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domingo, 17 de junio de 2012

Reflexiones y algo más de "Ni patria ni tribu"

Llevo algún tiempo sin escribir por aquí. La última entrada es del 5 de junio, más de diez días. Lo cierto es que he estado bastante ocupada, pero sé que no sirve de excusa.

Desde que no cuento cosas, han pasado algunas:

Espasa ha vuelto a interesarse por una de mis novelas. Esta vez es "La culpa". Estoy pendiente de que el Comité Editorial me diga algo - aunque tengo que reconocer que no guardo muchas esperanzas - pero, por si acaso, he decidido no seguir con la publicación de "La culpa" por entregas en el blog.

En su lugar, empezaré a publicar "Ni patria ni tribu". Aunque ya he dejado algunos trozos de la novela por aquí, ahora lo haré con orden, empezando desde el principio. Como ya he dicho en otras ocasiones, para mí es, de las tres novelas, la más querida. Quizá porque requirió más investigación que ninguna. O porque yo desconocía casi por completo el tema y aprendí mucho escribiéndola. Pero es la que más me gusta. Aún así la han rechazado ya unas cuantas editoriales y tampoco ha conseguido el premio al que la presenté. Es cierto que fui demasiado ambiciosa. El "Fernando Lara" no se suele dar a autores noveles. Y si tengo que hacer caso a Antonio Gómez Rufo, escritor con el que estuve hablando, largo y tendido, en esta última edición de la Feria del Libro, ni ése ni cualquiera que pase de 18.000 euros. La recomendación me llegó un poco tarde: ya había enviado "Arder en la memoria" al premio Círculo de Lectores.

Pero mientras espero y busco otras alternativas, os iré dejando por aquí los relatos que vaya escribiendo y los trozos de "Ni patria ni tribu" necesarios para que vayáis encajando el puzzle de Daniel y María, los protagonistas.

PD: Este año no puede hablar con la AUTORA en la Feria. Había demasiada gente en la fila y yo tenía prisa. Otra vez será. De todas formas tanto Antonio Gómez Rufo como Clara Sánchez, con quienes charlé, fueron encantadores y me ofrecieron su ayuda. No saben lo que han hecho...

NI PATRIA NI TRIBU (1)
"Tenía el rostro inclinado, dirigiéndose hacia mí. Su rostro masculino, de barbilla cuadrada y cabello entrecano. Sus ojos fijos en los míos. Más, más cerca. Mirándome casi sin pestañear, con esos ojos castaños levemente rasgados. Mirándome como queriendo entrever más allá de lo evidente, saber algo que no estaba a la vista, desentrañar mis secretos… Acercó su mano. El dedo índice pareció rozar mi mejilla. Entreabrió los labios, esos labios tan finos que dejaban adivinar unos dientes demasiado perfectos, demasiado blancos. Siguió acercándose. Oí un ruido. Le vi mover la boca. Sabía que debería entenderle, pero para mí sus palabras carecían de sentido. Me estaba hablando. Me decía algo. Lo sabía, pero nada me decía el sonido que percibía. Ese hombre me estaba hablando. Ese hombre maduro y, ¿por qué no? atractivo, con el cabello entrecano y los ojos marrones. Ese hombre de barbilla cuadrada y gesto inteligente me estaba hablando. A mí. Y no pude entenderle. ¿Le conocía acaso?




Estoy sentado frente al ventanal, en un restaurante casi vacío. El café (sólo y sin azúcar, como siempre) hace tiempo que dejó de humear. Dudo si pedir otro o terminarme éste. No me gusta el café frío. Prefiero que me abrase los labios, que esa sensación, levemente desagradable, se mezcle con el sabor amargo de la bebida. Extraño placer, pero placer al fin y al cabo. Me encanta el café. Pero no frío. Pido otro y el camarero hace un gesto de fastidio. Seguramente estoy retrasando su hora de salida. Al otro lado del ventanal, llueve. Llueve como podría llover en la que hasta ahora ha sido mi casa. Llueve con fuerza, gotas verticales que aporrean el suelo. Extraño. Si me hubieran preguntado un mes atrás hubiera dicho que no, que aquí, en Alicante, no llovía. Nunca llovía. No como en París, ¡Qué va!, ni mucho menos. Y hubiera dicho que podía estar tranquilamente tomándome un café, alargando la sobremesa más allá de las cinco de la tarde.

        Pero, mira tú por dónde, llueve. Llueve y el camarero no deja de mirar el reloj, sin disimulo, es más, intentando que yo le vea y sea consciente de lo tarde que se está haciendo. Una pareja (los únicos clientes que quedan, a parte de mí), abandona el local, abrazados bajo un enorme paraguas. Uno de ésos de jugar al golf. ¿Jugarán ellos al golf? ¡Qué importa! El camarero me mira ya, directamente, con cara de odio, mientras me deja la taza en la mesa y me retira la otra, sin terminar.

Si me hubieran preguntado hace un mes, hubiera dicho que en España nunca llueve, y que se come tarde, muy tarde, y la sobremesa se puede alargar hasta casi después de las cinco. Pero estoy en Alicante y la lluvia forma pequeños ríos que bajan por el desnivel de la terraza del restaurante. Son casi las cinco y un camarero me desea todos los males del mundo porque quiere cerrar e irse. Le haré un favor. Pido la cuenta e inmediatamente me la trae y me deja la bandejita en la mesa mientras murmura algo. Sé que debería entenderle, pero no puedo. Intento pedirle que me repita la frase, pero no me salen las palabras. Me mira. Parece adivinar… Me hace un gesto hacia la cuenta. ¿Por qué no le he entendido?, ¿por qué me cuesta hablar? A pesar de todo es mi lengua materna. ¿No se llama así a la lengua que hablas en casa, aquélla que aprendes de tu madre? Pues yo, Daniel Simarro Carreño, nacido en París hace cuarenta y siete años, y residente en esa ciudad hasta hace dos semanas, siempre he hablado español en casa, la lengua que aprendí de mi madre. Entonces, ¿por qué no puedo entenderle?


Cuando volví a abrir los ojos ya no estaba. Él, quienquiera que fuese, ya no estaba. Sólo veía el techo, blanco con desconchones, y un poco de la pared de enfrente. Nada más. Intenté ampliar mi campo de visión. Nada. No podía. No podía mover la cabeza. Cerré los ojos. Volví a abrirlos. Todo seguía igual. Igual el techo. Igual la pared de enfrente y…. nada, nada más. Volví a intentar mover la cabeza. Nada. Las piernas. Nada. Las manos. Nada. Un pensamiento fue abriéndose camino en mi mente: “estoy viva, o al menos eso parece. No puedo moverme. No siento nada que me lo impida. Ningún aparato oprimiéndome. Ninguna persona a mi alrededor… Ningún dolor. Otra vez esa nada. ¡Oh, no! Estoy… estoy paralizada. O mejor… ¿Estoy paralítica? ¿Y ese techo?, ¿y esa pared? No es mi casa. No es mi cama. ¿Dónde estoy?” Tenía miedo. Quería gritar, pero, por más que lo intentaba no lograba emitir ningún sonido. No podía abrir la boca. Pero…. “No, no, no puede ser. Eso no. Yo abro y cierro los ojos. Puedo ver. No puedo… no puedo… no puedo estar muerta, ¿no?

Mientras paseo bajo la lluvia por el puerto (sin paraguas, por supuesto, ¿para que iba a necesitar yo un paraguas en Alicante?), pienso de nuevo qué hago aquí. Hasta el mes de junio mi vida estaba clara. Aburrida pero clara. Insatisfactoria pero clara. Gris pero clara.  Hasta que todo empezó a complicarse, y se acabó el aburrimiento, y la insatisfacción, se acabó hasta el tono grisáceo del cielo de Paris.

Me pasó lo que a tantos otros, mi empresa, para la que había trabajado durante veinte años, empezó a acumular pérdidas, unas pérdidas importantes, muy importantes, si lo sabré yo que estaba en el departamento financiero. Y ocurrió lo que venía ocurriendo en otras empresas, lo que les pasa siempre a los otros pero no a ti, lo que ves en las noticias y en los periódicos, eso por lo que todo el mundo protesta y sale a la calle y a ti, de tanto verlo, de tan conocido, te parece irreal. Pues eso, me pasó a mí. Me despidieron. Me echaron a la calle. O más fino, tal y como me lo plantearon: decidieron prescindir de mí. A cambio de una bonita suma de dinero, no diré que no, pero sin trabajo. A mi edad.

Yo siempre he trabajado. No sé hacer otra cosa. Quiero decir, que no se me ha dado bien vivir del cuento. Desde que tengo edad para ello, e incluso antes, siempre me he ganado mi propio dinero, en parte porque la economía de mis padres no daba para muchas alegrías, pero también porque siempre he valorado mi independencia y mi capacidad para conseguir por mí mismo lo que necesito. Repartidor, vendedor, reponedor, conductor, he tenido muchos oficios, algunos incluso difíciles de nombrar, pero desde que terminé la carrera siempre había trabajado en lo mismo, en la misma empresa, en el mismo tipo de trabajo aburrido, insatisfactorio y gris que tan bien sabía hacer y que me garantizaba mi salario a fin de mes. Con ese salario pagaba mis gastos, los de un tipo gris, insatisfecho y aburrido que se ha ido creando poco a poco más y más necesidades innecesarias. Así pagaba la casa (la hipoteca, porque yo en eso he sido siempre muy español, lo mío es comprar, yo no soy de alquilar), los gastos corrientes, el agua, la luz, el gas, la comida, los arreglos de los coches, la gasolina, algo de ropa de vez en cuando y los extras, que tampoco eran para tirar cohetes: salir a cenar con los amigos una vez al mes y al cine o al teatro cada quince días. Últimamente había incorporado a esos gastos corrientes, tan corrientes, el gimnasio, y no porque yo sea una persona a la que le guste el deporte, no, más bien por todo lo contrario, porque no me gusta nada, y con los años, he  ido añadiendo capas y capas de mí mismo en determinadas zonas y no me encuentro a gusto con mi aspecto.

Pero cuando, antes de que empezase realmente el calor del verano, me agradecieron con una carta tipo mis veinte años de dedicación a la empresa y, en el mismo acto, me alargaron un cheque que liquidaba (qué buen verbo, cómo acierta definiendo la situación, es que da en el clavo, oye) mi relación con ella, no supe qué hacer. Sí, apuntarme al paro y eso, pero luego, luego, ¿qué?

Si no llega a ser por Anette hubiera estado perdido, menos mal que ella se dio cuenta y no dejó pasar la oportunidad. Me ayudó, la verdad es que me ayudó mucho. Gracias a ella no tuve un solo momento para pensar qué hacer. Ella me entretuvo. Al darse cuenta de que mi vida de estos últimos veinte años había llegado a su fin, debió sentirse aludida y, como si de un anuncio de IKEA se tratase, redecoró mi vida, vamos que me dejó, se divorció y en menos de un mes yo ya no tenía casa, ni gastos corrientes, ni extras, ni siquiera gimnasio. Por no tener, no tenía ni mujer. Hasta se llevó la mitad de la indemnización. Ella entendió bien el mensaje, se iniciaba un nuevo camino para mí, una oportunidad en la que dejaba atrás todo lo que hasta entonces había sido mi vida. Por eso ya nada está claro. Ni es aburrido, ni insatisfactorio, ni gris. Simplemente, no sé como es. Pero como antes no, eso sí que no.

La verdad es que no me importó mucho lo de la casa. Yo me empeñé en comprar, pero ella se empeñó en que fuese en Canal Saint-Martin, en el distrito 10, en una zona que se conocía como la cuna de los “quartiers bobos” (bourgeois-bohèmes). A mí la zona ni me iba ni me venía, pero era París. París, París, quiero decir, no más vivir en las afueras, en la “banlieue”. Si me había casado con una francesa tan francesa como Anette, qué menos que irnos a vivir a una zona como ésta, dentro de la ciudad, cerca del centro. Una zona de gente como nosotros, profesionales, empleados de clase media alta, interesados por la cultura y por el medio ambiente, puramente franceses. Como Anette. Como yo. ¿Cómo yo? ¿Qué era yo? ¿De dónde era? Me había pasado la vida intentando huir de mis orígenes, renegar de mi familia; de sus paellas y sus cus-cus; de la casa de mis padres en Evry; de nuestro entorno “multirracial”; del español que se hablaba en casa; del nombre del que mi madre estaba tan orgullosa y tanto cabreaba a mi abuelo Juan, “pieds noirs”; del color de mi abuela Fátima que había pasado a mi piel a través de la de mi padre; de mis apellidos impronunciables para cualquier francés; renegar de mí y ser más francés que los franceses.

Por eso busqué a Anette. Por eso y porque era atractiva, muy atractiva. Tengo que reconocer que más ahora que me ha dejado que cuando la conocí. Pero atractiva, siempre. Simpática no, ¿ves?, simpática nunca fue.

-                   Qué estirada es tu novia, hijo.- Me decía mi madre, cuando venía a comer a casa, antes de casarnos.

-                   Tú no te metas, deja al muchacho.- Terciaba mi padre, conciliador como siempre, con ese bigote que parecía bailar sobre sus dientes tan blancos como desiguales.

A mi madre nunca le gustó Anette. A ella no la encandilaba su metro setenta y cinco y su cuerpo de modelo. Tampoco sus peinados, siempre a la última, ni su cutis terso y quizá, sí, maquillado en exceso. A mi madre su ropa cara y sus aires de intelectual le hacían desconfiar. A lo mejor tenía razón.

Pero lo cierto fue que yo me empeñé en ella. Me hacía sentir bien pasear a su lado. Escuchar su acento, casi tan perfecto como el mío; reconocer las miradas furtivas de admiración de los otros; ver el éxito de mi esfuerzo en afrancesarme al contemplarla.

¿Qué buscaba ella en mí? Nunca podré estar seguro, pero quizá fue precisamente lo que yo me empeñaba en ocultar: mi exotismo; la rara mezcla que resulto ser. Un español nacido en París, de padres oraneses y abuelos españoles (al menos tres de ellos), demasiado alto para ser argelino (cerca del metro noventa); demasiado oscuro para ser francés; demasiado sofisticado para ser español.

Fuese lo que fuese no duró y en menos de dos años ya estaba claro que lo nuestro era un mero acuerdo de intereses, que ambos manteníamos sin pasión alguna porque a ambos nos convenía.

Por eso lo de la casa no me importó. No me había gustado nunca, aunque representaba justo lo que yo quería mostrar: que era francés, más francés que nadie. Pero entre el empeño de Anette por instalarnos en esa zona y mi empeño en comprar, lo cierto es que la casa era demasiado cara y demasiado pequeña, por lo que, en cuanto propuso quedarse con ella y con la hipoteca y renunciar a cierta cantidad del dinero común, accedí sin dudarlo.

Tampoco me importó mucho lo de Anette. En el fondo me alegré. Al menos me alegré de no haber tenido hijos. Eso que tanto preocupaba a mi madre, que se veía ya mayor y sin nietos a los que cuidar, malcriar y hacer jerseys. Yo pensé en ello al principio, pero Anette tenía claro que no era el momento. Y ya nunca lo fue. Tampoco para mí, que no tenía la culpa de ser hijo único y de que todas las esperanzas de mi madre para ser abuela estuviesen obligatoriamente puestas en mí. Y por lo que se refiere a Anette, su atractivo (ése que había aumentado con los años, estilizando aún más su figura y refinando sus gustos al vestir) fue perdiendo interés para mí poco a poco, y me acostumbré a ver su rostro serio y casi simétrico, su pelo que cambiaba de color y forma según las modas, su cuerpo levemente musculado que superaba la prueba del desnudo a pesar del tiempo. Me acostumbré a ella, a sentir su respiración a mi lado por las noches, a no hablar, cada uno sentado en una parte del sofá leyendo un libro. Me acostumbré a esa relación tan educada y tan poco apasionada que formaba parte de mi vida. De mi otra vida. La que he dejado atrás.

Lo que más me importó fue lo del trabajo. Siempre he sido bueno con los números. Yo me atrevería a decir que soy muy, muy bueno. Aunque mi obsesión por ser francés, realmente francés, me haya llevado a estudiar esa lengua con más profundidad que la mayoría de los que la hablan, mi pasión son los números. Por eso estudié Economía. Por eso trabajaba en el departamento financiero. Mi mayor alegría es lograr que cuadren las cuentas. Puede sonar raro, pero es así. Con los números nunca hay sorpresas. Los números son universales y no tienen connotaciones, ni dobles sentidos, no te defraudan, ni tienen ideas preconcebidas. Los números son de fiar. Sólo hay que saber dónde ponerlos, pero ellos nunca te fallan. Puedes jugar, usarlos, moverlos, quitarlos, añadirlos, pero al final, siempre, siempre, logras que todo cuadre. Y entonces es como si oyeras una música perfecta que te llena de satisfacción. No hay mayor placer. Al menos para mí."

martes, 5 de junio de 2012

Barro y seda

Hoy voy a dejar una historia que escribí en 1994 y que he recuperado de forma casual. Al leerla ahora han venido a mi memoria fragmentos de mis novelas "La culpa" y  "Ni patria ni tribu" que yo hubiera jurado haber imaginado por primera vez al escribirlas. Pero parece que no, que ciertas ideas ya pululaban por mi mente antes. Definitivamente, me plagio a mí misma.


"Un día no vino a las ocho, ni a las nueve, ni a las diez. Ya no vendría nunca. Hacía frío. Por la ventana del cuarto se filtraba una luz plomiza que amenazaba lluvia. Ni rastro del sol. Se negaba a llegar, aunque fuese ya mayo. Como ella. Ella y sus caprichos, ¿por qué no venía? Se había acostumbrado a su risa a destiempo, a su mirada sabelotodo y a verla allí, cada mañana, poniendo caras raras frente al espejo, mientras le deseaba todo lo imaginable por hacerla esperar.

Es fácil acostumbrarse a alguien. Y bien que se siente cuando ya no hay remedio. Lo malo era que no se había dado cuenta. Siempre pensó que se marcharía como llegó: a lo tonto y sin escándalo y le molestaba que, después de todo, él no hubiese tenido nada que ver en la decisión. Se le ponía de pie el orgullo y se decía que era la sorpresa lo que le obligaba a recordarla. “Es que así, tan de golpe, choca un poco”.

Ya no vendría nunca. Su sitio vacío en la clase le sorprendió durante días. Con los exámenes encima ella no hubiera hecho eso, pero, vete tú a saber… Siempre fue algo rara. Desde luego a él no le preocuparon en absoluto sus manías. De vez en cuando decía cosas extrañas, pero no le hacía caso y en paz. No eran sus ideas extravagantes lo que echaba de menos.

Ella adoraba los espejos. Se pasaba horas frente al cristal, cambiando gestos y observándose. Le atraía uno sobre todo: el de su casa. Nunca pudo entender esa obsesión. Ella no estaba hecha para ser mirada. Hay gente que está pensada para uno, o quizá dos sentidos. A través de los demás son mediocres. Ella, no le cabía la menor duda, fue hecha para el tacto. Su cuerpo, barro y seda, sólo nacía en sus manos. Y fue así, con los ojos cerrados y los dedos despertándola, sintiendo que su carne y su piel se acomodaban a él, como se dio cuenta de que era perfecta. Su perfección no estaba a la vista (algo gordita y de cara infantil), sino en el recuerdo que crepitaba en sus manos, en esa sensación de escultor que modela su mejor obra. Era una locura despilfarrar ese cuerpo – su cuerpo, barro y seda – frente a un espejo que nunca, nunca, lograría pintarla como sus dedos, de memoria y sin pausas.

Ya no vendría nunca. Y por más que lo intentaba no podía dejar de recordarla. La casa revuelta y ella hablando, hablando siempre. Y él recorriéndola de orilla a orilla con la imaginación.

-          Tengo miedo, ¿sabes?

¿Y qué le importaban a él sus miedos? Era su piel, esa malla suave que reaccionaba siempre distinta y siempre sorprendentemente, lo que buscaba. Cada uno de sus poros era un sueño con nuevos secretos aún por sonsacar.

-          Quizá nunca pueda decir lo que pienso tal y como lo pienso, ¿te das cuenta? A lo mejor la perfección no existe.-

¡Claro que se daba cuenta! La perfección existía y era ella, pero nunca lo sabría porque se empeñaba en mirarse en el espejo, en observar cada centímetro de un cuerpo al que la vista deformaba como si, ante él, todos los ojos del mundo fuesen cristales convexos.

Si ella pudiese sentir el contacto de esa carne firme, barro y seda, que marcaba sus límites y aceptaba tiernamente los contornos impuestos, olvidaría para siempre sus tonterías. Él ya se había acostumbrado a que ella hablase, hablase y hablase siempre. La mayoría de las veces no la escuchaba, ocupado como estaba en memorizar las formas que sus dedos habían trazado tantas veces.

-          Incluso pienso que soy distinta. Y tengo miedo. Ya sabes, creo que un día me voy a despertar y no voy a ser capaz de recordar nada sobre mí. Que me quedará para siempre suspendida en el esfuerzo del recuerdo. Del recuerdo que no llegará…

Y él mirándola, fingiendo escucharla, mientras imaginaba el roce de su pierna contra la suya al removerse, su cadera deslizándose por su mano y la curva de su cintura haciéndose más y más profunda. Ella no debería hablar. Si hubiese nacido muda… Si hubiese nacido invisible y sólo existiese, como creada al toque de su varita mágica, cuando se metamorfoseaba en sus manos…

-          ¿Y por qué no va a poder ocurrir? Yo tardo minutos en tener todos mis recuerdos ordenados. Quizá alguna vez tarde más de la cuenta y me sea imposible recuperarlos. Tengo miedo, ¿sabes?

Sí, claro que sabía. Sabía el sentido en el que estaba escrita su clave: el tacto. Sabía que tenía que aguantarla para sentirla vibrar después. Y sabía que ese cuerpo, barro y seda, esperaba como él cada derroche de caricias para nacer a su realidad.

Ya no vendría nunca. La recordaba. Y no creyó que eso pudiera suceder. En realidad ella era insoportable. Nunca la había aguantado sino con las luces apagadas y la boca cerrada. Pero una vez así, la adoraba… Vio el espejito sobre la estantería. Se miró, ¿para qué sentido estaba hecho él?

-          Y yo qué sé. Empezaré a decir chorradas como ella.

Se pasó la mano por el pecho, acariciando el poco vello que tanto cuidaba.

-          No,  para el tacto, no, ¿o será que no soy mi tipo?

Rió su propia torpeza y se contempló como tantas veces hiciera ella.

-          Yo diría que para la vista, ¿no? Menudo regalo…

Sonrió y lanzó un beso al espejo, contento con lo que le ofrecía.

-          Hay que ser realista. Cada uno nace para una cosa.

Ya no vendría nunca. Le dolían los dedos por el esfuerzo del recuerdo. Tenía que verla. ¿Quién se lo iba a decir? Él buscándola, pero… “torres más altas han caído. Y seguro que está deseando que la llame. Como es tan rara, se le habrá ocurrido esta genialidad para que me preocupe. Uno de sus caprichitos”.

-          ¿Eres un amigo? – Notó un temblor extraño en la voz de la madre.

-          Sí, un compañero de clase.-

-          Verás… - Una pausa. La oyó respirar, nerviosa.- Es que… está en el hospital.-

-          ¿Le ocurre algo grave?, ¿puedo ir a verla? – Se sorprendió al oírse hacer la pregunta.

-          Bueno, verás, es mejor que no vayas. Necesita reposo. Mucho reposo… - Se le quebró la voz y colgó.

Él se quedó pensativo. Y ahora, ¿qué haría? En el fondo, sabía que iba a ir a verla dondequiera que estuviese y, luchando con su orgullo, llamó a su amiga.

-          Sí, la he visto.

-          ¿Qué le pasa?, ¿dónde está?

-          ¿No lo sabes? En una clínica de éstas… ya sabes.

-          No, no sé. ¿En un psiquiátrico?

-          Algo así.

-          Pero, ¿por qué?, ¿qué le pasa?

-          No sé. Casi no habla. No conoce a nadie. Está ida por completo. Te habló de su miedo, ¿verdad? Ya sé que suena ridículo, pero creo que le ha pasado eso, lo que temía, que se ha quedado en el umbral del sueño y ahora…

“En el umbral del sueño”, ¡qué ridículo! Esta amiga suya era todavía más pedante que ella. Seguro que de tanto ocupar su mente en cosas trascendentales e impensables, se le había caído la razón y no se había dado cuenta. Iría a verla. Quizá así lograse olvidar lo que su tacto había apilado en su memoria. Ella estaba loca, pero quería saber si aún tenía ese cuerpo, barro y seda, que se tensaba piel a piel con el suyo, que le hacía temblar y le había llenado la cabeza de líneas y recodos.

Ya no vendría nunca y nunca intentará arreglarse el flequillo en su espejo, ni reiría a carcajadas en los restaurantes sin que él pudiese hacer nada por callarla. Ni se enfurecería por las notas, ni por los desplantes de sus compañeros. No, la niña caprichosa que le hablaba de gente desconocida y le contaba chistes malísimos, no volvería a hacerle reír con sus ocurrencias.

-          Soy un desastre.

Lo era. Y la prefería así, tropezando con las papeleras y perdiendo gafas, paraguas, guantes y todo lo imaginable. Era mucho mejor que aguantar sus etapas depresivas y aquellos laberintos mentales que le aburrían.

Cogió el espejo y lo guardó. Seguro que le haría ilusión volver a verlo.

-          Me encanta. Cualquier día de éstos te lo quito.

Ya no haría falta, porque pensaba regalárselo. Nunca le regaló nada.

-          Eres idiota. No sé cómo te aguanto. Ayer fue mi cumpleaños y ni siquiera me has felicitado.

Y nunca pensó hacerlo, pero ahora…

“Bueno, quedamos en que fui hecho para vista, ¿no? Pues que me vean los demás, yo ya me conozco bastante”.

Pero no se conocía. Nunca creyó que la necesitase tanto. Ni a ella ni a nadie…

-          Es en la tercera planta.

Esperaba que estuviese sola. Había decidido ir durante la primera hora de visita, porque no aguantaría encontrarse con las miradas curiosas de la familia o de los conocidos.

-          Hola. – Estaba sentada en un rincón, con la ventana abierta y las manos jugando en el alféizar. Se volvió a él y le miró.

-          Hola.-  Repitió ella. No le había conocido. Sus ojos se paraban, desconcentrados, en su rostro, en su cuerpo. Se dio la vuelta otra vez.

“Parece tarada de verdad”.

Vio cómo se apartaba el pelo de la cara y recordó las veces que hiciera ese mismo gesto frente a su espejo. La recordó riendo. Pero ahora estaba allí, con un aire de eternidad que él no conocía. Se sentó junto a ella.

-          Mira lo que te he traído.- Sacó el espejo y se lo tendió. Ella lo cogió asombrada, como si fuera la primera vez que lo veía y le interrogó con los ojos, esos ojos ausentes y ridículamente felices que tenía ahora.

-          Es para ti, ¿no te acuerdas? Mírate. Siempre te gustó verte en mi espejo.

Ella se lo puso frente a la cara y frunció el ceño. Él recordó su cuerpo, ese cuerpo rotundo que se adivinaba bajo la bata. Ese cuerpo, barro y seda, que estremecía su memoria. Acarició su brazo como hiciera otras veces. Ella seguía sosteniendo el espejo. Le miró sorprendida.

-          No… no sé ve nada. ¿Qué hay que mirar? – Los dedos se le pararon. Bajo ellos, la piel que otras veces le inquietara, yacía con una tranquilidad infinita, incapaz de responder a sus caricias. Volvió los ojos hacia el cristal, intentando entender lo que ella decía y… no vio nada.



“A veces tengo miedo de no recordar mi pasado al despertarme…”, “se ha quedado en el umbral del sueño”.

Recordó lo que dijera tantas veces, lo que supuso su amiga. Miró el rostro incapaz de reflejarse en el espejo, el cuerpo que otras veces le respondiera desbordándole. Ella estaba allí, pero ella… ella ya no vendría nunca."

jueves, 24 de mayo de 2012

Veinte años no es nada.


Tenían veinte años y todo era posible. ¿Qué son veinte años? Nada. Según la canción, veinte años no es nada y para ellos… para ellos era el principio del horizonte. Un viaje abierto a cualquier parte, inmenso, como sus ganas de divertirse. Veinte años y el mundo por venir. Toda una vida. Como la que les separaba ahora de esos momentos, de la juventud sin freno, del día exprimido sin pensar en el mañana. Porque había tanto, tanto mañana que, ¿quién quería pensar en ello?

Veinte años para disfrutar. Veinte años que se ocultaban en sus recuerdos. Veinte años. Era la edad que tenían cuando se conocieron. Como conocieron a tanta gente… Pero lo suyo fue distinto. Desde el principio. El desfiladero de su risa. La de los dos. Tantas veces compartida. En la noche. De discoteca en discoteca. Entre las copas y el humo de los cigarros que otros consumían. Ellos no. Ellos no tenían vicios. Al menos a la vista. Su vicio eran ellos. Ellos y su relación. Esa extraña relación que se fue construyendo casi sin palabras, porque el volumen de la música apenas les dejaba oírse. Con las miradas. Sus ojos siempre atados, en conversaciones inacabables y silenciosas. Su relación. Esa relación que ninguno sabía definir. Ni falta que hacía. Con vivirla tenían bastante. Vivirla. A los veinte años. Como si el mundo se fuera a acabar. Con ansia, con desesperación. Besándose en cualquier parte. Buscando rincones donde seguir con sus manos lo que sus ojos – ahora sí, cerrados – ya no podían contarse. En el coche, tantas veces… El coche de su padre. Del padre de él. Un coche incómodo que parecía empeñarse en complicarles cada encuentro. En la casa que les prestaba aquel amigo. Sin poder llegar casi nunca a la cama. Buscándose desde antes de entrar. Siguiendo la línea del pasillo con la espalda de ella sobre la pared; con el peso del cuerpo de él ciñéndola.

Veinte años. ¿Qué más daba? ¿Qué más daba si no eran realmente una pareja, sino sólo las parejas intermitentes de otros? ¿Qué más daba, si casi nunca necesitaban contactar de un modo convencional?, ¿si sólo el deseo les unía cuando ya las discotecas y la noche se convirtieron en un marco, un marco en el que apenas transcurría el primer momento, el del encuentro? Sabían que, sin haber quedado, podrían verse. Verse por la zona y cuando pasaba… Cuando pasaba no había nada más. Y mucho menos nadie. Aunque en ese momento ella estuviese perdidamente enamorada de ese estudiante de Teleco. O él sufriese por la indiferencia de la más pija de las pijas de la facultad de Derecho. Daba igual. Las sensaciones que les proporcionaban sus encuentros no eran comparables a ninguna otra cosa. Más que la  pérdida de conciencia del alcohol. Más que la levedad del hachís. Más que la ausencia que les daban otras cosas. Más. Siempre más. Él dijo una vez que la única sensación parecida que había tenido en su vida fue la de lanzarse en paracaídas. Así era para ellos. Lanzarse al vacío, sin ver el fin de la sima, cayendo, cayendo, con las hormonas llenando sus cerebros de reacciones químicas mejores que la mejor de las drogas.

Veinte años y enganchados. Enganchados el uno al otro. Enganchados al sexo compartido. Sólo enganchados a ellos. No era igual con ningún otro. Con ninguna otra. Nada se parecía. A pesar de que ya casi no pasaban tiempo en las discotecas ni en los bares de copas, seguían prácticamente sin hablarse. Sin saber el uno del otro. Sin querer conocerse más allá de lo que ya sus cuerpos recordaban. ¿Cuánto podía durar? Era imposible decirlo, pero nadie hubiera apostado porque llegase a los veinte años. Veinte años sin llamarse por su nombre, sin cruzar más que las palabras imprescindibles. Veinte años reconociendo sus gemidos, sus susurros, los gritos ahogados. Veinte años.



Fue con él con quien ella descubrió esos juguetes. Con él con quien empezó a usarlos. Se convirtieron en parte inseparable de la parafernalia de su extraña relación. Conocían las últimas novedades, las formas más extrañas, los juegos más sofisticados. Fueron clientes habituales de los primeros sex-shops.

Y fue con ella con quien él descubrió el placer de estar a la merced del otro, sujeto a la cama, o al algún mueble, indefenso, con los ojos vendados o con algún otro sentido amarrado.

Fueron ellos, ellos dos los que lo probaron todo. Todo lo que se les ofrecía. Sin límites. Sólo uno: no incluir a nadie más en sus sesiones. Sólo ellos. El sexo, en todas sus posibilidades y ellos.

Veinte años habían pasado desde esa primera vez. Esa primera vez en la que ella abandonó a sus amigas en la discoteca sin explicación alguna y siguió a ese extraño joven de mirada intensa hasta el 131 de su padre. Veinte años en los que no había hablado de esa relación con nadie.

No siempre sus encuentros fueron continuados. No, ¡qué va! Hubo un tiempo en el que ambos se creyeron normales e hicieron lo que hace la gente normal: buscaron una pareja estable, convivieron con ella, pagaron facturas, trabajaron para poder hacerlo… Y hablaron. Hablaron con los demás, olvidando que un día habían tenido otro lenguaje, un lenguaje distinto, único, el más animal de los lenguajes, que sólo tenía dos hablantes: ellos.

Pero el tiempo, juguetón, les volvió a unir, de la manera más inesperada. Ella iba a recoger a su hijo al colegio cuando chocó con él. Se miraron. Y ya no hubo marcha atrás. Sus cuerpos se reconocieron antes de que sus ojos pudieran apartarse. Y no lo pudieron evitar.

Y dio igual que ella fuera una ejecutiva de éxito, casada y madre de familia numerosa y que él fuera el encargado de mantenimiento del colegio de sus hijos, separado sin haber conseguido tener un churumbel que llevar al fútbol. Dio igual que, cuando ella llegaba – los miércoles a las ocho, siempre puntual – al apartamento que había alquilado para volver a revivir sus veinte años, él le quitase, impaciente, el traje sastre de tonos neutros que costaba más de lo que él ganaba en un mes. Dio igual que sus manos se hubiesen vuelto ásperas y que su cuerpo hubiese ensanchado. Dio igual. Porque veinte años no es nada. Y ellos, allí, seguían teniendo eso, veinte años y todo, todo, era posible. Y si nunca habían necesitado palabras no iban a empezar a hacerlo ahora. Ahora, que seguramente su lenguaje (el verbal) no tuviese nada en común, apenas el idioma. Ahora que, nuevamente, habían redescubierto el otro, el suyo, su lenguaje, su idioma, el que les llevaba a caer nuevamente en el precipicio de las sensaciones que siempre había sido su tierra. La suya. La de ambos. Común. Ahora, veinte años después, volvían a tener veinte. Dos veces veinte. Y sentían, el doble que antes, que tenían toda una vida por delante y que tenían que exprimirla, sin pensar en el mañana.

Hasta que salían a la calle y volvían a ser lo que eran. Personas normales envueltas en un sueño que duraba lo que duraba el tiempo entre sus encuentros. Pero nunca veinte años. Porque veinte años no es nada…

domingo, 13 de mayo de 2012

Un ramito de violetas


Cada vez que, estando juntos, se cerraba la puerta del ascensor, tenía la misma sensación. Ese hormigueo, esa desazón que iba en aumento hasta que volvían a abrirse las puertas. Siempre que estaba a su lado se transformaba, pero el ascensor… ¡uf!, ahí era donde realmente temía perder el control.

                Llevaba así desde que había empezado el curso. Cuando aceptó dar clases en esa escuela de negocios lo hizo por dos motivos. El primero era simple: porque le gustaba enseñar, trasmitir todo lo que había ido aprendiendo a lo largo de su vida profesional. El segundo, no podía negarlo, era por el alimento que la propuesta supuso para su ego. Su nivel de autoestima nunca había sido muy alto. Si hubiese un termómetro para medirla, él, a lo largo de su vida, se habría situado en escenarios de invierno y de otoño, quizá, en contadas ocasiones, en una tímida primavera; pero la temperatura de su ego nunca había alcanzado zonas cálidas. Hasta que llegó la propuesta. Y su mujer le abrazó y le dijo aquello de: ¡qué orgullosa me siento de ti!; y vio la cara de admiración de sus hijos; y oyó a su madre explicándoselo a las vecinas. Fue entonces cuando se sintió transportado al verano tropical de la autoconfianza. No le importaba no ganar demasiado con las clases, apenas una pequeña aportación que redondeaba sus ingresos. Ésos que obtenía con el trabajo que realmente le gustaba y que nadie de su entorno sabía definir. Y así, para los demás, pasó a ser más profesor que Ingeniero, Project Manager de una empresa dedicada a la calidad. ¿Puede haber algo menos glamuroso?       

                Pero, si los motivos que le impulsaron a aceptar las clases estuvieron relacionados con sus ganas de reconocimiento, lo que le llevaba a ansiar que llegase cada tarde de martes era otra cosa. Una cosa relacionada con la sensación de estupidez que tenía ahora, mirándola. Era su compañera. Otra de las profesoras del centro. No daban clases en el mismo programa. Ella era psicóloga. Y coach. Ella formaba parte de un mundo que él desconocía y que nunca le había preocupado.

Llegaban más o menos a la misma hora. Al principio fue casualidad, pero pronto él, que buscaba ansioso el coche de ella en el aparcamiento si se retrasaba unos minutos, logró sincronizar sus horarios de forma consciente para que, cada tarde, las puertas del ascensor se cerrasen mientras una voz metálica decía “cerrando puertas”, y él se permitía el placer de devorar esos minutos con ella, junto a ella, casi sin hablar, oliendo su perfume (el que ya no podía olvidar), mirándola (furtivamente, nunca de forma demasiado directa), grabando en su recuerdo sus gestos, su risa, su rostro, su voz.

                Imaginaba situaciones que nunca se darían. Él descubriendo una mirada cómplice en ella, pasando el brazo por su cintura y atrayéndola hasta besarla. Podía notar sus labios, sentirlos tal y como se los imaginaba. La suavidad de su boca entreabierta. El sabor que asociaba al perfume que tenía preso en su memoria. La presión de su cuerpo en el suyo. Sí, el ascensor era un terreno peligroso. El desfiladero de su imaginación, por el que se despeñaban sus fantasías, las que cada martes repetía antes, durante y después del momento enmarcado entre “cerrando puertas” y “planta tercera. Abriendo puertas”.

                “Si al menos fuesen más plantas. Pero es que así no hay manera de lanzarse. No hay tiempo”, se decía, intentando justificarse. Sin embargo sabía que, aunque fuese el Empire State, él no se atrevería. No mientras ella siguiese siendo así, estupenda, con su atuendo de niña pija evolucionada. Con su corte de pelo asimétrico, el flequillo cayéndole a un lado. Perfectamente conjuntada. Con esos tacones imposibles sobre los que conseguía llegar a una altura media. Le gustaba verla. Verla como era. Inalcanzable. Atractiva. Menuda pero sensual. De cara infantil en la que empezaban a marcarse las líneas de expresión. Todo en ella le parecía perfecto, atrayente pero lejano. Hasta su nombre. El nombre por el que la llamaban, porque el suyo aún no lo sabía: Cuca. El nombre ideal para la pija típica.

                No podía evitar compararse con ella. Él. El prototipo de científico loco. Con el pelo demasiado largo y mal cortado. Con las gafas que, de tan viejas, volvían a estar de moda. Con esa perilla que, para él, era el colmo de la sofisticación. Nunca llevaba chaqueta. Y menos aún trajes. Nunca hasta que la conoció. Fue entonces cuando decidió cambiar. Pero, por más que lo intentó no pasó de las chaquetas de pana y de tweed sobre pantalones chinos. Aspecto de profesor de Universidad, como mucho, nunca de escuela de negocios. Al verla a ella era aún más consciente de sus diferencias, de la imposibilidad de que sus fantasías pasasen a ser realidad. Tampoco podía evitar compararla con su mujer, con Rosa. Hasta en el nombre era evidente la diferencia entre las dos. Ambas serían más o menos de la misma edad, de la misma estatura, de la misma complexión. Pero ése era todo el parecido. En el resto, todo eran diferencias. Rosa tenía el pelo largo y castaño. La misma melena que cuando se conocieron en el Instituto. Y su atuendo de chica de barrio era casi también el mismo. Nada que ver con la ropa de marca de Cuca. Había cambiado tan poco desde que se casaron… ¿cuánto hacía?, ¿diez años? Sí, diez años se cumplirían la semana que viene.  Ni Rosa ni él tenían nada que ver con la mujer que rebosaba sus deseos, viviendo en el trayecto de tres plantas y sótano de un ascensor.

                La vida podía ser diferente, muy diferente a la que él había estado acostumbrado. Con su trabajo, su familia, sus investigaciones y sus lecturas. Ahora se asomaba a otras posibilidades. A estudiantes más preocupados por las notas que por lo que pudieran aprender. A papeleos, exámenes, presentaciones, a preguntas inesperadas. A charlas con otros profesores. A Cuca. Sobre todo a Cuca…

                Él no tenía nada que ver con ella, pero a veces… a veces pensaba que era posible, que algún día, durante el trayecto de tres pisos y sótano, haría realidad sus imaginaciones. Lo pensaba a veces. Lo pensaba ahora. Ahora, mientras abría un sobre que le habían dado en recepción. Encontró una tarjeta dentro. De ésas que ya nadie usaba. Un tarjetón color crema, de cartulina gruesa, con unos trazos escritos a mano: “Nos vemos el próximo martes en tu despacho, cuando termines las clases. A veces es bueno esperar para conseguir lo que deseas”. Le tembló la mano y casi se le cayó la tarjeta. Era ella. Ella. Tenía que ser ella. Cuca le citaba. ¿Cómo era posible? ¿Había sido, quizá, consciente de sus miradas en el ascensor? ¿O es que ella misma también tenía su propia historia, su propia fantasía? Miró a su alrededor, como si alguien pudiese haber adivinado su nerviosismo, el rubor que, sin quererlo, le cubría la cara. Una cita. Una cita con Cuca.

                Pasó toda la semana pensando en ella. En qué decirle. En cómo parecer seguro aunque estuviese a punto de desfallecer. Pensando en invitarla a cenar e inventando una excusa para ese tiempo de más que necesitaría. A Rosa pareció no importarle cuando le comentó que el martes llegaría más tarde, que tenía una sesión adicional con uno de los equipos de estudiantes, para dirigir su proyecto. No creía que le llevase mucho, pero al menos una hora más sí que tardaría. Ella hizo un gesto afirmativo con la cabeza y, sin mirarle, siguió leyendo la novela que la tenía enganchada. Él se quedó pensativo, sintiéndose culpable, más culpable aún que si Rosa se hubiese enfadado. ¿Por qué le importaba tan poco? ¿Y por qué él se sentía tan mal por engañarla? Hubiese preferido otra reacción, quizá preguntas, incluso recelo, pero esa indiferencia no le ayudaba, definitivamente no.

¿Qué estaba pensando hacer? ¿Iba, realmente, a mantener algún tipo de relación con Cuca? ¿Y si no era una relación? ¿Y si era sólo deseo, deseo fuera de la caja de la mente, deseo real más que sentido? ¿Era peor pensar una y otra vez en los labios de Cuca, en su pecho, pequeño pero firme, en su lengua recorriendo su cuerpo, en sus manos, tan suaves…, que besarla de verdad, que comprobar por sí mismo el tacto de su piel, el sabor de su perfume en su cuello? ¿No estaba, de algún modo, siendo infiel a Rosa durante todo este tiempo? ¿No era prácticamente lo mismo desear a Cuca, como la deseaba él, con ansia, con desesperación, repitiendo las escenas imaginadas una y otra vez, repasando los momentos no vividos como si de cada detalle dependiese la posibilidad de seguir respirando? ¿No era eso lo mismo que tenerla junto a él, bajo él, sobre él, pegada a él, envolviéndole? No podía contestar a esas preguntas. Le martillearon durante toda la semana, poniéndole nervioso, recordándole constantemente su cita, con una mezcla de miedo y deseo que no sabía cómo contener.

                Hasta que llegó el martes. Cuidó su atuendo todo lo que pudo. Tardó en elegir entre las tres chaquetas que usaba para dar clase. “No me puedo imaginar lo que sería tener más”, pensó. Y no le fue mejor con los pantalones. Al final decidió ponerse unos vaqueros. “Me dan un aire más juvenil, como si fuese un alumno”, se dijo. Y los combinó con la camisa azul lisa (la mejor, la que Rosa le había regalado por Reyes) y la chaqueta negra de pana. Ésa que de lejos parecía de terciopelo. Corbatas no tenía más que las dos que usaba con el traje, con el de las bodas, y ninguna le gustaba. Mejor sin corbata. Con los vaqueros quedaría raro. Y se puso sus zapatos de cordones, los que le apretaban un poco y siempre evitaba. Echó una última ojeada a los otros, a sus preferidos, los viejos zapatos, ya casi sin forma, con los que iba tan cómodo. “Un día es un día”. Se miró en el espejo. No estaba mal. Mejor que otras veces, pero seguía pareciendo él. “Bueno, tampoco es cuestión de transformarme. Si ha quedado conmigo será porque algo le gusto como soy, ¿no?”. Y echándose la colonia que había comprado al poco de quedarse prendido de la imagen de Cuca (ésa tan cara y que tanto extrañó a Rosa), se fue.

                Cuando llegó no vio el coche de ella aparcado. No le importó. Ni siquiera intentó dar una vuelta a la manzana para hacer tiempo y compartir con Cuca ese maravilloso momento del ascensor en el que imaginaba sus besos. Ya habría tiempo. Tiempo de no imaginar, sino de sentir. Dio la clase como sin darse cuenta, despistado, saltándose diapositivas. Los alumnos, sorprendidos, se lo hicieron notar. Él se disculpó y lo achacó a un supuesto dolor de cabeza. El tiempo parecía no pasar. Hasta que por fin, llegó la hora.

                Fue, como en un sueño, a su despacho. Sin poner los pies, flotando por los pasillos del centro. Abrió la puerta y la vio al fondo, de espaldas. El pelo algo más corto. El rubio más luminoso. “Habrá ido a la peluquería”. Y le envaneció pensar que ella, que Cuca, se había arreglado especialmente para él. Optó por no decir nada, por no anunciar su presencia. Ella siguió de espaldas, entretenida, ojeando uno de sus libros. La miró y se paró más de lo habitual contemplando sus formas. Le pareció, si acaso, algo más delgada, pero quizá eran los pantalones, más estrechos de los que solía usar. La blusa – de seda, como las que llevaba habitualmente – era más larga y los colores del estampado anticipaban un verano que aún tardaría en llegar. Se acercó y, cuando casi estaba a punto de volver a oler su perfume, ése que tanto le gustaba, cerró los ojos y se imaginó la escena que estaba por venir. Él, que enlazaba su cintura y, pegando su cara en el cuello de ella, la besaba, sin más, sin palabras, como tantas veces soñó en el ascensor. Abrió los ojos y alargó el brazo hasta tocarla. Ella se volvió sonriendo. Y la vio. La vio y no pudo creerlo. Le miraba, contenta, el flequillo rubio, recién cortado, cayendo sobre su rostro infantil. Su perfume – no el que él esperaba, otro que no reconoció – llenando el escaso espacio entre ellos. Le besó. Posó sus labios en los de él y sintió que el contacto era algo distinto al que había imaginado en el ascensor. No peor. Tampoco mejor. Cuando se separaron, ella le dijo:

-          ¿Lo esperabas? –

-          Claro, tonta, lo supe en cuanto vi la nota.-

-          Entonces, ¿te acordabas?, ¿sabías que era hoy? – Quería darte una sorpresa. Hacer algo distinto.-

Él asintió, odiándose por su mala memoria. Era hoy. Hoy. Diez años. Hacía diez años de su boda. Por eso Rosa había querido sorprenderle. Porque era Rosa. La mujer menuda que estrechaba en sus brazos era Rosa. Rosa con un corte de pelo nuevo, con ropa distinta. Rosa como si supiese de la existencia de Cuca y hubiese decidido transformarse. Rosa ocupando la posición de la mujer del ascensor. Volvió a besarla, ahora ya consciente de que la imagen deseada seguiría siéndolo.

-          ¿Y tus alumnos?, ¿tardarán mucho en llegar? – Le preguntó.

-          ¡Qué va! Era mentira.- Le dijo él. Ella le miró sin comprender.- Me imaginé que tramabas algo y me lo inventé, a ver si me lo decías. Pero te lo callaste, pillina.- Y volvió a besarla.

-          Entonces… ¿Podemos irnos? –

-          Claro, dijo él. He reservado mesa para dos en un Restaurante japonés que está a dos calles de aquí y me han dicho que es muy bueno.- Informó él.

-          ¿Japonés?, ¿desde cuándo te gusta la comida japonesa? –Preguntó Rosa sorprendida.

-          Desde ahora. Hay que probar de todo.- Contestó.

Y salieron del despacho, abrazados.

-          ¿Sabes? – le dijo él.- Me gusta tu nuevo peinado. ¿Cómo es que te ha dado por cortártelo? Creí que te gustaba el pelo largo.-

-          Ya estaba harta y pensé “hay que renovarse”.- Y señaló también su ropa, que en nada se parecía a la que solía llevar.



Ambos se pararon ante el ascensor, mientras la luz de llamada parpadeaba. Aún no habían vuelto a hablar cuando se abrieron las puertas y apareció Cuca, en animada conversación con otra profesora. Él las saludó a las dos y ellas le respondieron como sin verle, para seguir con su charla.

Entró en el ascensor con ella. Con Rosa. Y mientras las puertas se cerraban, para llevarles en el trayecto de tres pisos y sótano que les conduciría al garaje; mientras oían la frase “cerrando puertas”, él cerró también los ojos y decidió dejar los recuerdos en su sitio para vivir la realidad que tenía frente él. 


domingo, 6 de mayo de 2012

El viejo sordo risueño, el forofo erudito, la niña vestida de comunión y la mujer que quería ser escritora


Todos los años iban a la feria del libro de Madrid. Se había convertido casi en un rito. En un rito que trasmitieron a sus hijas desde que eran pequeñas. Como si de una celebración de la primavera se tratase.

                Pero ese año las cosas se habían complicado. Entre comidas con amigos, comuniones de familiares y demás fiestas y celebraciones, la feria estaba a punto de terminar y aún no habían ido. Precisamente ese año. Como si fuese una premonición. No era supersticiosa pero, ese año… En el que había decidido retomar su afición por escribir. ¿Y si el destino la castigaba y no conseguía publicar su novela? Porque hacía ya un mes que la había enviado a varias editoriales y tenía la sensación de que tenía que ir, que tenía que volver a pasear mirando las casetas, como otras veces, porque si no lo hacía, el destino la castigaría y jamás podría conseguir que su libro fuese leído por alguien más que sus amigos y familiares.

                La solución le llegó en forma de niña vestida de comunión. Ella era atea. Atea prácticamente, como le gustaba decir. Porque ella, la mujer que quería ser escritora, practicaba su descreimiento y se sentía orgullosa de haber conseguido mantener su coherencia. Y, sin negarles a sus hijas la posibilidad de elegir, lo cierto es que ellas, de un modo natural, habían seguido los pasos de su madre y, llegado el momento, optaron por no hacer la comunión.

-          ¿Podré hacerla después, cuando sea mayor, si quiero y cambio de idea? – preguntó la pequeña.

-          Sí, hija, puedes hacerla cuando quieras, ahora o después. - Le aclaró su madre.

-          Vale.  Pero mamá, ¿me puedo poner el vestido?

El vestido era el de su prima, la  hija mayor de su cuñada. Un vestido de comunión en toda regla, con sus jaretas y su cuello de bebé. Las hijas de la mujer a la que le gustaba escribir eran las pequeñas de la familia y por eso heredaban toda la ropa. Ella pensaba que era bueno porque, además de ahorrarles un dinero, les trasmitía a sus hijas un sentido de austeridad, las alejaba de los caprichos y las obsesiones por las marcas. Pero ellas no siempre coincidían con su madre. Sobre todo cuando les tocaba vestir según los gustos de sus primas y las modas de temporadas pasadas.

Con el vestido de comunión no sucedió así. La hija mayor de la mujer que escribía no le hizo ni caso, pero la pequeña… para la pequeña fue un auténtico regalo. Le encantaba “disfrazarse de comunión”, como ella decía. Más aún que hacerlo de princesa o de hada. Y se paseaba por la casa vestida de blanco, con cara de niña buena, de recogimiento, como había visto hacer a sus primos y a sus amigos en sus comuniones.

                Hasta que un día dijo:

-          Mamá, yo no quiero hacer la comunión, pero quiero vestirme y hacerme fotos, como todos.-

Y su madre le contestó:

-          Tú no te preocupes, hija, que el domingo te pones el vestido, nos vamos al Retiro y te hago unas fotos.-

Y así fue. Cuando llegó el momento, ni su marido ni su otra hija quisieron acompañarlas.  A la mayor le daba una vergüenza horrible que su hermana saliese así vestida y el padre ya tenía otro compromiso. Así es que, la mujer a la que le gustaba escribir, le puso a su hija la diadema blanca que ella misma había llevado en su boda – civil, por supuesto – y cogió las llaves del coche. Iba a abrir la puerta cuando sonó su móvil: era su hermano.

-          Oye, ¿has ido este año a la feria del libro? –

-          No, aún no, y ya se acaba hoy.-

-          ¿Te vienes? Estoy en casa de papá y mamá y papá se apunta.-

-          Yo es que iba a ir con la peque al Retiro…- Pero antes de terminar la frase se dio cuenta de la coincidencia y decidió no dar más explicaciones – Sí, vamos. Os recojo a los dos.-

No les había dicho nada de la indumentaria de la niña, por lo que, cuando su padre y su hermano la vieron, se quedaron sorprendidos. Pero la naturalidad de ambas, lo aclaró todo.

-          Voy disfrazada de comunión. Mamá me va a hacer unas fotos en el Retiro.- Explicó la pequeña-

-          Se ha empeñado. Le hace ilusión, Y teniendo en casa el vestido, me parece una tontería no usarlo.-

Había amenazado lluvia durante todo el día pero, justo cuando lograron aparcar, el sol se abrió paso y permitió que las fotos salieran perfectas. Un poco raro que la madre y el tío fuesen con vaqueros, pero todo no se puede tener.

Las nubes volvieron a aparecer cuando se acercaron a las casetas. La mujer que quería ser escritora empezó a ponerse nerviosa. La posibilidad de hablar con sus autores preferidos hacía que su timidez - ésa que vivía escondida en su estómago y sólo de vez en cuando salía para adueñarse de su cara y su cuello, tiñéndolos de rojo - empezara a dar señales de aviso.

Siempre les había gustado leer. Era algo de familia, como el color de pelo o la altura. Se tenía o no se tenía. Y ellos, todos, tenían de sobra. De las novelas históricas a las negras, pasando por las de la Guerra Civil, que le encantaban al padre, con ochenta y un años, porque le traían los recuerdos sentidos y los robados; la infancia que no fue tal y que le tocó vivir.

 A la mujer que quería ser escritora, nerviosa como estaba, le sorprendió la transformación de su hermano. Le vio pasar de un ser tímido a un conversador incansable, que lograba recordar detalles increíbles de cada novela, para entablar conversación con todos los autores que le interesaban. Y ellos le contestaban encantados, halagados por la huella que habían logrado dejar en sus lectores.

Y así, fueron de caseta en caseta hasta que la vieron, sentada en una de ellas, casi sin gente esperando para que les firmase el libro que acababa de publicar. Era ella. La AUTORA con mayúsculas. Al menos para la mujer a la que le gustaba escribir. La admiraba. Se quedó parada. Su hermano no dudó.

-          Venga, vamos a hablar con ella, que casi no hay nadie.-

“Pero qué tonta que soy, si hasta me tiemblan las piernas”. Se dijo la mujer. Por eso se quedó callada. Callada mientras su hermano le contaba a la AUTORA que era del Atlético de Madrid, como ella, y ambos empezaban una animada conversación sobre la temporada de su equipo. Callada también cuando su padre, sordo como estaba, contestó a la pregunta de la AUTORA con algo que nada tenía que ver y una de sus sonrisas de “aunque no te oigo, no pasa nada, yo soy capaz de hilar cualquier conversación”. Callada también cuando su hija, que acababa de comerse un helado de chocolate, pasaba sus manos – manchadas, como el vestido que fue de su prima – por las portadas de los libros de la AUTORA que estaban expuestos, diciendo: “Mamá, tú tienes todos estos”.

Cuando, por fin se animó, oyó su propia voz temblorosa, como la de otra persona, lejos de allí, fuera de sí misma, consciente de cada una de esas palabras inadecuadas que la hicieron ponerse aún más nerviosa.

-          Nos gustan mucho tus novelas. Yo he leído todo lo que has publicado. Todo. Incluso las columnas del periódico de los domingos.-

La AUTORA pareció no notar el agobio de la mujer que quería ser escritora y comenzó a conversar con ella, tranquila, como si no fuese consciente de la fila de gente que se empezaba a impacientar detrás del extraño grupo que hablaba sin haber comprado un solo libro. Y así, por fin, la mujer que quería ser escritora, se atrevió a decírselo, a confesárselo a su admirada AUTORA. A decirle eso, que lo que más ilusión le haría en este mundo sería ver sus obras en una caseta de la feria del libro y estar allí, horas y horas, firmando ejemplares, sin saber muy bien qué poner; repitiendo dedicatorias que pretendían ser originales; pasando calor o mojándose por las rendijas de la cubierta. A decirle que quería ser escritora, no como ella, no, que con tanto no se atrevía ni a soñar, escritora sólo, pero de las de verdad, de las que venden libros a más gente que a los familiares y amigos. La AUTORA la animó y no la tomó por loca, ni le hizo pensar que fuera imposible. Más bien al contrario, el tiempo parecía que no pasaba para ninguna y, de no ser porque el hermano de la mujer que quería ser escritora decidió, al fin, comprar uno de los libros de la AUTORA – el último, el que él todavía no había leído, pero su hermana sí - podrían haber estado conversando aún más tiempo.

Cuando, por fin se fueron, la mujer que quería ser escritora se fijó en el raro grupo que componían y, mentalmente, decidió llamarles así: el viejo sordo risueño, el forofo erudito, la niña vestida de comunión y la mujer que quería ser escritora. Se preguntó qué habría pensado la AUTORA de ellos y si habría reparado en su singularidad. Decidió que era imposible no hacerlo y llegó a pensar que vería su historia, la del extraño grupo que formaban esa tarde de primavera, en una de las columnas que la AUTORA escribía en el suplemento semanal de uno de los periódicos de más tirada del país.

Pero ha pasado casi un año y no ha sido así.

Por eso, porque la AUTORA no ha escrito sobre el extraño grupo que éramos, he decidido hacerlo yo, a ver si así conjuro el maleficio que ha hecho que, a pesar de haber ido a la feria del libro, casi un año después, aún no haya conseguido publicar ninguna de mis novelas.