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sábado, 9 de febrero de 2013

De qué hablo cuando hablo de correr

Éste es el segundo libro que leo de Haruki Murakami. Del primero, "Tokio Blues", ya hice una reseña que podéis encontrar entre las entradas más leídas del blog. Y también tengo que decir que le hice un pequeño homenaje, con un relato titulado "El toldero que leía a Murakami", que también está a la derecha, entre las entradas más leídas.
 
Comencé este libro sabiendo que no era una novela, pero eso no me preocupaba porque, como sabéis los que habéis leído mi reseña de "Tokio Blues", la que leí de Murakami no me había emocionado.
 
Tengo que decir que, si tuviese que valorar "De qué hablo cuando hablo de correr" desde el punto de vista literario tampoco le daría una nota muy alta. Decididamente, el estilo de Murakami no me convence. Aunque en estos casos (escritores extranjeros) siempre me queda la duda de si lo que realmente estropea las obras son las traducciones. Pero como, por el momento, no pienso aprender japonés, mantengo mi apreciación: no me gusta su estilo.
 
Pero si miro el libro desde otra perspectiva, sí crece mi valoración. Para mí, "De qué hablo cuando hablo de correr" es un espejo y una ventana. Un espejo a las razones que llevan a alguien a escribir, a lo que siente cuando lo hace, a cómo van surgiendo las obras, el esfuerzo, la dedicación que requieren; y una ventana a la superación que supone un entrenamiento continuo para ir afrontando retos físicos. En el caso de Murakami correr maratones y, más tarde, participar en pruebas de triatlón.
 
El paralelismo que establece entre ambas actividades me ha gustado mucho. Yo siempre he dicho que escribir es, ante todo, oficio. Es cierto que hay algo más, algo que surge de la necesidad de contar, de hilar historias. Pero sólo escribiendo se aprende a escribir. Entrenando, que diría Murakami. Y eso es lo que él hace y nos cuenta en el libro. Entrenarse. Física y mentalmente. Para conseguir retos. Trabajando sus músculos y su cerebro, acostumbrándolos a sufrir. Para, al final, cumplir su ojetivo: terminar su obra, que puede ser una carrera o una novela. En definitiva, llegar.
 
Por eso me ha gustado el libro. A mí, que odio cualquier manifiestación de deporte. Sobre todo si tengo que hacerlo yo. Pero me ha acercado a mí misma. Y a mi marido, que corre, entrenando para lograr un objetivo que él mismo se ha impuesto y que se parece bastante al de Murakami: completar la media maratón. Veremos qué pasa. Con nuestros objetivos - los de los dos - y con el entrenamiento, que en el fondo, es lo que cuenta, porque es en él en el que vives, continuamente, entrenando para ir de un objetivo a otro, de un libro a otro, de una carrera a otra, de un momento a otro a lo largo de la vida.
 
 
 

domingo, 27 de enero de 2013

Ahora me toca a mí


Como cada día, le llevó la taza, con el caldo caliente. Se sentó al lado de la cama y le incorporó.

-          A comer.- Le dijo. Él la miró. Con esa cara inexpresiva que tenía desde hacía algunos meses. “No se entera de nada”, pensó ella. Pero sabía que había veces que no era así. En ocasiones, su mirada vacía cambiaba. Cambiaba y se quedaba fija en la suya, muy, muy fija. “Entonces me da miedo “, se dijo. Pero ahora no.

 
-          Pobre María – decían en el pueblo.- Es que eso ni es vida ni es nada. Primero cuidando a sus padres, y ahora al marido. Y los hijos sin echarle una mano. Sin aparecer por aquí, que aunque vivan en Madrid, bien que podrían pasarse para ayudarla de vez en cuando.-

 
Pero a María no la ayudaba nadie. Nunca la habían ayudado. Estaba acostumbrada. Ésa había sido su vida.

Dio de comer a Antonio mientras pensaba en sus cosas: poner la lavadora, sacudir las alfombras, repasar la lista de la compra… Le miró. “Quién te ha visto y quién te ve”, pensó, pero no dijo nada. Le recordó como era años atrás: alto, serio, con ese porte como sacado de una película. Le miró ahora: consumido, sin poder hablar, en la cama, necesitándola a ella para comer, para moverse, para lavarle… Para todo. Que hasta le cambiaba el pañal, como hiciera con sus hijos cuando eran pequeños.  “Pero ahora es distinto, dónde va a parar. Es distinto porque antes no eran como ahora, de usar y tirar, y con los críos estabas todo el día lavando. Y es distinto porque no vas a comparar a un viejo con un niño. Ni  color…”

Recogió la taza y la cuchara, las metió en el lavavajillas y puso agua en un vaso. Se acercó nuevamente a la cama con las pastillas. Cuando fue a dárselas, a Antonio le cambió la mirada y casi  se le caen al suelo, del susto. Pero no duró más que segundos, y volvió a quedarse con los ojos perdidos en la contemplación de algo que no estaba allí. La expresión abandonó su rostro y fue nuevamente el Antonio enfermo que la necesitaba, el que era desde que tuvo el derrame.  Por si acaso, María siguió sin hablarle. Entró y salió de la casa a medida que los recados se lo iban demandando. Entró y salió de la habitación para asear a Antonio, para darle la merienda, para arreglarle la cama… Hasta que llegó la noche.

Siempre pasaba igual. Hasta que no se hacía de noche no se atrevía. No sabía explicar por qué, pero de día era como si viviese otra vida, la de siempre, la de la María abnegada, primero  madre, luego hija y ahora esposa atenta a todo lo que necesitasen aquellos a los que cuidaba. Ésa había sido su vida. De un puré a otro, de un baño al siguiente, preocupada de que todo estuviese bien, atenta a la menor necesidad de los que la requerían.

Por la noche era distinto. Por la noche se abría la compuerta de los recuerdos y salían los fantasmas. Era entonces cuando daba a Antonio la última dosis de sus medicinas, cuando se sentaba a su lado y le hablaba.

-          Quién te ha visto y quién te ve.- Así solía empezar.- Con lo que tú has sido, y ahora ahí, un pelele que necesita de mí para todo. Si yo no estuviera, ¿qué sería de ti? – y sentía un regusto a victoria según iba desgranando sus palabras. Aunque sabía que, seguramente, Antonio no entendía nada, que él, con su mirada perdida,  perseguía, quizá también, los mismos fantasmas que conjuraba su mujer frente a la cama.

 
-          Pero a cada cerdo le llega su San Martín.  Y aquí está el tuyo. Y yo me ocupo. Me ocupo de que no te falte de nada. De nada. Que tengas todo lo necesario para penar por lo que has hecho.- Y mientras se lo decía, sacaba las pastillas del bote y las colocaba alineadas en la bandeja, para ir dándoselas a Antonio.

Fue por casualidad. No es que ella no lo hubiese pensado, que muchas veces se le vino a la cabeza. Pero no sabía cómo. Ganas siempre tuvo, pero  era el modo el que se le escapaba. Hasta que, meses después del derrame cerebral de Antonio, vino su hijo mayor,  Esteban, con la niña, que se llamaba María, como ella, y estaba estudiando medicina. Tan guapa y tan lista como siempre. La mayor de las nietas. Y cariñosa, que aunque apenas la veía una o dos veces al año, cuando venía, bien maja que era. Y no paraba de hablar, que en eso no sabían a quién salía, que en la casa nunca fueron  parlanchines. Ninguno. Si acaso, Miguel, el pequeño, pero tampoco tanto. No como María.

-          Abuela.- le dijo- ten cuidado con las medicinas.-

 
-          Pues claro, hija, ¿qué crees, que soy tonta? Vieja sí, pero tonta no estoy todavía.- Le contestó ella.

 
-          No, si no digo que estés tonta.- Rió la niña.- Digo, que a ver si te vas a hacer un lío, que con todo lo que tenéis que tomar cada uno, tienes una farmacia en casa. Y que he estado mirando las pastillas del abuelo, esas de ahí, las rojas, y como un día te confundas y te las tomes tú, tenemos un disgusto.-

 
-          ¿Y eso? – preguntó María, interesada.

 
-          Porque cada uno tenéis una cosa. Y para ti, las medicinas del abuelo son una bomba. Te vas para el otro barrio en un pis-pas, como te las tomes.- La niña no quería aburrir a la abuela con tecnicismos, pero  se la veía preocupada.

 
-          Hija, pues vaya jaleo. Pero no tengas cuidado, que yo de la cabeza estoy muy bien, y no me confundo.- Se quedó pensativa. Al rato, preguntó.- ¿Y qué pasa si me equivoco al contrario.-

 
-          ¿Cómo al contrario? –

 
-          Sí, ¿qué pasa si le doy al abuelo mis pastillas?-

 
-          Bueno, no es lo mejor, no, pero no sería tan preocupante como al revés. Si le das al abuelo tus pastillas, le vendrían mal, pero sólo le harían daño de verdad si la dosis fuera continuada. Es decir, si te equivocases siempre. Entonces, podríamos decir, que se iría envenenando poco a poco.-

Esas palabras se le quedaron grabadas: “se iría envenenando poco a poco”. Al principio venían a su cabeza constantemente, pero enseguida las desechaba. Hasta que se dio cuenta de que la caja de pastillas traía cuarenta y cinco unidades. Si apartaba quince e iba al médico una vez al mes, a que se las recetase con el resto de los medicamentos, podía ir juntando un buen montón. Y eso hizo. Fue acumulando pastillas lentamente, hasta que la cantidad le pareció adecuada. Y entonces, sólo entonces, decidió que, por las noches, Antonio se tomaría una pastilla de más, la de ella, en una prescripción que, sin saberlo, había sugerido su nieta, la que algún día sería la primera médica de la familia.

Por eso, por las noches, se sentaba junto a Antonio y, después de darle las pastillas, le hablaba:

-          Bien ganado te lo tienes. Y más te mereces. Por lo que me has hecho. Por lo que me hacías una noche sí y otra también, cuando en vez de a ti, cuidaba a nuestros hijos, y tú llegabas y, si habías bebido, y a veces incluso sin haberlo hecho, me dabas, así porque sí, porque te venía en gana, o porque te miraba mal, o porque te parecía que no había contestado correctamente. Me pegabas hasta que te cansabas. Y yo me callaba porque no me quedaba otra. Porque en aquellos tiempos, y aquí, no podía hacer nada. Mi familia lo sabía. Y los vecinos. Todos lo sabían y todos miraban para otro lado. Eso era cosa nuestra, decían, no había que meterse en las cosas de cada casa. Pues como cosa mía que era lo aguanté, aunque bien sabe Dios que una y mil veces te hubiera matado si hubiera tenido con qué. Y ahora estás aquí, inválido, necesitándome para todo. Mirándome con esa cara que… Y te mataría. Te ahogaría con mis propias manos por todo lo que me hiciste… Pero no, no lo hago, yo te cuido, te lavo, te doy de comer, te arreglo la cama, te muevo para que no se te hagan heridas… Y te doy tu medicina. Toma, anda, abre la boca, y trágate la pastilla. Tendrás queja, que hasta te doy una pastillita de más. Para cuidarte. Para cuidar de que de verdad te llegue tu San Martín. Como buen cerdo que eres y fuiste siempre.-

Y fuera, en el pueblo, todos los días, seguían comentando:

-          Pobre María, tiene el cielo ganado.-

“El cielo…”, se reía ella para sus adentros, “si hubiese cielo, o justicia divina, o lo que quiera que sea, no hubiera pasado lo que me pasó a mí, ni dejaría Dios que siguiese pasando a  otras. El cielo para el que lo quiera, que yo me ocupo de que Antonio vaya derechito a la tumba, que para cielos o infiernos ya habrá tiempo.” Y saludaba con la cabeza a los vecinos que se encontraba, sin olvidarse de pasar cada mes por el médico para que le recetase las pastillas, con la voz de su nieta repitiéndose en su recuerdo:

“Se iría envenenando poco a poco”.

 “El cielo… “. Repetía nuevamente para sí, “el cielo está lejos y estoy harta de esperar. Bastante llevo ya encima. Ahora… ahora me toca a mí”.

sábado, 19 de enero de 2013

¡Tengo un e-book!

Pues sí, uno pequeñito, pero un e-book al fin y al cabo.

Si recordáis, hace algunos meses, hablé de un concurso de relatos en el que participaba. El mío, Platón, que está en ese blog como página a la derecha, resultó elegido por el jurado entre los finalistas. Esto ha tenido dos consecuencias. Por un lado, la editorial, Marlex, lo ha publicado en formato e-book de descarga gratuita en su página web (la dirección es
http://www.todosleemos.com/descarga-ebooks/platon.htm). Por otro, esa misma editorial, lo va a publicar, junto con el resto de relatos finalistas, en un libro en papel que aparcerá próximamente (el enlace http://marlexeditorial.com)

No es exactmaente el sueño de todo escritor: publicar una novela que sea un éxito tanto a nivel comercial como literario, pero es un comienzo. Lo único que no me gusta demasiado, es que el editor califica "Platón" como un relato romántico y a mí ese género no me va mucho. No sé... Desde mi punto de vista, que una novela o un cuento hable de amor o, como en este caso, de deseo, no implica que necesariamente sea romántico. Pero por ahora me callaré, porque lo han seleccionado para promocionarlo, junto con otro, con motivo del día de San Valentín. Bienvenida la promoción aunque sea ésa.


 

domingo, 13 de enero de 2013

Cincuenta sombras de Grey y otras cosas que sí están bien escritas


Llevaba algún tiempo sin hacer ningún comentario sobre mis lecturas en este blog y alguien podría pensar que ya no leo tanto como antes. Nada más lejos de la realidad. Lo único que ocurre es que mis últimas lecturas no me han impactado demasiado.

He dudado mucho si hacer o no una reseña sobre la trilogía de la autora británica E.L. James. ¿Cómo escapar a ese libro (libros, en este caso) del que todo el mundo habla?  Yo no pude. Eso de no ser capaz de opinar, de tener que mantenerme callada en todas las conversaciones del verano, me sacaba de quicio. Por eso me lo leí. El primer libro. Ni que decir tiene que no me gustó. Es una novela romántica, mal escrita, que no ofrece lo que promete.  El morbo que se ha creado sobre el libro erótico del año, el porno para mamás, me parece totalmente injustificado.

Como digo, me leí el primer libro para poder opinar sobre este fenómeno editorial. ¿El resultado? el que he señalado en el párrafo anterior: estilo que deja mucho que desear, con contenido insulso (al menos para mi gusto) y con pasajes que pretenden ser duros y que no llegan a ser más que descripciones sin un ápice de poder de evocación. Conclusión: no me gusta. Y no es de extrañar, porque a mí las novelas rosas, con final feliz, no me van. Además, me gustan los libros bien escritos. Y sobre las posibles sorpresas depravadas que esconden sus páginas, ¿qué queréis que os diga? Cualquier persona con una cierta edad (como yo) que haya leído varias novelas de “La sonrisa vertical” y “Sexus”, de Henry Miller, encontrará que “Cincuenta…” no aporta ninguna novedad, y además, su poder de evocación es más bien escaso.

A pesar de eso me leí las dos siguientes. Yo soy así. Cuando empiezo una cosa me cuesta no terminarla. También tenía la esperanza de que mejorase. No es así. Es más, va a peor. Diría que la mejor de las tres (malas todas ellas) es la primera. Pero ya veis, ahí está, el fenómeno editorial del año pasado. Mientras otros no conseguimos que nos publiquen más que un relato en un libro conjunto…. Cosas de la vida.

Pero no quería terminar esta entrada sin hablar de una lectura que realmente me ha gustado. Como ya sabéis, Almudena Grandes es una de mis autoras preferidas. Y si todos sus libros me llegan, también lo hacen los relatos que publica cada domingo en El País semanal. Os recomiendo el que ha aparecido hoy “La vida eterna”. No puedo sentirme más identificada. Me recuerda a otro que publiqué en este mismo blog, “Igual que tu madre”. Sé que el mío no está a la altura, pero los sentimientos que lo inspiraron son, sin duda, los mismos. Grande, muy grande, Almudena.

sábado, 29 de diciembre de 2012

La tecnología


Llevaba todo el día dándole vueltas. No debería haber ocurrido. Siempre que discutían le pasaba igual. Se calentaba, se calentaba, y acababa diciendo cosas de las que luego se arrepentía. Y discutían tanto… Pero no iba a ser él quien diera su brazo a torcer. Esta vez no. Ya estaba harto. Todo un carácter el de Ana, su mujer. Y él ya no quería ceder.  No había manera con ella. Y ahora estaría varios días haciéndole el vacío, sin hablarle, ignorándole, evitándole la mirada, haciendo como que no le oía… Y por supuesto, sin rozarse, construyendo un mundo de reproches mudos (y a veces, no tan mudos) que se interponía entre los dos.

Y el caso era que esta vez él se había pasado. Pero había empezado ella. Sonrió. Le había sonado a la frase que repetían sus hijos siempre que peleaban:

- Ha empezado él, papá, ha sido Jorge -.

-No, no, no es verdad, yo no he hecho nada, ha sido Javi que me ha puesto esa cara, esa que me da tanta rabia…-

“Si en  el fondo somos iguales…”  Pero no, no iba a ser él quien pidiese perdón. Aprovechando la parada en el semáforo, decidió hacer algunas de las llamadas que tenía pendientes.

-          Llamar Luis.- Dijo, dirigiéndose al “manos libres” del coche. En la pantalla, sin embargo, apareció el nombre de Cris y la voz metálica le dijo: “Cris móvil, ¿llamar ahora?”.

 

-          No.- Gritó. Otra vez. Otra vez igual. No había manera de que esa maldita máquina funcionase de forma correcta. Y la semana pasada, cuando llevó el coche al taller, le dijeron que estaba perfectamente. Volvió a intentarlo.

 

-          Llamar Luis.-

 

-          No hay ningún número con ese nombre.- Le respondió la máquina. “Así no hay manera”. De pronto sonó el teléfono. Ana móvil, leyó. “Vaya, quizá quiera pedirme disculpas. Mira que me extraña”. Pulsó el botón para coger la llamada.

 

-          Sí.- Y al otro lado el silencio.

 

-          ¿Me oyes? – Nada. Si no fuera porque sabía lo mal que funcionaba el “manos libres” creería que ella lo hacía adrede. Para sacarle de quicio. Colgó y llamó él.

 

-          Llamar Ana móvil.- Esta vez la máquina le dio el número correcto y preguntó: “¿llamar ahora?”.

-          Sí.- 

 

Otra voz grabada le contestó: “el móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura”.

 

-          Mierda.-  Esa misma voz le ofreció la posibilidad de dejar un mensaje:

 

-          Ana, te devuelvo la llamada. Ya sabes, no hay manera de que funciones el rollo éste del “manos libres” del coche. Llámame y dime qué querías. O mejor no, te llamo yo, porque desde aquí sabes que es peor coger las llamadas. Pues eso, que te llamo en cuanto pueda.

Pero no pudo. El día se le complicó tanto que olvidó por completo que tenía pendiente hablar con su mujer. También olvidó que tenía contratado un servicio por el que los mensajes hablados se mandaban transformados en texto al número elegido. E incluso llegó a olvidarse de la discusión con Ana. Ésa que le había amargado el inicio de la mañana. La que se parecía a tantas otras que habían tenido desde que se conocieron.

Recordó todo cuando entraba en el garaje. “Mierda. No la he llamado. Ahora sí que la he liado. Si esta mañana estaba enfadada ahora ya sí que no me habla en dos años”. Y se armó de paciencia para aguantar lo que le esperaba. Ya no recordaba ni por qué habían discutido, pero lo que sí recordaba era la dureza de sus palabras, el sabor amargo de su mirada. No, el asunto no pintaba nada bien. Aparcó y tardó todo lo que pudo en recoger sus cosas, tratando de retrasar lo inevitable.

“Es que así no hay manera. Todos los días discutiendo. Quejándose por todo. Dispuesta a saltar por cualquier cosa. Y ya estoy harto. Estoy harto de tener que estar siempre pendiente de cuál es su humor. Aunque la verdad, casi siempre es malo. Harto de tener que medir mis palabras y pedir perdón. Harto. ¡Qué pereza me da! Y diga lo que diga llevo las de perder. Porque después de no haberla llamado…”

Cuando por fin abrió la puerta, cogió aire e intentó poner su mejor voz para decir:

-          Hola, ya estoy en casa.-

A lo lejos oyó a sus hijos, desde sus cuartos, saludándole. Atrás quedaron aquellos días en los que salían corriendo cuando oían la puerta, dispuestos a abrazarle. Ahora permanecían en sus habitaciones, haciendo los deberes. No se engañaba. Sabía que no tenían mayor interés por las tareas, pero que la posibilidad de correr a abrazar a su padre ya no era algo que les emocionase. Al menos, no más que seguir haciendo como que estudiaban. Supuso que Ana ya habría llegado, pero no oyó su voz. La llamó:

-          Ana, ¿estás en casa? –

 

-          No.- Le contestó Javier desde su habitación. Ha llamado diciendo que llegaría un poco más tarde.-

“Bueno, un poco de tregua antes de la tormenta”, pensó y dejó las llaves en el vaciabolsillos de la entrada.

Cuando llevaba un rato sentado frente al televisor, cambiando de un canal a otro sin ver realmente nada, llegó ella. Al oír las llaves en la cerradura volvió a pensar cómo debía actuar.

“Seguramente si le pido disculpas será más fácil”. Pero no le apetecía hacerlo. Además, disculpas, ¿por qué? No recordaba que hubiese hecho nada malo. Bueno, no la había llamado, pero tampoco era un delito, ¿no? Miró hacia la puerta, esperando ver su cara contraída, como siempre que discutían. Como casi siempre últimamente.

-          Hola, ya estoy en casa.- Anunció Ana.

Sus hijos reaccionaron del mismo modo que lo habían hecho antes, cuando él llegó. Saludaron desde sus cuartos. Él se hizo el despistado con el mando. Por eso le sorprendió tanto la reacción de Ana. Tanto que casi se asustó cuando la vio venir hacia él y darle un beso. No estaba acostumbrado. Y, desde luego, no lo esperaba.

-          Buenas noches.- Le dijo, con un tono que le resultó vagamente familiar, pero que ya casi ni recordaba. Un tono amable que hacía tiempo estaba desterrado de sus conversaciones.

 

-          Bu… buenas noches.- Dijo él, sin tener muy claro qué era lo que estaba pasando.

Ana le sonrió y le dijo:

-          He parado en el Corte Inglés y he traído algo de cena.- Él estuvo a punto de preguntar qué celebraban, pero se contuvo a tiempo. Quizá era una fecha que él debía recordar. Decidió seguirle la corriente.

 

-          ¡Qué buena idea!, ¿y qué has traído? –

 

-          Lasaña de verduras.- A él le encantaba la lasaña. Esto estaba siendo muy raro… Seguro que había algo que él debía recordar. ¿El aniversario? No, de eso estaba seguro, era en verano. ¿Su cumpleaños? No, había sido hacía dos meses. ¿El de ella? Tampoco, era en marzo. Entonces, ¿qué?

 

 

Fuese lo que fuese le agradaba esa sensación. Era extraña. Esa sensación de no estar discutiendo, ni a la defensiva. Ya ni recordaba lo bien que se estaba así. Decidió no preguntar y dejarse llevar. Comenzaron a poner la mesa. Ana no dejaba de mirarle, sonriendo. Incluso le pareció más joven. Como hacía tiempo. No se atrevía a hablar para no romper el encanto. Lo que quiera que fuese que pasaba estaba bien. A mitad de la cena, fue Ana quien le dio una pista.

-          Con lo cabreado que te fuiste esta mañana…- Él no sabía cómo seguir. Sintió que cualquier cosa que dijese podría estropear la situación. La miró, le sonrió y la dejó hablar.-  Y luego vas y me mandas ese mensaje…

 

-          ¿Qué mensaje? ¡Ah! El del coche. Ya. Sabes lo mal que funciona…- Intentó disculparse. Aunque no sabía muy bien por qué.

 

-          Ya, pues casi me alegro de no haberte oído. Porque lo del mensaje me pareció mejor, más romántico…- Y lo dijo con una risita, una risita tonta que le despistó por completo. Decidió no seguir indagando. Fuese lo que fuese, no parecía malo. Supuso que Ana se refería al mensaje escrito que se mandaba automáticamente sobre el de voz. ¿Eso era tan bueno? No entendía nada.

Cuando acabó la cena Ana seguía con esa sonrisa bobalicona que hacía años que no le dedicaba. Incluso le había cogido la mano por debajo de la mesa. Hasta que Jorge se dio cuenta y lo había echado todo a perder, riéndose y diciéndoles que parecían unos moñas y que ya no tenían edad para eso.

¿Qué había pasado? Lo que prometía ser una declaración de guerra se había transformado en una dulce tregua. Y todo parecía tener que ver con el coche y el teléfono. Esa horrenda máquina que nunca funcionaba como era debido. ¿Acaso prefería Ana que no la llamase? ¿Le gustaba que se hiciese el duro, que no respondiese? Lo cierto era que la mayoría de sus conversaciones eran de lo más banal, que si, oye ve tú a la farmacia al salir y compra couldina, que se ha acabado, que si vas a llegar a tiempo para recoger a Jorge de judo; no, mejor que se venga solo, y cosas así. Nada de romanticismo. Hacía años de aquello del “cuelga tú. No anda, tú”, que les podía durar horas.

Intrigado, aprovechó el momento en el que los niños se fueron a la cama y Ana se acercó a despedirse de ellos para coger su móvil. Leería el mensaje que le había enviado. Siempre se lo mandaban a él también. Abrió la carpeta de mensajes y buscó en el último. ¿Qué habría entendido esa máquina loca de “manos libres”? Si era capaz de confundir Luis con Cris y de entender los números como le daba la gana, también podía haber sido capaz de cualquier barrabasada. No pudo creer lo que leyó:

“Ana, cariño, que soy yo. Que te llamaba para pedirte perdón. Lo siento mucho. No sé qué me ha pasado. Pues eso, que me perdones. Te quiero mucho. Un beso.”

 

Se quedó de piedra. ¿Cómo podía haber entendido eso la máquina? Desde luego, él no lo había dicho. Miró a Ana, que volvía de las habitaciones de los niños. Vio algo en su mirada que recordaba. Sí, lo recordaba muy bien.  Dejó el móvil sobre la mesa. ¿A quién le importaban ahora los problemas técnicos? El “manos libres” funcionaba como le daba la gana, pero si en el taller decían que estaba bien sería porque estaba bien, ¿no? A lo mejor era eso lo que él había querido decir y ni siquiera había sido consciente de ello. A lo mejor ese trasto no era un teléfono sino un averiguador de emociones. Vete a saber. Decidió no pensarlo y vio a su mujer como hacía años, cuando él también tenía esa mirada que ya casi ni recordaba.

 

 

 

domingo, 16 de diciembre de 2012

Penélope


Cuando vio el nombre en la pizarra de la Iglesia - Tomasa Frutos - pensó; “Él volverá”. Pero inmediatamente desechó esa idea. “No, no lo hará. No vino cuando murió su padre, ¿por qué iba a hacerlo ahora, que es su madre la que ha muerto?”. La respuesta se la dieron en la tienda de Manolo:

-          Pues yo creo que esta vez sí que viene Pedro.

-          ¿Y por qué esta vez sí?

-          Pues, ¿por qué va a ser? Muertos Damián y Tomasa y siendo él el único hijo, vendrá a hacerse cargo del poco o mucho capital que haya.

-          Para eso sí, pero para cuidar a sus padres nada. No creo yo que tenga dónde rascar. Lo que le quedaba se lo habrán ido comiendo las monjas que les han atendido todos estos años.

-          ¿Tú crees?

-           Tú dirás. El uno, inválido. La otra, loca. Dos monjitas. Una por el día  y otra por la noche. Eso cuesta.-

-          No tendrá valor de venir ahora, después de haber estado sus padres como han estado y él sin aparecer.

-          Verás como sí que lo tiene

-          ¿Cuánto tiempo lleva fuera?, ¿veinte años?

-          Lleva más. Lo menos treinta.

 

Treinta y dos, pensó Carmen. Treinta y dos años desde que él se fue. Treinta y dos años esperando. Esperando, ¿qué?

 

Ella lo había sabido todo inmediatamente… Al igual que el resto del pueblo. Las noticias vuelan. Al principio no podía creerlo, hasta que Tomasa, tan dulce, tan comprensiva como siempre, se lo dijo:

 

-          Se ha ido, Carmen. Se ha ido y no volverá. Lo siento, no sabes cuánto lo siento, pero no le quedaba otra. El muy idiota… Con una novia como tú. Una muchacha buena y decente. Y va y deja preñada a la otra, a Pilar, la hija de Diego, el del callejón, que ya sabes lo  que se cuenta de ella. Ha tenido que cumplir, tú lo entiendes, ¿no? Él no podía dejarla. Muy mal hecho lo de preñarla, pero hecho está. Y él tenía que cumplir. Se casaron el martes, de madrugada. Don Ramón, el cura, no quería, decía que así, a escondidas, no le parecía bien. Pero Pedro insistió. Yo creo que fue por ti, Carmen, por no hacerte sufrir con una boda a la luz del día, para darte a entender que acepta a esa mujer y a ese hijo porque no le queda más remedio; pero que es a ti a quien quiere. Eso lo sé yo, lo sabes tú y lo sabe todo el pueblo pero… Es un hombre. Lo ha hecho y tiene que cumplir.-

-          ¿Dónde está? – Preguntó Carmen.

-          Se ha ido a Sevilla. Allí vive el hermano de ella y buscará trabajo. No quería quedarse aquí. Decía que no podía, que no era capaz de mirarte a la cara. Por eso no te ha dicho nada. Por eso ha huido como un perro. El muy idiota, con una novia como tú, tan buena y tan decente…-

 

Tomasa había sido como una madre para ella. Su relación se mantuvo a pesar de la marcha de Pedro. A través de sus visitas, Carmen supo del nacimiento de Pedrito, de la suerte de Pedro al colocarse en el Ayuntamiento de Sevilla, de sus nuevos hijos: Pilarín y Roberto y de sus vacaciones, siempre en la playa, lejos del pueblo y sus calores. Pedro fue espaciando poco a poco sus noticias hasta que prácticamente desaparecieron, limitándose a dos o tres cartas al año (por Navidad y en los cumpleaños de sus padres) que más tarde fueron sustituidas por llamadas telefónicas. Tomasa y Damián nunca conocieron a sus nietos. Pedro no volvió. Varias veces intentó que sus padres fueran a visitarle, pero ellos sólo habían salido del pueblo una vez, en su luna de miel. Fueron a la capital de la provincia, en un viaje tortuoso y desagradable que sació para siempre sus pocas ganas de ver mundo.

 

Y ahora Tomasa había muerto. Carmen sintió su pérdida como un peso más sobre su espíritu. Poco a poco se había ido apagando su interés por la vida. Cuando Pedro se fue (se fue y la abandonó para siempre) Carmen tenía veintiún años. Era joven, con esa belleza sencilla y sonrosada de la salud. Era la penúltima de siete hermanos y disfrutaba de lo que, poco a poco, le iba descubriendo la vida. Conocía a Pedro desde siempre, como al resto de los jóvenes de su edad que vivían en el pueblo. Pero tres años antes, en la Iglesia, durante la misa de doce, sus miradas se habían cruzado y todo había cambiado. Él estaba sentado a la izquierda, con su padre, en los bancos de los hombres. Ella a la derecha, con sus hermanas, en los bancos de las mujeres. Él la estaba mirando. Ella sintió el peso de sus ojos en la nuca y volvió la vista. Inmediatamente desvió la mirada. Pero no pudo evitar volverse hacia él al cabo de unos segundos. Seguía contemplándola. Sonreía. Ella también sonrió y entonces sintió que ambos estaban fuera de la Iglesia, en otro lugar, juntos, solos, que los demás se habían ido y que en sus miradas, en las miradas de los dos, se abría un camino en el que no existía el tiempo, y ese camino estaba lleno de sensaciones desconocidas aún por llegar, que sólo descubrirían recorriéndolo juntos.

 

Después vinieron las notas que él le entregaba por debajo de la ventana, con letra picuda y frases copiadas de las novelas. Por fin, a través de su vecina Mari Tere, una niña que a veces les servía de mensajera, le pidió que fuese su novia. Ella le dijo que sí. Y se lo habría dicho mil veces si él se lo hubiese seguido preguntando. Sí, sí, sí, sí… Claro que sí.

 

Se hicieron novios. Conocieron a sus respectivas familias y todo transcurría como era de esperar en estos casos. Carmen hacía lo que hacía todo el mundo y sentía que eso estaba bien. Con el tiempo, fijaron la fecha de la boda y Carmen y sus hermanas comenzaron a coser el que sería su vestido de novia.

 

 Recordaba el roce de los labios de Pedro en aquel primer beso que la sorprendió en el portal de su casa. Y el sabor de la lengua de él en los recodos de su boca en los besos que vinieron después. El calor de su cuerpo cuando, como sin querer, se rozaban con un brazo o una pierna al bailar el pasodoble en las fiestas. Y sobre todo, recordaba la presión de sus brazos envolviéndola al abrazarla. Esa presión que le hacía sentir que nada malo podría pasarle jamás.

 

Él le pidió cientos de veces algo más. Ella se negó cientos de veces. “Cuando nos casemos”, repetía una y otra vez. Y volvía a casa, se encerraba en la habitación que compartía con tres de sus hermanas y rezaba y rezaba para que el día de su boda llegara cuanto antes. Rezaba porque quería estar siempre con él. Y también porque, aunque no se atreviese siquiera a pensarlo, ella quería apagar ese ansia que la recomía cuando estaban juntos. Ansia por tocarle. Ansia por descubrir todo aquello que imaginaba y aquello que ni siquiera se atrevía a imaginar. Se acostaba deseando dormir hasta el momento en el que pudieran volver a estar juntos y así no pensar más en él, porque hacerlo le dolía.

 

Un día, cuando quedaba un mes y medio para su boda, él desapareció. Desapareció sin dar ninguna explicación. Se fue y la abandonó para siempre. Supo que se había casado y que su mujer estaba embarazada. Supo que se había quedado embarazada mientras ella cosía su traje de novia y apagaba sus ansias de Pedro rezando para estar siempre con él. Supo que Pedro la había engañado. Pero, a pesar del dolor que le causó su traición, hubo otro dolor más grande que creció y superó la humillación de verse abandonada. Pedro se había ido. Pedro no volvería. Creyó volverse loca. Sabía que si él hubiese vuelto y le hubiera pedido que le siguiera, lo habría hecho. Se habría ido con él, sin importarle nada. Ni las habladurías, ni que él estuviese casado, ni siquiera que fuese a tener un hijo de una mujer con la que  había estado mientras le juraba amor eterno a ella. Cualquier cosa, cualquier cosa con tal de estar a su lado. Se odió una y mil veces por haberse negado. Pensó que, si hubiese hecho lo que Pedro tanto le pidió y ella tanto deseaba, si hubiese desoído los consejos de sus padres, si no hubiese sido tan decente, ella sería ahora la embarazada y estarían juntos. No podía soportar que todo el mundo alabase lo buena y decente que era. “Puta y mil veces puta antes que estar sin el hombre al que quiero”, deseaba gritarles a todos.

 

Pero, en lugar de eso, callaba y lloraba todo el día. Al principio el dolor era tan grande que sólo se calmaba cuando pensaba que todo era mentira, que se trataba de un mal sueño, que Pedro volvería, se casarían, estarían siempre juntos y tendrían hijos. Y los verían crecer y los verían marcharse y al final envejecerían el uno junto al otro.

 

Cuando el día fijado para su boda llegó y pasó sin que él apareciese, Carmen guardó el vestido de novia, aún sin terminar, en el fondo de un baúl y encerró con él sus esperanzas.

 

Nunca se habló de Pedro en su casa. Tampoco del vestido. Ni siquiera cuando Soledad, su hermana menor, burló la suerte que tenía escrita desde su nacimiento y se casó con un representante de productos de limpieza que recorría los pueblos con su maletín y sus muestras. Cuando Soledad nació, Rosa, la vecina, que había actuado como comadrona en el parto, sentenció: “Es una niña, Dolores, para que te cuide cuando seas vieja”. Pero Soledad se casó y se fue de allí, como lo habían hecho el resto de los hermanos, salvo Carmen. En ese momento, ella supo cuál era el destino que le estaba reservado: ocupar el puesto de su hermana Soledad y cuidar a sus padres cuando envejeciesen.

 

Y eso fue lo que hizo desde entonces y, sobre todo, durante los siete años que duró la lenta agonía de sus padres. Ambos murieron nonagenarios. Ambos murieron de un cúmulo de pequeñas enfermedades que les fueron apagando poco a poco, haciéndoles más y más dependientes de Carmen.

 

Cuando los dos finalmente fallecieron (en un intervalo de un año) Carmen sólo deseó que su longevidad no fuese hereditaria pues, cumplido su único destino en este mundo, no encontraba razón alguna para seguir viviendo.

 

Y ahora la muerte de Tomasa. Y esa sensación vagamente familiar que no la dejaba pensar en nada. Llegó a su casa y, por primera vez en los últimos años, se puso frente al espejo con la intención de mirarse.

 

Le costó reconocerse en esa anciana delgada, de rostro anguloso y pelo cano, recogido en un moño bajo. Ésa era ella. Y también lo era esa joven regordeta de pelo rizado que recordaba mirándose en el mismo espejo años atrás. Pero entre las dos imágenes no había ningún parecido. Se avergonzó de su aspecto. “Parece que tengo setenta años. Estoy fatal. ¿Y si me arreglase?”, pensó, “quizá un corte de pelo… Pero, ¿qué digo?, ¿por qué me voy a cortar el pelo yo ahora? Estoy empezando a chochear. Estoy bien como estoy. No tengo por qué gustarle a nadie. Además, él no va a venir. Y si viene… ¿Y ella?, ¿cómo estará ella?”. Recordó a una muchacha alta y de formas generosas, con el pelo castaño cortado a la última moda y vestida con las faldas más cortas del pueblo. “Los niños le habrán dejado huella. Y los años. No hay más que ver a mis hermanas. Todas gordas después de parir.” Pero aun así no pudo evitar comparar la imagen de su recuerdo con la que le ofrecía el espejo. “Estoy loca. ¿Cómo se me ocurre siquiera ir? No iré y ya está. Quien evita la ocasión evita el peligro. No tengo por qué exponerme a esa vergüenza. No tengo por qué. Yo en mi casa y ya está”. Pero pensó en Tomasa. “No, tengo que ir. Tengo que hacerlo por ella. Además, Pedro no va a venir.”

 

Pero, por si acaso, pasó por la peluquería por primera vez en los últimos diez años y buscó en su armario algún vestido que no estuviese totalmente pasado de moda.

 

Después de varias pruebas se decidió por el traje que se compró para el entierro de su padre. Volvió a mirarse en el espejo. “Bueno, ahora sólo parece que tengo unos sesenta”. Seguía sin encontrar parecido alguno con la chica de mejillas sonrosadas que se probaba su vestido de novia frente a ese mismo espejo. Pero era ella. También era ella. Finalmente decidió buscar en el fondo del baúl, aquél en el que guardó su vestido y encontró el broche que Pedro le regaló cuando cumplió veintiún años. Lo limpió y se lo colocó en la solapa. Contrastaba demasiado con la sobriedad del traje. Decidió guardárselo en el bolsillo. “Ya voy a dar pie para cinco años de cotilleos. No es necesario darles más de qué hablar. Me lo guardaré y, si viene Pedro, lo prenderé de la solapa para que me reconozca”.

 

No es que tuviese dudas. Él la reconocería. Seguro. Bastaría con mirarle, con que se mirasen, para volver a sentir aquella sensación de años atrás. Como en la Iglesia. “Hay cosas que no cambian. Que no pueden cambiar. Y ésta tiene que ser una de ellas”. Pero tampoco era necesario dejarlo todo al azar. “Una ayudita siempre viene bien”, pensó y se dirigió a la Iglesia, al entierro de Tomasa.

 

Cuando llegó a la calle Mayor oyó el comentario de dos mujeres que también iban a la Iglesia:

 

-          Pues ha venido el hijo.

-          No me digas. ¿Ahora?, ¿después de tanto tiempo?

-          Sí. Llegó a mediodía, con sus hijos.

-          ¿Y su mujer?, ¿la Pili, la de Diego el del callejón, viene también?

-          ¡Qué va!, al parecer murió el año pasado, de cáncer. Como Tomasa estaba ida, si se lo dijeron, ni se enteró. Y como la familia de ella está toda fuera, que ninguno se quedó aquí, pues nadie sabía nada…

“Muerta”, pensó Carmen, “muerta hace un año”. Pilar está muerta. La mujer que le había arrebatado sus sueños, ya no estaba. Pedro estaba solo. Solo. Y había vuelto. Había vuelto al pueblo. Estaba allí. Estaría en la Iglesia. Otra vez. Se marchó por no hacerle la vida más difícil a ella. Y ahora volvía… Ahora que no estaba Pilar. Ya no había nada que les impidiese estar juntos. Pedro había vuelto… ¿Para estar con ella? No le cabía la menor duda. Desaparecido el motivo de su separación, ya no había nada que impidiese que pudieran estar juntos. Era el momento. El momento que ya no creía posible.

            Durante la misa no podía concentrarse. Cuando acabase, todo el pueblo daría el pésame a los familiares. Y entonces le vería. Volvería a verle. Al entrar en la Iglesia había adivinado la presencia de Pedro en el primer banco. Había reconocido su espalda ancha, sus hombros levemente adelantados y el remolino de su pelo. Era él. Era él tal y como le recordaba. ¡Estaba allí! Tan solo a unos pasos. Cuando terminase la misa, se levantaría y se aproximaría a la familia para darles el pésame. Y entonces, Pedro la miraría y todo volvería a ser como antes.

            Por fin terminó la misa. Carmen avanzó hasta los primeros bancos. Cuando llegó a la altura del hombre cuya espalda había reconocido al entrar, levantó la vista, con el corazón a punto de estallarle en el pecho. Y vio los ojos grises del hombre al que había estado recordando. Se tambaleó. Alargó la mano para estrechársela, ofreciéndole su sentimiento por la pérdida  de Tomasa. El broche brillaba en la solapa de Carmen. Instintivamente, lo rozó con el dedo índice.

-          Te acompaño en el sentimiento.- Dijo en un hilo de voz.

 

Entonces Pedro, con los mismos ojos y la misma expresión que Carmen había mantenido en su recuerdo, estrechó su mano y la retuvo un momento mientras le contestaba:

 

-          Gracias por todo. En nombre de mi abuela Tomasa.

Carmen ahogó un grito que desgarraba las verdades de su recuerdo. No era Pedro. Era su hijo. Pedrito. Claro. Debería haberse dado cuenta. El tiempo había pasado. Pedro no podía seguir como se había conservado en su mente. El hombre que tenía ante ella era joven, tenía exactamente treinta y dos años, los mismos que llevaba Carmen sin ver a antiguo novio. Miró a la derecha. Un hombre calvo y enjuto clavaba sus ojos grises en Carmen. Ella se volvió de nuevo a Pedrito. Después, al hombre que la miraba. Buscó en él algo del Pedro que recordaba. No encontró nada. Llevó su mano a la solapa y desprendió el broche en un rápido movimiento. Después, extendió la mano hacia Pedro y musitó: “le acompaño en el sentimiento”, mirando esos ojos grises, sin encontrar en ellos camino alguno por recorrer. Después siguió con la mujer que estaba a su lado y, una vez hubo terminado de saludar a la familia, abandonó la Iglesia.

            Llevaba en su mano el broche que le regalara Pedro. A su lado, pasaron dos mujeres, comentando:

 
-          Y esa de al lado, ¿era su nueva mujer?

-          Ya hay que tener prisa, para casarse otra vez antes de que pase un año de haber enterrado a la otra.

Por la cabeza de Carmen pasaron rápidamente las imágenes que componían su vida y que la habían acompañado durante los últimos años. La música de una canción de Serrat se repetía en su mente. Vio el vestido de novia inacabado en el fondo del baúl, las miradas en la Iglesia, Pedro pidiéndole matrimonio, los bailes en la plaza, Tomasa contándole que Pedro se había ido, la humillación y la soledad… Esa lacerante soledad.

Dejó caer el broche en una papelera y deseó haberse quedado en su casa esa tarde. Se subió las solapas del traje. Empezaba a hacer frío.

Y supo que todo había acabado. Ya no esperaría más en la estación. Ya no tejería más. Ni alimentaria las esperanzas que habían llenado sus últimos años. Dejaría de ser Penélope para ser sólo Carmen.

Pedro había vuelto. Pero él ya no volvería nunca.