmen guardó el vestido de novia, aún sin terminar, en el fondo de un baúl y encerró con él sus esperanzas.

 

Nunca se habló de Pedro en su casa. Tampoco del vestido. Ni siquiera cuando Soledad, su hermana menor, burló la suerte que tenía escrita desde su nacimiento y se casó con un representante de productos de limpieza que recorría los pueblos con su maletín y sus muestras. Cuando Soledad nació, Rosa, la vecina, que había actuado como comadrona en el parto, sentenció: “Es una niña, Dolores, para que te cuide cuando seas vieja”. Pero Soledad se casó y se fue de allí, como lo habían hecho el resto de los hermanos, salvo Carmen. En ese momento, ella supo cuál era el destino que le estaba reservado: ocupar el puesto de su hermana Soledad y cuidar a sus padres cuando envejeciesen.

 

Y eso fue lo que hizo desde entonces y, sobre todo, durante los siete años que duró la lenta agonía de sus padres. Ambos murieron nonagenarios. Ambos murieron de un cúmulo de pequeñas enfermedades que les fueron apagando poco a poco, haciéndoles más y más dependientes de Carmen.

 

Cuando los dos finalmente fallecieron (en un intervalo de un año) Carmen sólo deseó que su longevidad no fuese hereditaria pues, cumplido su único destino en este mundo, no encontraba razón alguna para seguir viviendo.

 

Y ahora la muerte de Tomasa. Y esa sensación vagamente familiar que no la dejaba pensar en nada. Llegó a su casa y, por primera vez en los últimos años, se puso frente al espejo con la intención de mirarse.

 

Le costó reconocerse en esa anciana delgada, de rostro anguloso y pelo cano, recogido en un moño bajo. Ésa era ella. Y también lo era esa joven regordeta de pelo rizado que recordaba mirándose en el mismo espejo años atrás. Pero entre las dos imágenes no había ningún parecido. Se avergonzó de su aspecto. “Parece que tengo setenta años. Estoy fatal. ¿Y si me arreglase?”, pensó, “quizá un corte de pelo… Pero, ¿qué digo?, ¿por qué me voy a cortar el pelo yo ahora? Estoy empezando a chochear. Estoy bien como estoy. No tengo por qué gustarle a nadie. Además, él no va a venir. Y si viene… ¿Y ella?, ¿cómo estará ella?”. Recordó a una muchacha alta y de formas generosas, con el pelo castaño cortado a la última moda y vestida con las faldas más cortas del pueblo. “Los niños le habrán dejado huella. Y los años. No hay más que ver a mis hermanas. Todas gordas después de parir.” Pero aun así no pudo evitar comparar la imagen de su recuerdo con la que le ofrecía el espejo. “Estoy loca. ¿Cómo se me ocurre siquiera ir? No iré y ya está. Quien evita la ocasión evita el peligro. No tengo por qué exponerme a esa vergüenza. No tengo por qué. Yo en mi casa y ya está”. Pero pensó en Tomasa. “No, tengo que ir. Tengo que hacerlo por ella. Además, Pedro no va a venir.”

 

Pero, por si acaso, pasó por la peluquería por primera vez en los últimos diez años y buscó en su armario algún vestido que no estuviese totalmente pasado de moda.

 

Después de varias pruebas se decidió por el traje que se compró para el entierro de su padre. Volvió a mirarse en el espejo. “Bueno, ahora sólo parece que tengo unos sesenta”. Seguía sin encontrar parecido alguno con la chica de mejillas sonrosadas que se probaba su vestido de novia frente a ese mismo espejo. Pero era ella. También era ella. Finalmente decidió buscar en el fondo del baúl, aquél en el que guardó su vestido y encontró el broche que Pedro le regaló cuando cumplió veintiún años. Lo limpió y se lo colocó en la solapa. Contrastaba demasiado con la sobriedad del traje. Decidió guardárselo en el bolsillo. “Ya voy a dar pie para cinco años de cotilleos. No es necesario darles más de qué hablar. Me lo guardaré y, si viene Pedro, lo prenderé de la solapa para que me reconozca”.

 

No es que tuviese dudas. Él la reconocería. Seguro. Bastaría con mirarle, con que se mirasen, para volver a sentir aquella sensación de años atrás. Como en la Iglesia. “Hay cosas que no cambian. Que no pueden cambiar. Y ésta tiene que ser una de ellas”. Pero tampoco era necesario dejarlo todo al azar. “Una ayudita siempre viene bien”, pensó y se dirigió a la Iglesia, al entierro de Tomasa.

 

Cuando llegó a la calle Mayor oyó el comentario de dos mujeres que también iban a la Iglesia:

 

-          Pues ha venido el hijo.

-          No me digas. ¿Ahora?, ¿después de tanto tiempo?

-          Sí. Llegó a mediodía, con sus hijos.

-          ¿Y su mujer?, ¿la Pili, la de Diego el del callejón, viene también?

-          ¡Qué va!, al parecer murió el año pasado, de cáncer. Como Tomasa estaba ida, si se lo dijeron, ni se enteró. Y como la familia de ella está toda fuera, que ninguno se quedó aquí, pues nadie sabía nada…

“Muerta”, pensó Carmen, “muerta hace un año”. Pilar está muerta. La mujer que le había arrebatado sus sueños, ya no estaba. Pedro estaba solo. Solo. Y había vuelto. Había vuelto al pueblo. Estaba allí. Estaría en la Iglesia. Otra vez. Se marchó por no hacerle la vida más difícil a ella. Y ahora volvía… Ahora que no estaba Pilar. Ya no había nada que les impidiese estar juntos. Pedro había vuelto… ¿Para estar con ella? No le cabía la menor duda. Desaparecido el motivo de su separación, ya no había nada que impidiese que pudieran estar juntos. Era el momento. El momento que ya no creía posible.

            Durante la misa no podía concentrarse. Cuando acabase, todo el pueblo daría el pésame a los familiares. Y entonces le vería. Volvería a verle. Al entrar en la Iglesia había adivinado la presencia de Pedro en el primer banco. Había reconocido su espalda ancha, sus hombros levemente adelantados y el remolino de su pelo. Era él. Era él tal y como le recordaba. ¡Estaba allí! Tan solo a unos pasos. Cuando terminase la misa, se levantaría y se aproximaría a la familia para darles el pésame. Y entonces, Pedro la miraría y todo volvería a ser como antes.

            Por fin terminó la misa. Carmen avanzó hasta los primeros bancos. Cuando llegó a la altura del hombre cuya espalda había reconocido al entrar, levantó la vista, con el corazón a punto de estallarle en el pecho. Y vio los ojos grises del hombre al que había estado recordando. Se tambaleó. Alargó la mano para estrechársela, ofreciéndole su sentimiento por la pérdida  de Tomasa. El broche brillaba en la solapa de Carmen. Instintivamente, lo rozó con el dedo índice.

-          Te acompaño en el sentimiento.- Dijo en un hilo de voz.

 

Entonces Pedro, con los mismos ojos y la misma expresión que Carmen había mantenido en su recuerdo, estrechó su mano y la retuvo un momento mientras le contestaba:

 

-          Gracias por todo. En nombre de mi abuela Tomasa.

Carmen ahogó un grito que desgarraba las verdades de su recuerdo. No era Pedro. Era su hijo. Pedrito. Claro. Debería haberse dado cuenta. El tiempo había pasado. Pedro no podía seguir como se había conservado en su mente. El hombre que tenía ante ella era joven, tenía exactamente treinta y dos años, los mismos que llevaba Carmen sin ver a antiguo novio. Miró a la derecha. Un hombre calvo y enjuto clavaba sus ojos grises en Carmen. Ella se volvió de nuevo a Pedrito. Después, al hombre que la miraba. Buscó en él algo del Pedro que recordaba. No encontró nada. Llevó su mano a la solapa y desprendió el broche en un rápido movimiento. Después, extendió la mano hacia Pedro y musitó: “le acompaño en el sentimiento”, mirando esos ojos grises, sin encontrar en ellos camino alguno por recorrer. Después siguió con la mujer que estaba a su lado y, una vez hubo terminado de saludar a la familia, abandonó la Iglesia.

            Llevaba en su mano el broche que le regalara Pedro. A su lado, pasaron dos mujeres, comentando:

 
-          Y esa de al lado, ¿era su nueva mujer?

-          Ya hay que tener prisa, para casarse otra vez antes de que pase un año de haber enterrado a la otra.

Por la cabeza de Carmen pasaron rápidamente las imágenes que componían su vida y que la habían acompañado durante los últimos años. La música de una canción de Serrat se repetía en su mente. Vio el vestido de novia inacabado en el fondo del baúl, las miradas en la Iglesia, Pedro pidiéndole matrimonio, los bailes en la plaza, Tomasa contándole que Pedro se había ido, la humillación y la soledad… Esa lacerante soledad.

Dejó caer el broche en una papelera y deseó haberse quedado en su casa esa tarde. Se subió las solapas del traje. Empezaba a hacer frío.

Y supo que todo había acabado. Ya no esperaría más en la estación. Ya no tejería más. Ni alimentaria las esperanzas que habían llenado sus últimos años. Dejaría de ser Penélope para ser sólo Carmen.

Pedro había vuelto. Pero él ya no volvería nunca.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Diario de invierno (Paul Auster)


Este es el tercer libro que leo del autor y, como los anteriores (“Brooklyn Follies” e “Invisible”), me ha resultado fácil y muy cercano.

El estilo de Auster, aparentemente sencillo, hace que conectes con el protagonista. En esta ocasión, simplemente con leer la solapa, sabes que es una autobiografía y que autor y personaje son el mismo; pero aun en los casos en los que no es así – como en “Brooklyn Follies” – consigue trasmitir la sensación de que estás ante una historia real, contada con la autenticidad de quien la ha vivido.

“Diario de invierno” es una novela en la que Auster nos acerca a su vejez a través de una rápida visión (aparentemente desordenada) por los momentos más importantes de su vida y por otros, que a duras penas puedes creer que fueran significativos, pero que a él le han quedado en el recuerdo y ha decidido compartir.

Me ha recordado a “La hoja roja” de Miguel Delibes. Aunque las novelas son distintas, en ambas la sencillez de la escritura esconde un trabajo muy elaborado y te acerca a los años finales de una existencia que observa el protagonista y muestra al lector. En las dos novelas, lo cotidiano, lo aparentemente anodino, se eleva a la categoría de literario y trasciende del día a día para construir un retrato que ahonda en complejidades psicológicas, en sentimientos de culpa que se arrastran y aparecen en situaciones inesperadas, en marcas del pasado que van aflorando enlazadas en recuerdos pretendidamente inconexos.

En cuanto al estilo, el uso de la segunda persona (difícil tanto para el autor como para el lector) le da a “Diario…” un aire de conversación, de diálogo, no se sabe muy bien si interno o con el otro - espectador a través de las páginas - al que rápidamente te acostumbras. Lo utiliza Auster en otras novelas (al menos, en “Invisible”), pero aquí llena toda la narración y no deja de ser curioso que lo emplee -  en lugar de la primera persona - en una autobiografía.

Por lo demás, los cambios temporales, el uso de diversos recursos, como los listados de domicilios que ha tenido, la ausencia de capítulos, los diálogos enmarcados dentro de la narración, desmienten la aparente sencillez del estilo de Auster y hablan de su maestría en el oficio de construir universos a través de la palabra. Universos en los que, a poco que te esfuerces, no te extrañaría estar viviendo… Aunque no seamos judíos. Ni vivamos en Brooklyn. Ni escribamos novelas o hagamos películas. Aunque no seamos Paul Auster.


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lunes, 3 de diciembre de 2012

Por encima de sus posibilidades


Se miró por última vez en el espejo y se vio como era a veces, como era ahora: madura, sofisticada, con el toque justo de maquillaje, que no pretendía disimular los estragos de los años, sino resaltar lo que siempre tuvo.

Acabó de vestirse mecánicamente y salió de allí. No había cruzado la calle cuando traspasó mentalmente el umbral de su otra vida y volvió a ser el ama de casa que regresa en el autobús. Esa vecina un poco seca, la verdad, que siempre saluda pero que nunca va más allá. La del sexto, la que tiene los dos niños que van al colegio de los curas. Su marido sí era simpático, pero ella no. Ella guardaba siempre las distancias, como si se creyese superior, como si estuviese allí, viviendo en ese piso de barrio de clase media por equivocación. Fernanda, se llamaba, pero a ella no le gustaba. Ella prefería que la llamasen Nana. Y allí, en su casa, con sus vecinos, ese diminutivo sonaba tan pueril como sus aires de grandeza.

Fernanda, Nana, era ama de casa y vivía en uno de los áticos del bloque. Tenía una asistenta que ibaa su casa todos los días y nadie le conocía otra ocupación que no fuese la de cuidarse. Lunes, miércoles y viernes al gimnasio.  Los martes, a la peluquería, siempre había algo que retocar. A veces la manicura, otras las mechas. El caso era estar de acá para allá, no parar en casa. No tenía amigas. Al menos, en el barrio. Si acaso, tendría alguna de la infancia, de la época de la Facultad. Alguna con la que tomar un café esos días en los que se iba por la mañana, poco después de dejar a los niños en la parada de la ruta y volvía después de comer, con el maquillaje intacto, como si se lo acabase de retocar.

Fernanda era una mujer extraña. Extraña en ese ambiente, que no parecía el suyo y extraña en su propia familia. Era como si la hubiesen trasplantado, como si la hubiesen traído de otro mundo, de otra vida (esa que parece ser que fue la suya, la de su familia de origen, la  que tuvo antes de venir aquí) y la hubiesen abandonado en un entorno en el que no encajaba.

Su marido, Pedro, era más simpático. Demasiado quizá. Aprovechaba cualquier ocasión para hilar una conversación. Sería por su trabajo. Era Director Comercial. Estaba todo el día fuera. Y le debía de ir bien, porque aunque el barrio era de clase media, el ritmo que ellos llevaban no estaba mal. No estaba nada mal, sobre todo ahora, que las cosas iban de capa caída y el que más y el que menos pasaba apuros para llegar holgadamente a fin de mes. Y ellos con asistenta, con dos coches y dos plazas de garaje. Y los coches casi nuevos. Los niños en el colegio de los curas, el que estaba pasada la carretera, el bueno, el que era todo de pago, No, mal no le debía de ir a Pedro porque aparentaban tener la vida que Nana (Fernanda) debió dejar aparcada cuando decidieron mudarse a este barrio que, a todas luces, le pegaba más a él. A Pedro no se le veía natural con los trajes de marca que llevaba. Era como si el cuello de las camisas (de diseño inglés, que en eso Nana era muy suya) le quedase siempre pequeño y las mangas demasiado largas. A pesar de que estaban hechas a medida, con sus iniciales bordadas sobre el pecho izquierdo y todo.

Pero Pedro hacía tiempo que había dejado de vender.  Aunque nadie lo sabía en el barrio. Nadie salvo Nana. Pedro se vestía todos los días con uno de sus estupendos trajes y cogía el maletín para ir a buscar trabajo. Esa era su ocupación. Desde que, cuatro meses atrás, una reorganización se llevase su puesto por delante. Le dedicaba horas, tantas o más de las que había empleado antes con los clientes. Se preparaba cada día la estrategia y salía dispuesto a todo, convencido de que ese sería el momento, de que al fin encontraría el trabajo que necesitaba.

Y mientras tanto, Fernanda (Nana) seguía con sus ocupaciones: lunes, miércoles y viernes, gimnasio y un día a la semana peluquería. A veces tenía que cambiar las citas porque surgía algo, una llamada, que atendía discretamente en su móvil. Y entonces, como hoy, salía a otra hora, vestida como cuando antes – en esa otra vida – quedaba a comer o a cenar con sus amigas de la Facultad, con ese aire informal pero cuidado, con ese maquillaje suave que realzaba su rostro sin tratar de repintar su edad.

Y cuando eso pasaba, Fernanda (Nana) tardaba un poco más de lo habitual en volver, y al cruzar la línea imaginaria de la Avenida de Cannes, cuando el autobús pasaba por esa calle, dejaba de ser un ama de casa algo seca para ser, de nuevo, Yvonne, la discreta acompañante de hombres maduros, solitarios o, simplemente de paso, que por un precio más que alto atendía sus necesidades durante el tiempo estipulado.

 Y, si cuando Pedro volvía, ella aún no había regresado, no pasaba nada. Él esperaba, nervioso, eso sí, no lograba acostumbrarse; pero esperaba paciente a que su mujer, la seca, la fría Nana volviese dejando atrás a la sofisticada Yvonne, para poder seguir jugando a la familia feliz que vive una vida por encima de las posibilidades de sus vecinos.

martes, 13 de noviembre de 2012

No me importó


No me importó. Al contrario, me alegré tanto de verla… Al principio nadie se atrevía a darme la noticia. Mis amigos se miraban entre ellos cada vez que surgía el nombre, intentando cambiar de conversación. Por eso supe que pasaba algo. Por eso y porque sus llamadas se espaciaron. Un poco al principio. Algo más al cabo de unos meses. Y todo el verano sin recibir una sola noticia de ella. ¡Qué gusto! Y también ¡qué raro!

La separación había sido un verdadero calvario y el deterioro de nuestra convivencia aún más. ¿Cuándo empezó? No sabría decirlo. Si me hubieran preguntado hace unos meses hubiera dicho que en realidad nunca nos llevamos bien. Pero eso no era cierto, era una exageración, como lo fue también ese sentimiento de intensidad, esa sensación de ser los únicos, que tuvimos al principio. Ahora lo veo. La nuestra fue una relación normal. Apasionada al principio. Sin hueco en el pensamiento para otra cosa que no fuéramos nosotros. Creyéndonos tan afortunados y tan distintos… Y cuando casi estábamos tocando el cielo, empezamos a caer. Como pasa tantas veces. Y ya no dejamos de hacerlo. No fuimos capaces de verlo. O sí, y no nos importó. No lo sé. Éramos tan viscerales en todo, que lo fuimos también en las discusiones, en los odios, en el empeño en atarme de ella, en mis ganas de herirla… Años y años sabiendo lo que teníamos que hacer y encontrando excusas para no hacerlo. Hasta que tomé la decisión. En las Navidades pasadas. Bonita fecha. Supongo que no hubiera podido hacerlo de otro modo. No como el resto de las personas. Quizá soy muy débil, o muy tonto, o vete a saber. Hace unos meses no hubiera dicho esto. No me hubiera echado la culpa de nada. Era ella, ella, la que se empeñaba en retenerme, la que no me dejaba vivir.

Por eso me vino tan bien esa oferta, ese contrato fuera de España. La excusa perfecta. Sabía que no iba a venir conmigo. Ella no dejaría a su familia, a sus amigos, ni siquiera dejaría ese trabajo que decía odiar pero que tanto la enganchaba. No, ella no vendría. Y no porque fuese Alemania, que también, que ella sólo hablaba inglés y mal. Bueno, también español, claro, pero alemán, no, ni una palabra. Pero no era ése el motivo. Ella no hubiera venido ni a Albacete. No se hubiera ido de Madrid. Si hasta salir de su barrio le costaba. Lo tenía todo tan cerquita… A veces me preguntaba por qué le gustaba tanto vivir en la ciudad, si luego sus días se reducían a un círculo tan pequeño. Podría haber hecho lo mismo en cualquier pueblo…. Pero ella decía que no, que en Madrid podíamos ir a los estrenos de las mejores obras de teatro, a cualquier espectáculo, salir por la noche de garito en garito sin necesidad de repetir, pasar desapercibidos… Pero no lo hacíamos, no hacíamos nada de eso. Si acaso, ir al cine de vez en cuando. Por eso supe que era mi oportunidad. Y acepté casi sin pensar. Una buena oferta, sí, y en un momento como éste. Pero, sobre todo, la llave para conseguir, por fin, mi libertad. Y no fallé. Dijo que no. Que no venía. Lloró, suplicó, insistió en que cambiase de idea, que me quedase con ella en Madrid, pero esta vez sí fui inflexible. Y, si hasta entonces, me había echado para atrás en cada una de las ocasiones en las que intenté que nos separásemos,  esta vez no lo hice. Me fui. Sin ella. Por fin.

La libertad no me supo tan bien como me había imaginado. La culpa me perseguía. Seguía sintiéndome cobarde por haber utilizado esa excusa, por no haber sido capaz de afrontar que ya no quería estar con ella, que hacía tiempo que ninguno de los dos deseaba seguir con el otro, aunque nos empeñásemos en lo contrario. Y ella me llamaba para recordármelo. Para recordarme todo aquello que me había llevado a dejar de quererla. Me ponía delante de sus defectos, ésos que tan bien conocía y me había repetido a mí mismo hasta la saciedad en los últimos años.

Pero lo había conseguido. Por fin estaba solo. Sin ella. En una ciudad extraña, con un trabajo nuevo y complicado, sin amigos. Totalmente solo. No era fácil. Llegué a extrañar sus desplantes, sus gritos en cuanto algo no le gustaba, sus ganas de tener razón siempre. Llegue a echarla de menos. Nunca lo hubiese creído.

Quizá por eso mis amigos no se atrevían a decírmelo. Quizá por eso me encontré con ella por azar. En la cola de un cine. Yo había venido a ver a mis padres y a dar una vuelta. Últimamente lo hacía menos, pero, al principio, en cuanto encontraba una oferta, un vuelo barato, me plantaba aquí el fin de semana. Hacer amigos allí estaba resultando algo complicado. Casi todos tenían familia, y ese horario, tan conveniente para algunas cosas, era matador para mí. En casa a las seis y media. A las siete como tarde. Me buscaba actividades, claro: un curso de alemán para perfeccionar el idioma, me había apuntado a un gimnasio, incluso estaba valorando la posibilidad de estudiar canto. Siempre me había gustado, pero en España quedaba raro, se veía muy femenino. Aquí no, aquí la música se valora mucho. Pero por más que me empeñaba, tenía que reconocer que me aburría. Por eso me escapaba siempre que podía.

Era una película española, de esas que sabía que no iba a poder ver en casa. Estaba esperando mi turno, con la mirada perdida al frente, cuando la vi llegar. Noté sorpresa en su gesto. E incomodidad. Enseguida supe por qué. No estaba sola. Iba con un hombre de unos cuarenta años, alto, bastante más que ella (y sí, he de reconocerlo,  bastante más que yo), con el pelo canoso y con entradas, la barbilla cuadrada y aspecto pulcro, como sacado de un anuncio de un producto familiar. Nada destacable.  

Eso era lo que mis amigos no querían contarme. Pensaban que me iba a molestar. Pero no fue así. Me alegré tanto de verla contenta…. Porque lo estaba. Y nerviosa también. Nerviosa por haberse encontrado conmigo.

La vi distinta. Quizá es que hacía mucho tiempo que no la recordaba feliz. Al principio sí lo estaba, cuando nos conocimos, cuando todo en ella me gustaba, cuando contaba el tiempo por las horas que faltaban para verla. Entonces sí, entonces tenía el mismo gesto relajado y se le escapaba la risa por cualquier tontería. Como ahora.

Él se llamaba Ricardo. Nos dimos la mano y en su cara vi que ella le había hablado de mí. Era lógico, ¿no? Al fin y al cabo habíamos estado casados. Hasta el año pasado. Me pregunté qué le habría dicho y enseguida me contesté que nada bueno. Ella, como yo, tenía sólo los recuerdos malos, los que se nos habían quedado pegados en la sima de los últimos años de convivencia.

Me alegré tanto por ella, por ver que había encontrado a otra persona, que casi se me olvidaron esos momentos. Fue como abrir la compuerta de los recuerdos para dejar que saliesen los mejores, los que habían estado sepultados por la miseria de nuestras acusaciones, por el rencor, por el día a día. Y volví a ver esas arrugas que se le formaban en los ojos al reír, achinándoselos. Esas arruguitas que tanto me habían gustado. Y noté de nuevo su olor, por debajo de la fragancia del perfume – nuevo para mí - , ese olor que me trajo sensaciones ya olvidadas. La miré y vi en su mirada, vuelta hacia Ricardo, algo muy familiar, que ya casi ni recordaba. Pero ahora no iba dirigida a mí.

Me gustó verla. Me reconcilió conmigo mismo y con mi pasado. Me trajo los recuerdos buenos que no se habían borrado del todo, y me hizo darme cuenta de mis errores.

Sí, no me importó. No me importó y me alegré tanto por ella que supe por qué la quise entonces y supe, también, que hacía mucho tiempo que había dejado de hacerlo.

 

sábado, 27 de octubre de 2012

Todo era perfecto


Hoy voy a dejar otro relato, con final (creo) inesperado.
"Todo era perfecto. El paisaje, con los tonos del otoño como un muestrario de pintura sobre los árboles, el rumor del río corriendo por algún sitio, aunque no pudieran verlo, la casa, con su mirador asomado a la montaña. Todo. Hasta la lluvia parecía un elemento necesario en ese cuadro, como si al lavar los colores, las hojas fuesen pasando de los verdes a los ocres y los marrones.

Agarró la mano de él. También eso era perfecto. Después de una semana horrible en el trabajo, con jornadas inacabables, por fin estaban allí, los dos solos, el tiempo pasando a un ritmo distinto, el sonido de las vacas a lo lejos, más allá de la cortina de múltiples tonos de verde.

Habían decidido bajar andando al pueblo, por esa carretera imposible que corría paralela a un desnivel bajo el que suponían se encontraba el río del rumor, el que oían desde su habitación. No tardaron en darse cuenta de que no había sido una buena idea. La noche era tan oscura que no sabían dónde pisaban. Ni las luces del pueblo a lo lejos lograban hacer más visible la carretera. Parecía que los verdes del bosque (ahora más bien grises oscuros) se habían tragado el asfalto. De pronto lo oyeron.

-         ¿Es el tuyo? – Preguntó él.

-         No, qué va, el mío no tiene ese sonido.- Contestó ella.

-         ¿Un móvil?, ¿aquí? – Se preguntaron.

Pero no cabía otra posibilidad. ¿O sí?

-         Será algún animal, un grillo.- Aventuró él.

-         ¿Un grillo?, ¿cantando en pleno otoño, bajo la lluvia y de noche? No entiendo mucho de campo, pero creo que no es lo normal.-

Se miraron extrañados. ¿Había alguien allí? Era imposible saberlo. La oscuridad lo cubría todo y no había manera de verlo. Decidieron seguir adelante. El sonido del móvil (porque ya no había duda, era el sonido de llamada de un móvil) se fue alejando hasta perderse definitivamente y ellos, que no se perdieron, llegaron finalmente al pueblo.

A la vuelta, con la lluvia cayendo aún más intensamente y el vino de la cena corriendo por su cuerpo, creyeron oírlo de nuevo, pero entonces no les asustó, más bien les hizo gracia.

-         Mira, el móvil otra vez. Dile que no estoy, que estoy reunido.- Y ambos se rieron.

Cuando al día siguiente se levantaron abrieron las ventanas de su cuarto para respirar el aire de la montaña.

-         ¡Qué maravilla!- Comentó él.

-         Parece mentira que pueda existir algo así.- Insistió ella.

Y ambos se miraron, de acuerdo en apariencia, sin que ninguno se atreviese a admitir que ellos serían incapaces  de vivir allí. Que el asfalto, los edificios, los coches, el ruido, las tiendas, todo lo que la ciudad - su ciudad - representaba para ellos era mucho más importante, más fuerte que cualquier emoción bucólica de las que les proporcionaba su escapada.

-         Y no se oye nada.-

Ella se detuvo y se esforzó en escuchar los sonidos de ese lugar. Volvieron el rumor del río y ruido de las vacas, que debían de estar pastando allí, al otro lado de esos árboles. Igual que ayer.

-         Bueno, se oyen las vacas y el río.- Dijo.

-         Ya, pero yo me refiero a otra cosa, ya sabes.- Claro que sabía, pero ella estaba empezando a echar de menos el sonido de fondo de su casa, los coches pasando día y noche por la rotonda, en un leve murmullo que la ayudaba a conciliar el sueño. Sin embargo, no dijo nada.

Hicieron todas las excursiones previstas.  Compraron los recuerdos típicos. Comieron en el restaurante recomendado por la guía, después de haber tomado el aperitivo en el mesón que estaba junto al Monasterio. Todo estaba resultando tan bien…

Cuando volvían a la casa, andando nuevamente a pesar de la lluvia, sucedió de nuevo.

-         Es un móvil. Igual que ayer.-

A ella ya no le hizo gracia. ¿Por qué sonaba un móvil en medio del campo? Empezó a imaginarse cosas: “quizá es de alguien, de alguien a quien han asesinado y está ahí, al otro lado de la maleza”. Pero enseguida se lo quitó de la cabeza. “¡Qué tontería!”. Lo que no pudo quitarse de la cabeza fue el sonido insistente de esa llamada, que la persiguió hasta que estuvieron lo suficientemente cerca de la casa como para que el río y las vacas ganasen la batalla.

-         Es siempre lo mismo, ¿te das cuenta? – Dijo él.

-         ¿Lo mismo? – Ella no quería entender lo que le decía.

-         Sí, el sonido. Las vacas. Parece siempre igual, como si…-

-         …Como si fuera una grabación.- Terminó ella. Un escalofrío le recorrió la espalda. Pero él se echó a reír y la abrazó.

-         ¡Qué tontería! Como lo del móvil. Es que no estamos acostumbrados a los ruidos del campo y todo se nos hace raro. Somos tan de ciudad…

Pero a ella ya no le parecía mal ser tan de ciudad. Ni a él tampoco, aunque no se atreviesen a decirlo en voz alta. El paisaje estaba bien, tan verdecito, el aire fresco y puro, todo muy bonito. Pero el barro se les pegaba a las botas y no era fácil andar por ese suelo tan desigual. Y la lluvia estaba empezando a ser un verdadero incordio. En el fondo se alegraron de llegar a la habitación. Un lugar seguro, sin arbolitos, ni animales, ni ruidos extraños. Allí pasaron la tarde, pegados al Ipad y al portátil, en la seguridad de esos dispositivos que tan poco tenían que ver con bosques o con montañas, pero que tan bien funcionaban con la conexión Wifi del hotel.

A través de las ventanas, levemente entornadas, seguía colándose el rumor del río, les llegaban los cencerros de las vacas, se impregnaban de la autenticidad de la naturaleza sin pervertir que tan extraña era para ellos.

Cuando volvieron a pasar por la carretera para llegar al pueblo ya iban preparados. Estaban seguros de que el teléfono iba a seguir sonando. Pero, ¿cómo podía aguantarle la batería? Y así fue. Al llegar a su altura, se miraron. Él, haciendo gala de una valentía que no sentía, se adentró entre la vegetación buscando el origen del sonido. Vio el móvil, un aparato antiguo, entre dos arbustos, cerca de un charco. Antes de que pudiera cogerlo dejó de sonar. ¿Qué hacer? ¿Y si tocaba el aparato y eso tenía alguna repercusión? Quizá era, como ella había pensado el día anterior, el teléfono de alguien que había sufrido una agresión Mientras lo miraba,  volvió a sonar. Dudó. Pero al final se decidió a cogerlo y descolgar. Se lo puso en el oído y no dijo nada. Sólo esperó. Al otro lado alguien también esperó en silencio durante unos minutos y luego colgó. Se miraron asustados.

-         ¿Qué hacemos? –

-         No sé. A lo mejor no es para tanto. Alguien habrá perdido el móvil, ¿no? ¿Y si lo dejamos aquí? – Sugirió ella.

-         Tampoco me parece. Quizá lo mejor sea volver al hotel y dejarlo allí. Alguien puede buscarlo. Y es el sitio más cercano.-

A ella no le pareció mala idea. Cuando llegaron a la recepción del hotel no encontraron a nadie. Una sensación extraña les invadió. Había algo, algo raro. Pero, ¿qué era?

-         No se oye.- Dijo de pronto ella.

-         No. Ya no. Ha dejado de sonar.-

-         No me refiero al móvil.- Insistió ella.- Es lo otro. El resto. Las vacas, el río. No se oyen. –

-         Se habrá acabado la grabación.- Dijo él con una sonrisa triste.

-         No hagas bromas. No me gusta.- Y antes de que pudiese seguir hablando, el móvil empezó a sonar.

Él lo sacó del bolsillo de atrás de su pantalón y miró la pantalla. Como se imaginaba, figuraba “número oculto”. Lo cogió. Esta vez se decidió a hablar, aunque notó la sequedad de su boca antes de pronunciar la primera palabra.

-         ¿Quién es? –

Al otro lado un suspiro, un silencio breve y….

-         Se acabó.-

Él no entendía nada. ¿Le hablaba a é?, ¿a qué se refería?

-         ¿Qué es lo que se ha acabado? – Se atrevió a preguntar.

-         El juego, el juego se ha acabado.-

-         Pero, ¿qué juego? – Preguntó ella, sin percatarse de lo extraño que era que pudiese oír la conversación completa sin que el altavoz del teléfono estuviese conectado.

Un sonido al otro lado y el silencio.

-         Ha colgado.- Constató él. Se miraron. El miedo entre ellos, rodeándoles, uniéndoles.

-         No hay ni un ruido.- Comentó ella. Y era cierto. El hotel era pequeño, pero habría alojadas unas diez parejas en él. No había nadie en recepción. Y no se oía nada. Ni el rumor del río, ni los cencerros de las vacas, ni las voces amortiguadas de los cuartos... Nada.

Tenían miedo. Por eso se apresuraron escaleras arriba, para hacer las maletas. Cuando bajaron todo seguía igual. Aparentemente normal. Pero, a pesar de esa apariencia, la ausencia de sonidos no era lo único que había cambiado. La noche se iba adueñando poco a poco del paisaje, sin ocultar un extraño efecto difícil de explicar. Era como si los colores se difuminasen, como si los contornos de las figuras empezasen a resbalar por el lienzo del paisaje.

-         Tengo miedo.- Dijo ella. Y él, que también lo tenía, tiró de su maleta y del brazo de ella para llegar cuanto antes al coche.

Mientras se alejaban, deprisa, muy deprisa, ella se volvió para mirar atrás. Apenas se distinguía el hotel, envuelto en la oscuridad de la noche y en la imagen difusa de colores mezclados del bosque que parecía absorberlo. Ella se dio la vuelta y vio el móvil, el extraño móvil aún en el bolsillo de él. Lo sacó con un gesto rápido y lo arrojó por la ventanilla, justo a la misma altura donde lo habían encontrado.

Cuando llegaron a la carretera nacional, más tranquilos, aunque aún no habían logrado cruzar una palabra, ella buscó en su bolso y sacó una caja.

-         ¿Qué es? – Preguntó él.

-         La caja.- Dijo ella por toda explicación. En la cubierta podía leerse:
 
“Experiencias inolvidables”, y un poco más abajo “fin de semana romántico en hotel pintoresco”. Eso era lo que habían ido a hacer allí. A disfrutar de ese regalo que les habían hecho sus hijos por su aniversario. No entendía nada. Iba a guardar nuevamente la caja cuando, al darle la vuelta leyó otra frase, ésta un poquito más larga:
 
“Experiencias que se alojarán en su mente y quedarán en ella como si fuesen reales. El juego virtual más innovador y más vendido del año”.
No podía creérselo. Iba a hablar, a decírselo a él, cuando en su campo de visión sólo apareció, con grandes letras: “Game over”.


 

lunes, 22 de octubre de 2012

La hija del Este


La primera novela que leí de Clara Usón fue “Corazón de Napalm”. No sabía nada ni de la autora ni del libro, por lo que aquella lectura de verano, que pretendía ser un paréntesis entre otras más densas, me sorprendió gratamente. Una novela distinta, dos historias que nada tienen que ver… hasta que se encuentran. Para mí fue un hallazgo. Como lo ha sido también ésta, “La hija del Este”.

En esta segunda ocasión ya iba preparada. Esperaba una buena novela, digna seguidora de  “Corazón de Napalm”, la que fuera premio Biblioteca Breve 2009. A pesar de ello, superó mis expectativas.

“La hija del Este” narra la historia de Ana Mladic y no parece augurar sorpresas. Desde el principio sabes que la protagonista muere, que se suicida. Y lo sabes porque es una historia real y porque el libro comienza así. Pero la autora mezcla hechos con ficción, narrativa con leyendas, ecos de Tolstoi o Shakespeare con datos biográficos, y consigue llevarte de un sitio a otro, de un estilo a otro, sin que percibas apenas las diferencias.

¿Cómo aceptar que tu padre, tu héroe y, en ese momento, el de mucha otra gente, es un criminal? Y no un criminal cualquiera, no, sino uno de los más atroces. ¿Cómo creer que las verdades que han sustentado tus creencias, tu vida, no son más que construcciones sectarias, que chocan (y de qué manera) con las que tienen otras personas que viven junto a ti, que hasta hace poco eran tus compañeros, tus vecinos, incluso tus novios? ¿Cómo convivir con esa culpa, que no es tuya (o a lo mejor sí, al menos en parte) y seguir adelante?  Otros lo han hecho. Que se lo pregunten, si no, a la mayoría de los alemanes de la generación actual, cuyos padres vistieron el uniforme nazi, unos con más y otros con menos convicción, pero todos acatando unas normas que, por muy legales que fueran, eran, a todas luces, inmorales. Pero Ana Mladic no pudo. Ana Mladic se suicidó pocas semanas antes de que la locura de su padre culminase en la matanza de Srebrenica, con la pistola que él guardaba para celebrar el nacimiento de su primer nieto.

O al menos eso suponemos. Porque no dejó nota alguna. No contó a nadie el porqué de su decisión. Esa decisión que Clara ha reconstruido desde el viaje con sus compañeros de Universidad a Moscú. Un viaje del que volvió cambiada y en el que, seguramente, descubrió la otra cara de ese hombre que ella adoraba y gran parte del resto del mundo veía como un loco sanguinario.

Pero el libro de Clara Usón no se queda ahí, no se queda en la historia personal, en el desgarro de Ana - que narra magníficamente - sino que va más allá y se adentra en las razones del nacionalismo, en la justificación épica de cada uno de los nacionalismos que anidaron en la antigua Yugoslavia y llevaron a una de las guerras más crueles de los últimos años. Aquí mismo, al lado, en la propia Europa.

El libro tiene muchos párrafos, muchas frase memorables, como ésta: “Se empieza cantando canciones folklóricas y se termina empuñando un kalasnikov”. Y quizá sea eso lo que más me ha gustado, la manera en la que cuenta lo pueril, lo ridículo y lo fácil que puede llegar a ser construir una diferenciación que lleve al odio al otro, a la identidad basada en un pasado que, en ocasiones ni existe. Y cómo ese sentimiento se puede llegar a alentar de manera interesada para lograr otros fines más espurios: los nacionalismos enfrentados a su realidad. Actual. Tremendamente actual.  Y cercano. Tan cercano como lo está Serbia, o Croacia, o Bosnia. Tan cercano como el suicidio de Ana. Las diferencias existen y están bien para apoyar un sentimiento o una cultura. Pero llegar a más… 

En estos días (precisamente en estos días) quizá a más de uno le viniera bien leer esta novela, escrita por una catalana, para asomarse al vacío de la historia reciente y aprender de los errores ajenos.

domingo, 7 de octubre de 2012

Arreglando el mundo


No era raksi sino limoncello, lo que pasaba de mano en mano, la botella vaciándose y los ánimos cada vez más llenos. Llenos de vehemencia, de ganas, de razones. Como entonces. Tan distinto… Veintitrés años habían pasado y todo seguía igual.

Habían cambiado el hotelucho de Patán por el porche bajo el emparrado de Gabriela. La belleza de los templos, las stupas, las montañas rodeando el valle de Katmandú, por las iglesias de Roma; por sus fuentes, sus plazas y los restos arqueológicos diseminados por aquí y por allá, escondidos tras las vallas en cualquier esquina. Esos restos que surgen siempre que hay obras en la ciudad y se excava un poquito, como queriendo recordar que el pasado duerme bajo nuestros pies, pegado a nosotros, evocándonos lo efímero de nuestra existencia en ese “carpe diem” tan romano.

Ni siquiera ellos eran los mismos. Eran algunos más y uno menos. Cuando se conocieron, en el vuelo de ida a Katmandú, Gabriela tenía 26 años, dos menos que Piero, que ya no estaba y los mismos que Daniel y Jaime. Casi el tiempo que había pasado desde entonces. Unos pocos años más de los que tenían sus propios hijos.

Sentados junto al hotel en Patán, hablaban de arreglar el mundo, de lo que había que cambiar, de la corrupción de los gobernantes, del sistema que llevaba a una injusticia tras otra. Se quitaban la palabra en español, en italiano, a veces incluso en inglés, ¿qué más daba? La botella de raksi pasaba también de mano en mano, como ahora la de limoncello. Sólo que hoy había más manos. Estaban también Marta y Berta. Estaba Luigi, que miraba a unos y a otros y no lograba entender del todo sus frases, perdido en la extraña mezcla de idiomas que no conseguía seguir.

Gabriela había organizado el reencuentro con miedo, casi sin esperanzas de que funcionase. Veintitrés años son muchos, ¿cómo iban siquiera a reconocerse? Pero fue Enrico, su hijo mayor, el que la animó a buscarles.

-          ¿Por qué no mamá? Ahora con facebook es fácil. Todo el mundo está allí, seguro que ellos también.-

Y Gabriela se ajustó las gafas (las de leer, de las que hacía algún tiempo que no podía separarse) y se decidió  a bucear en eso de facebook, que tan raro era para ella. Empezó a buscar a sus amigos, con los que compartió la experiencia inolvidable de encaramarse al planeta en aquellos años (unos pocos más de los que tenía Enrico) en los que todo parecía posible, en los que arreglar el mundo era una obligación y quedaba tiempo, todo el tiempo para hacerlo.

Años en los que Gabriela no sabía que su relación con Piero no duraría mucho; ni que, llevada por la fuerza que la impulsaba a no parar de hablar en las noches de Nepal, se haría miembro de un sindicato, para acabar luchando contra otras personas de esa misma organización, en lugar de hacerlo contra el sistema y el capitalismo. Años en los que no sabía de desencanto y resignación; en los que no hubiera podido imaginarse que acabaría comprando esa casita tan mona, con jardín y todo, y que sería realmente una mamma burguesa, que hacía crostata y pizza al volver del trabajo.

Pero Gabriela seguía  pensando que había que salvar al mundo, aunque el mundo pareciese empeñado en no querer salvarse. Porque, veintitrés años después, con una crisis económica mundial que amenazaba con zamparse todo: ideas, políticas, trabajos, ahorros, incluso limoncello y raksi juntos, el mundo giraba sobre sí mismo cayendo en su propio agujero, como un niño enfadado que se tapase los oídos ante la regañina de sus padres.

Y, veintitrés años después, encontró primero a Daniel, que estaba casi igual en la foto de facebook  que en las que ella guardaba en su álbum del viaje (tres carretes de treinta y seis fotos, ahí es nada…) Y no era de extrañar, porque la foto, la que Daniel había puesto en facebook, era casi de la misma época. Pero Gabriela no lo supo hasta que ayer le tuvo enfrente. Hasta más bajo le pareció, con lo alto que le recordaba. Más bajo y, sobre todo, más gordo. Pero el pelo lo tenía igual, tan oscuro y abundante como siempre. No como el de Jaime, gris y escaso, aunque él sí que había logrado mantenerse más o menos igual de delgado.

Les vio y no supo muy bien qué hacer. “Vaya lío en el que me he metido con esto del facebook”, pensó, agarrando fuerte la mano de Luigi, del bueno de Luigi que, sin conocerles, tanto la había apoyado en esta loca idea.

-          Diles que vengan. Invítales a todos.-

-          ¿A todos? – se asustó ella - ¿y dónde les metemos?

-          Pues en casa, ¿dónde va a ser? Nos apretamos un poco y ya está.

 

Y allí estaban, recién llegados al aeropuerto, Daniel junto a una mujer con aspecto de niña crecida que se niega a aceptar que los años finalmente pasan. “Debe de ser Marta”, pensó Gabriela. Jaime con una rubia, Berta, que no se molestaba en disimular sus canas y sus arrugas, que le daban un aspecto elegante y atemporal. “Debe de estar en los cincuenta”, se dijo Gabriela, para darse cuenta enseguida de que ella estaba a punto de cumplirlos.

 

No sabía qué hacer, “¿y qué les digo ahora?”. Pero no hizo falta nada más porque Daniel se acercó y, pasándole el brazo por la espalda, la atrajo hacia él y todo se volvió normal. ¿Era eso posible? Con tres personas que no se conocían y otras tres que no se habían visto en tanto tiempo. Pero lo fue. Y pasearon por sitios que para Gabriela y Luigi eran muy queridos y que Daniel, Jaime, Marta y Berta nunca hubieran visto en sus viajes a Roma. Y comieron y bebieron, como ahora, que la botella de limoncello ya estaba acabada, pero no la conversación, que había surgido en torno al libro de Pietro Ingrao, “Indignarsi non basta”, que Gabriela tenía en la estantería.

 

Y, como entonces, sintieron que había mucho por hacer, pero ya no sabían si todo sería posible, sentían que seguía siendo una obligación arreglar el mundo pero, ¿había tiempo para hacerlo? Y la exsindicalista romana desencantada coincidía con Berta, la jefe de Recursos Humanos española, a la que sólo hacía unas horas que conocía. Y Luigi (que apenas entendía algunas palabras en español) se mostraba totalmente de acuerdo con Daniel, que hablaba tan rápido que ni Jaime lograba comprenderle. Como si no hubieran pasado los años, hablaban de nuevo de la codicia y de la falta de moral de la clase política, y de la ceguera de todos, que seguían sin ver que sólo ponían tiritas en el cuerpo de un enfermo terminal, intentando alargar su agonía, en lugar de buscar la cura, que no podía basarse en las soluciones pasadas, porque los problemas eran nuevos, y por eso necesitaban altura de miras, otra visión, que aún nadie había encontrado.

 

Y la conversación era tan parecida a la de entonces… Sólo que ahora se había acabado el limoncello y Enrico y Giani (los hijos de Gabriela y Luigi) se les habían unido y sus argumentos apenas se diferenciaban de los de Daniel o los de Berta. Jaime, por un momento, creyó verse en ellos, tan jóvenes… Sintió que sus zapatillas Geox, (que le resultaban ideales para sus pies delicados), se convertían en las botas de montaña de hace años; que su polo de Pedro del Hierro era una camiseta azul y que la mochila de ante que había dejado en el perchero de la entrada era el macuto que arrastró (y que a veces le arrastraba a él) en su viaje a Nepal. Y cerró los ojos, oyendo a Enrico y se vio allí, con dos amigos más, arreglando el mundo.

 

Cuando los abrió, Luigi había traído otra botella de limoncello y el mundo seguía necesitando un rescate.