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domingo, 14 de abril de 2013

Pasito a pasito

La semana pasada decía aquí que aún no había conseguido mi sueño: publicar. Sigo sin lograrlo, pero ahora lo siento más cerca. El próximo 16 de abril se presenta "Un cúmulo de circunstancias", el libro recopilatorio de los relatos finalistas del premio de la editorial Marlex.
 
La presentación será en Castelldefels, que es donde está la editorial y la distribución se hará entre librerías de Cataluña, porque la editorial no es precisamente una multinacional. Pero también venderán libros directamente en su páginas web  www.marlexeditorial.com y www.todosleemos.com . El precio es de 12 euros, por si alguno se anima...
 
Y por si no os acordáis, mi relato, el que va en el libro, es "Platón", con el que inauguré el blog, y que está colgado como página a la derecha.

 

domingo, 7 de abril de 2013

Reto cumplido

Está claro que si no tienes retos, si no sueñas, nunca conseguirás nada distinto.
 
Hace unas semanas dejé una entrada comentando el libro de Haruki Murakami "De qué hablo cuando hablo de correr".
 
En esa reseña decía que el libro me había gustado porque me había identificado con la comparación que hace el autor entre prepararse para una maratón y escribir.
 
También decía que me había acercado a mi marido y a mí misma, pues ambos compartíamos un sueño, sin ser plenamente conscientes de ello: el sueño de conseguir nuestros retos. En mi caso, como sabéis, se trata de publicar alguna de mis obras y tener cierto éxito. En el suyo era completar la media maratón de Madrid.
 
Como sabéis, el mío aún no se ha cumplido, pero mi marido, después de un duro entrenamiento y una lesión, hoy ha hecho realidad el suyo. ¡Enhorabuena! Verlo me da esperanzas y me enseña que el camino del esfuerzo, tarde o temprano, da sus frutos.

sábado, 23 de marzo de 2013

Una cuestión de suerte


 

La suerte existe. Sin embargo, él siempre se había vanagloriado de torcerle la mano, de ser una persona que, con su esfuerzo, había podido dirigirla.

Aún recordaba su entrevista de selección, tres años atrás. Ella, Raquel, tan segura, tan sonriente, con ese aire cercano y al mismo tiempo tan profesional. Le cautivó. Su instinto de seductor se despertó nada más verla, en el mismo instante en el que se cruzaron sus miradas y ella le tendió la mano. En un gesto instintivo y nada prudente, él se la estrechó y acercó su cara hasta darle dos besos. Notó la sorpresa de ella, pero lo consideró normal. Él, Jaime, era un hombre muy atractivo. Lo sabía. Más incluso ahora, al principio de los cuarenta, que antes, cuando, en plena “movida madrileña”, iba de garito en garito, probándolo todo, con el ansia del que se sabe bailando en el filo del mundo; de un mundo de noche, risas y excesos que fue el suyo y que se empeñaba en reproducir cada vez que podía. “Carpe diem”. Ése era su lema. Vive el momento, vívelo como si no hubiera un mañana. Por eso, y por su afán de cazador insaciable, siempre alerta, en busca de la próxima pieza, no pudo evitar besar a Raquel, que bien podría llegar a ser uno de sus trofeos… Si no fuera porque, en vez de estar en la barra de un bar de copas, de los que solía frecuentar con sus amigos, estaban en la empresa en la que Jaime quería trabajar y la entrevista con Raquel era una de las últimas pruebas que le quedaban por superar.

Todo salió bien, como él esperaba, aunque, en una de las preguntas, la cara de ella pudo más que sus años de entrenamiento y puso de manifiesto su desacuerdo con la respuesta de Jaime. Fue cuando le preguntó si creía en la suerte. Y Jaime, contento de poder demostrar su verdadero yo, respondió con una de sus frases favoritas: “la suerte es para los débiles. Las personas que se esfuerzan, que trabajan, construyen su propia suerte”.

Eso fue tres años atrás. Ahora Jaime era parte de la empresa, en el puesto que tan bien le iba y que quedaba estupendamente en sus tarjetas de visita: “Customer Experience Manager”, así, en inglés, que parecía más importante. Como él se sentía, un hombre envidiado, alguien de quien se pudieran sentir orgullosos sus hijos; capaz de dejar sus opiniones (que eran casi sentencias) en todas las conversaciones de su grupo de amigos, de su familia, de la familia de su mujer… Si estuviesen en Estados Unidos, en una de esas películas que tanto odiaba, dirían que era un triunfador, un hombre que se ha hecho a sí mismo. Y además, elegante y atractivo, que eso no hacía falta que se lo dijera nadie. Se veía a la legua. Sólo con mirarse en un espejo. Y él se miraba en todos los que podía. ¿Era posible pedir algo más?

Pero a él todavía le quedaba algo. A él le hubiera gustado que la corriente que sintió el día que llegó a la empresa, esa sensación de volar en una nube que le produjo mirar a Raquel, se hubiera convertido en algo más. Le hubiera gustado conquistarla. No sabía muy bien para qué. No sabía si quería que fuese su amante, un escarceo ocasional, o si llegaba a pensar en poner en peligro su vida, su tradicional vida de marido y padre que tan bien le quedaba y en la que se sentía tan a gusto. No sabía para qué quería que Raquel sucumbiese a sus encantos (ésos que él sabía tan ciertos y que tanto juego le daban), pero soñaba con ello, lo pensaba cada vez que se encontraban en la cafetería o en el aparcamiento, cuando coincidían en alguna reunión, cuando por las mañanas, al llegar, comprobaba disimuladamente dónde se había sentado y si quedaba algún sitio libre cerca de ella. Algún sitio que no hiciese evidente que lo había buscado a propósito. Mendigaba su atención; esas sonrisas que Jaime sabía que sólo le dedicaba a él, con las pequeñas arrugas que se le formaban alrededor de los ojos oscuros y que  a Jaime le parecían tan atractivas; ese cuerpo sinuoso (para algunos algo gruesa, para él perfecta en su voluptuosidad). Sólo soñaba con besarla, con abrazarla, en el baño, en el pasillo de la entrada, en el aparcamiento, incluso llegó a imaginar encuentros casuales fuera del trabajo. Encuentros en los que Jaime iba solo y Raquel también. Ambos sin sus esposos, sin sus hijos (los mellizos de Raquel, niño y niña, que tan poco se parecían a ella) y en los que, de manera accidental, acababan envueltos por la atracción que él sabía mutua y se entregaban a esa pasión quinceañera y desbordada que ambos intentaban ocultar. Porque Raquel, chispeante, inteligente, atractiva y adorable, no se rendía ante los encantos de Jaime no porque él no le gustase, no. Era algo, casi, casi, de fuerza mayor. Ella no era (no podía serlo) inmune a ese aspecto a lo George Clooney que tantas alegrías le había deparado a Jaime; ni tampoco a su acertado juicio en materia económica o política; ni siquiera podía escapar a su fina sensibilidad, ésa que demostraba tan poco y que ante ella había revelado sin tapujos, la que les llevaba a enlazar una conversación con otra, siempre con la literatura y el arte como hilo conductor. No, si Raquel aún no había dejado todo por seguirle era porque lo que sentía por él era muy fuerte. Tan fuerte que, si algún día, esos labios maquillados en tonos neutros que conjuntaban con su ropa, rozaban la perfecta sonrisa de Jaime, ya no habría marcha atrás. No para ella. La relación que tenían era tan fuerte, tan completa, que sólo cabía una posibilidad: que ambos se separasen de sus respectivas parejas e iniciasen una vida juntos. Eso pensaba Jaime. Y como la posibilidad le aterraba, se decía que Raquel hacía bien, que no le evitaba, sino que era una mujer coherente y sensata, a la que le costaba tanto como a él contener sus emociones, las sensaciones que, cuando estaban juntos, se escapaban de sus miradas y escribían “deseo” y “atracción” en todo tipo de letras que flotaban entre ellos, en la distancia insalvable que separaba sus cuerpos; letras, palabras que se convertían en sus gestos, que traducían sus posturas, que se enredaban en las notas de sus risas…

Sí, Raquel era una mujer sensata, que no iba a arriesgar su matrimonio, la estabilidad de su familia, por una relación tremendamente pasional, pero incierta.

No como el idiota de su cuñado, Mario, que hacía dos meses que había dejado a la hermana de Jaime, a Alicia. La pobre, ¡qué mal lo estaba pasando! Con tres niños, el mayor de doce y la pequeña de cuatro. Ella, que toda su vida la había construido en torno a él. Ella, que hizo a Mario socio del despacho de abogados, el que fuera del padre de Jaime y Alicia, para que Mario pudiera dejar el Ayuntamiento y así trabajar juntos. ¿Y qué iba a pasar ahora con todo eso? Lo cierto es que no les había ido nada mal y, a pesar de la crisis, mantenían el estupendo nivel de vida que siempre tuvieron. Es más, Mario había resuelto la incomodidad de la ruptura trasladándose a un estudio monísimo en Claudio Coello, que tenía más metros cuadrados que la casa del propio Jaime. A pesar de ello, Alicia no había tenido que modificar su ritmo de vida. “Sí, las penas con pan son menos”, se dijo Jaime, mirando el reloj. Se le había hecho tarde. Como no se diese prisa no llegaría a la cena. Todos los primeros viernes de mes, quedaba a cenar con sus amigos. Cada vez le tocaba a uno elegir el restaurante. Esta vez había sido David y estaba un poco lejos. Sí, su hermana lo estaba pasando fatal. Y todo porque el idiota de su cuñado Mario se había enamorado. “¡Enamorado!, ¿será bobo? Y de una mujer casada. Ganas de complicarse. Este tío es lo más imbécil que he visto”, se dijo y volvió a maldecirle, ¿cómo podía habérsele ocurrido hacer eso a su hermana? Se acicaló un poco delante del espejo del baño y bajó para coger un taxi.

Cuando llegó al restaurante seguía dándole vueltas a la situación de Alicia. La pobre. Y Mario, un idiota, eso es lo que era. Dejar a su familia, a su mujer, a sus hijos, por una tía. Como si no hubiera otras. Y además casada. Nada, un idiota.

Vio a sus amigos en una mesa al fondo. Empezó a quitarse el abrigo mientras avanzaba por el restaurante. Su campo de visión se amplió hasta una mesa en la que una pareja de mediana edad cenaba, las manos entrelazadas por encima del mantel.

“¡Hay que ser cursis!”, pensó, “La edad que tienen y como dos quinceañeros. Esto es un lío, seguro, no me veo yo con Ana así”. Iba a saludar a David, que ya se había levantado para dejarle sitio, cuando le pareció reconocer al hombre de la pareja sentada en la mesa de al lado. No, no podía ser. Mario, lo que le faltaba. Su cuñado, o excuñado, o lo que fuera, sentado ahí, junto a ellos y seguro, seguro, que ésa era la pelandusca por la que había dejado a Alicia. No pudo evitar girar la cabeza para ver cómo era, qué aspecto tenía esa mujer que había destrozado la vida de su hermana; esa mujer que no era capaz de evitar meterse en otra relación; la que tanto daño había hecho a su familia; la que había trastornado a Mario hasta el punto de que no le importase nada, hasta el punto de estar ahí, en un sitio público, haciendo el idiota, como si fuese un adolescente. Levantó la vista, asqueado, de las manos entrelazadas de la pareja para encontrarse con unos ojos oscuros, enmarcados por unas finas arrugas que sonreían por ella y que no se apartaban de la mirada de Mario. Unos ojos que Jaime conocía y un rostro, un rostro que hacía tres años que no se iba de su mente… Era Raquel.

domingo, 3 de marzo de 2013

El Jona


¡Menos mal!, se dijo cuando vio el mensaje. Ya lo daba por perdido. Al principio lo que más rabia le dio fue la cartera. ¡Con lo mona que era! Además, se la habían regalado sus amigas por su cumpleaños. Llevaba meses esperando para poder tener ese monedero tan ideal de Tous. Y ahora… Tendría que volver a usar el de antes. Desgastado, pasado de moda… Un horror. Pero enseguida se dio cuenta de que había algo peor. El carnet. Había perdido el carnet de identidad. ¡Uf! Volver a la comisaría, esperar turno… Y la foto. Tendría que repetirse la foto. Seguro que no salía bien. Al menos no tan bien como en la que tenía en el carnet. ¡Vaya rollo!

                Hasta que le llegó esa invitación en tuenti. No sabía quién era, e iba a ignorarla cuando la foto llamó su atención. Le sonaba, esa cara le sonaba. No sabía muy bien de qué, pero seguro que le había visto antes, ¿Y dónde? Dudó. Hay tanto loco suelto… Pero pudo más la curiosidad. Aceptó. Nada más hacerlo el chico de la cara sonriente y el pelo con una leve cresta (¡qué horror, tan poco “cool”) le dijo que tenía algo suyo. Al principio se puso nerviosa. “Esto no me gusta”, se dijo, pero antes de que pudiese seguir, Jonathan, que así se llamaba, le anunció que tenía su DNI. “¡Qué bien!, así no tendré que repetirme la foto”, pensó María, pero ese pensamiento dio paso a otro menos agradable; “¿no será él el que me lo robó?” Aunque, a decir verdad, no estaba muy segura de que nadie le hubiese robado nada. Esa noche bebió. Bebió mucho. Y lo mismo que perdió la cartera podría haber perdido cualquier cosa. Si hasta salió a la calle sin abrigo y no se dio cuenta. Con el frío que hacía. Se lo tuvo que decir su amiga Jimena. Y a ella le dio la risa. Como con casi todo esa noche.

Volvió a la discoteca. Y cuando salió con el abrigo puesto fue cuando notó que le faltaba algo. Había sacado la cartera del bolso para encontrar la ficha del guardarropa, eso lo tenía claro. Entró de nuevo en la discoteca. Nada. Buscó en el breve recorrido que había hecho ya dos veces en menos de media hora. Tampoco. Ni rastro del monedero. ¿Se lo habían robado?, ¿se le había caído? Era imposible saberlo. La cabeza le flotaba y con ella todo lo que la rodeaba. Jimena tampoco le sirvió de mucho. Le entró la risa y no había manera de callarla. Ni siquiera cuando María se puso a llorar.

-          No sé de qué te ríes.- Hipeó. – No tengo el abono transportes. Ni dinero. ¿Así cómo voy a volver a casa? – Y no pudo ni terminar la frase porque el llanto ya se había apoderado de su cuerpo, que se estremecía y de su cabeza, que de flotar en la nube de la inconsciencia pasó a verse perdida, sin posibilidad de regresar, como un niño de  cuento, temeroso de que el ogro o la bruja apareciesen en cualquier momento.

 

-          Anda, no seas boba.- Le dijo su amiga.- Yo te invito – dijo, y sacó dos billetes de veinte euros de su cartera.

 

-          Pero, ¿y mi monedero?, ¿qué hago?, ¿no tendría que denunciarlo o algo así? – María se resistía a que todo fuera tan fácil.

 

-          No sé – reconoció Jimena - Pero son las cinco de la mañana. Yo ahora estoy muy cansada para pensar. Me voy a casa. Si quieres te vienes, y si no, tú verás.- Y se dio la vuelta, dispuesta a buscar un taxi.

-          Voy contigo.- Dijo María, corriendo hacia su amiga, que ya había conseguido detener uno.
 

 

-          Tengo tu DNI - anunciaba el mensaje. Y firmaba “Jona”.

 

-          ¿Y cómo es que lo tienes tú? - se decidió a preguntar.

 

-          Lo encontré en el suelo de una discoteca, ayer por la noche –

María se quedó mirando la pantalla de su portátil. Podía ser. ¿Por qué no? Quizá se le cayó. Pero sólo el DNI…

- ¿Y no tienes nada más? - volvió a preguntar.

- No - contestó Jonathan, sin más. María pensó. Si se le había caído, él tenía que haber encontrado algo más. Ella no sacó el carnet de la cartera. Por lo tanto, no podía estar solo, así, suelto.

- ¿No encontraste una cartera? - preguntó.

- ¿Una cartera? - Este chico parecía bobo. Pues eso, una cartera, ¿es que no sabía lo que era? Iba a contestarle cuando apareció su mensaje.

- No. El carnet estaba solo, en el suelo, ¿Perdiste la cartera? –

“O eso o me la robaron”, pensó María, “quizá me la robaste tú”, pero no se atrevió a poner eso en el mensaje. Se quedó parada. Vamos a ver, el chico ése, el rarito, el de la cresta, al que había admitido como amigo en tuenti (cada vez se arrepentía más de ello) tenía su carnet, ¿y qué?, ¿qué se suponía que tenía que pasar ahora? Antes de que pudiese pensarlo apareció otro mensaje.

-          Oye, yo no tengo nada más. Sólo el carnet. Si piensas que te he quitado algo estás muy equivocada. Yo sólo quería devolvértelo. Pensé que te podría hacer falta.-

 

“Y claro que me hace”, se dijo María.

 

-          No, no estoy pensando en que me hayas quitado nada.- Mintió.- ¿Qué podríamos hacer para que me lo devuelvas? –

 

-          Pues, no sé…. – Un momento de silencio. No aparecía nada en la pantalla del ordenador.- ¿Quedamos? –

 

A María le dio repelús pensar en quedar con Jonathan. “No le conozco de nada. A saber cómo es, qué clase de persona. ¿Y si me pasa algo?”

-          ¿Dónde? – contestó casi sin darse cuenta, mientras seguía pensando que no era la mejor idea.

 

-          ¿Vives en la calle que dice en  tu DNI?

 

 

-          Sí.-

 

-          ¿Y dónde queda esto? –

 

-          Cerca del Paseo de la Habana.-

 

-          ¡Qué lejos! –

 

-          Y tú, ¿dónde vives? – preguntó ella.

 

-          En Canillejas.-

 

-          Eso sí que está lejos.- Contestó María.

 

-          ¡Qué va! Está igual de cerca o de lejos que tu casa. Hay la misma distancia de un sitio al otro, que del otro al uno.-

María sonrió a la pantalla. Llevaba razón Jonathan. Miró nuevamente la foto. Era joven, quizá incluso más que ella. Y le sonaba… Claro, estaba ayer en la discoteca. Un chico moreno, con un peinado raro y decididamente pasado de moda. Trató de recordar. Se fijó más en la foto. Los ojos, la sonrisa... “Puede que no sea español”, se dijo. “Es demasiado moreno, quizá sea latinoamericano, pero, ¿cómo saberlo por tuenti? Además, ¿qué más da? Sólo quiero que me devuelva el carnet?”

-          Podemos quedar por el Centro. O por Goya. No sé, di tú un sitio.- Propuso Jonathan.

 

“Quedar con él”, pensó María. Y mirando la foto de él se dijo que si no fuera por el DNI, eso nunca hubiera sucedido. “Vamos hijo, que ni en tus mejores sueños”. Pero escribió.

-          Vale. En Goya. Delante de la tienda de Salvador Bachiller. En la calle de Alcalá, ¿sabes dónde está? –

 

-          ¿Cómo no voy a saberlo? – Enfrente del Corte Inglés.-

 

-          Sí. ¿A las siete? –

 

-          Ok.- Contestó él.

Iba a cerrar la conexión cuando apareció otro mensaje.

-          Déjame tu número de teléfono, por si no nos vemos, o no nos reconocemos.-

 

-          Tú tienes mi foto. La del carnet.- Contestó ella.

 

-          Te dejó mi número de móvil: 650679028.-

“Pues yo no te pienso dar el mío”, se dijo, y contestó con un lacónico “Gracias. Nos vemos”.

Iba a quedar con un desconocido que hasta podía haberle robado la cartera. No se lo podía creer. Tendría que contárselo a alguien. ¿Y si le ocurría algo?, ¿y si Jonathan no era el buen samaritano que parecía ser y había quedado con algún loco perturbado? Se lo diría a sus padres. Lo malo era que no les había comentado nada sobre la cartera. Su madre se enfadaría. Siempre se enfadaba. ¡Uf, qué pereza! Cogió el móvil y le puso un “WhatsApp” a Jimena, contándole lo que había pasado. Y en menos de media hora ya estaban las dos en el metro, charlando.

-          No te preocupes - le decía Jimena – es un sitio lleno de gente. Que te dé el carnet y nos vamos enseguida.-

 

-          ¿Tú crees que él me robó? –

 

-          No sé, no tengo ni idea. Pero no parece normal que te busque para devolvértelo si te ha robado. No, la verdad no lo creo.-

 

-          No sé, me parece tan raro…-

Llegaron. Veinte minutos tarde. María pensó que ya se habría ido. No había nadie frente a la puerta de la tienda en la que habían quedado.

-          Se ha ido.- Dijo, con un leve tono de desilusión en su voz.

 

-          Llámale.- Propuso Jimena.

María le puso un “WhatsApp”. Él no contestó.

-          No está. Se ha ido. Hemos tardado demasiado.- Se quejó María.

 

-          Pero llámale, no seas boba.- Insistió Jimena. María le hizo caso.

Varios tonos de llamada. Nada. Iba a colgar cuando por fin alguien contestó al otro lado. Oyó la voz cerca y lejos a la vez. Jimena le tocó el hombro. Al darse la vuelta, vio frente a ella a un chico con un teléfono en la oreja que le hablaba. A ella y al aparato. A los dos. A ella. Era Jonathan. Le pareció muy alto. Más de lo que esperaba. Sin saber por qué, ella enrojeció.

-          Hola – dijo, y no supo cómo saludarle. Iba a darle dos besos, pero se paró antes de llegar. Y él parecía aún más azorado que ella.

 

-          Hola, dijo Jonathan, sacando el DNI del bolsillo de atrás de su pantalón.

 

-          Gracias – dijo María.- Muchas gracias, no sabes cuánto te lo agradezco. Así no tendré que hacérmelo de nuevo. ¿Cómo se te ocurrió buscarme en tuenti?, ¿por qué no lo llevaste a la policía? – De pronto no podía dejar de hablar. Jonathan la miraba. No estaba mal. Al menos, no del todo. El peinado era horroroso, eso estaba claro, y la ropa no mejoraba demasiado el conjunto, pero había algo… Algo en su sonrisa, en sus ojos… Algo.

-          Pensé que llevarlo a la comisaría era un rollo y se me ocurrió lo otro. Hoy todo el mundo está en la red. Si no es en tuenti, será en Facebook. No sé. Y no me equivoque´.- Ahora sí que sonrió. Sonrió tanto, que María se quedó embelesada, prendida de esos dientes tan blancos y tan iguales. Jimena fue la que reaccionó.

 

-          Ha sido todo un detalle.- le dijo.- Yo soy Jimena, la amiga de María.- Y ella sí que se atrevió a darle dos besos, poniéndose de puntillas para alcanzar su cara.

 

-          Me alegro de haberlo hecho. Así he tenido la oportunidad de conocerte.- dijo, volviéndose nuevamente a María.

 

-          Bueno, muchas gracias, nos tenemos que ir.- Dijo María. Y sintió cómo enrojecía aún más. ¡Qué horror!, ¿qué le pasaba?, ¿por qué le daba tanta vergüenza hablar con ese chico? Agarró del brazo a Jimena, que se resistía a irse y se despidió de Jonathan.

 

Al salir del metro vio varios WhatsApp de él. “No me lo puedo creer, y ahora ¿qué quiere?”.

-          Era hortera.- Empezó a hablar Jimena, sin saber que María estaba leyendo los mensajes de “ el Jona”, como le llamaban entre ellas.- pero tenía algo, ¿no?, ¿no te daba así como morbo, con ese aspecto tan horterilla? –

 

María no contestó. Estaba respondiendo a los mensajes.

 

-          ¿Qué decías? – preguntó al fin.

 

-          Nada. No me haces ni caso, ¿Con quién hablas? – Preguntó Jimena.

 

María sonrió y su amiga dejó escapar un grito:

-          ¡No me lo puedo creer!  Si al final va a pasar algo aquí…-

 

Y pasó. Lo que Jimena y María no se hubiesen atrevido a pensar antes de aquel encuentro; lo que María creía que no podía ocurrir ni en los mejores sueños de Jona. Ese chico al que no hubiera mirado (al que no miró) en la discoteca, el hortera del que se hubiese avergonzado ante sus amigos, ese chico que no sólo vivía en otro barrio, sino casi, casi, en otro mundo, había logrado llenar su cabeza, su tiempo, sus anhelos, sus chats y su tuenti en los últimos meses. “A veces el destino tiene esas cosas”, pensaba Jimena, viéndoles. Pero había alguien que sabía que no era así, que el destino no había tenido nada que ver.

Porque Jona, que ahora sonreía a Jimena con cara de niño bueno, guardaba aún en el primer cajón de su mesita de noche la cartera de María, ésa tan mona, de Tous, que le regalaron sus amigas por el último cumpleaños; ésa que no se le cayó al sacar la ficha del guardarropa; la que él cogió del bolsillo de ella sin que se diese cuenta. La que nunca pensó devolverle. La que al final guardó en su casa, con todo: dinero, tarjetas, bonobus… Todo dentro, sin tocar, salvo el carnet, que fue la excusa que le llevó a ella. No supo por qué lo hizo. Él no era un ladrón. Nunca había robado nada. Pero fue tan fácil… Y esa chica, esa chica era muy guapa, pero también muy creída. No le había hecho caso en toda la noche. Lo había intentado todo, pero ella ni le veía. Peor aún, le había dedicado una mirada desdeñosa, seguida de un comentario y risitas con su amiga. No, él no tenía nada que hacer con ella. Por eso, cuando vio lo fácil que era, ni lo pensó, metió la mano en el bolsillo y se quedó con la cartera. Como ella había hecho con su orgullo. “Sufre”, pensó, “eres una estúpida creída”.

Fue después, al día siguiente, cuando se dio cuenta de lo que realmente había hecho. Entonces tuvo miedo. Había robado. No podía ir a la policía y decir que se había encontrado la cartera. ¿O sí? No sabía qué hacer. Había dinero. Cincuenta euros. Y tarjetas. Por suerte, ninguna era de crédito, todas eran de comercios. “Se la devolveré”, se dijo. Pero dudó. Si se presentaba con la cartera entera quizá ella se diese cuenta de que él se la había quitado. A lo mejor hasta le denunciaba. No, no podía hacer eso. ¿Entonces? Después de darle muchas vueltas, decidió ponerse en contacto con María y devolverle sólo el carnet. Decirle que se lo había encontrado en el suelo. Sí, ¿por qué no? Alguien roba una cartera, se queda con el dinero y tira el carnet. Era una buena excusa. Y eso hizo.

Aunque cuando la vio, cuando la volvió a ver, con menos maquillaje, sin una gota de alcohol en su cuerpo, cuando la vio de nuevo, ya no se acordó de su desplante. Entonces sólo fue consciente de su rostro, de su rubor, que le bajaba de la frente al cuello, de su sonrisa… Y decidió aprovechar la oportunidad que el destino nunca le hubiera dado y que él había decidido tomarse.

Desde entonces habían pasado dos meses. El Paseo de la Habana y Canillejas estaban ahora mucho más cerca. Y él seguía sin saber qué hacer con la cartera de Tous.

 

sábado, 9 de febrero de 2013

De qué hablo cuando hablo de correr

Éste es el segundo libro que leo de Haruki Murakami. Del primero, "Tokio Blues", ya hice una reseña que podéis encontrar entre las entradas más leídas del blog. Y también tengo que decir que le hice un pequeño homenaje, con un relato titulado "El toldero que leía a Murakami", que también está a la derecha, entre las entradas más leídas.
 
Comencé este libro sabiendo que no era una novela, pero eso no me preocupaba porque, como sabéis los que habéis leído mi reseña de "Tokio Blues", la que leí de Murakami no me había emocionado.
 
Tengo que decir que, si tuviese que valorar "De qué hablo cuando hablo de correr" desde el punto de vista literario tampoco le daría una nota muy alta. Decididamente, el estilo de Murakami no me convence. Aunque en estos casos (escritores extranjeros) siempre me queda la duda de si lo que realmente estropea las obras son las traducciones. Pero como, por el momento, no pienso aprender japonés, mantengo mi apreciación: no me gusta su estilo.
 
Pero si miro el libro desde otra perspectiva, sí crece mi valoración. Para mí, "De qué hablo cuando hablo de correr" es un espejo y una ventana. Un espejo a las razones que llevan a alguien a escribir, a lo que siente cuando lo hace, a cómo van surgiendo las obras, el esfuerzo, la dedicación que requieren; y una ventana a la superación que supone un entrenamiento continuo para ir afrontando retos físicos. En el caso de Murakami correr maratones y, más tarde, participar en pruebas de triatlón.
 
El paralelismo que establece entre ambas actividades me ha gustado mucho. Yo siempre he dicho que escribir es, ante todo, oficio. Es cierto que hay algo más, algo que surge de la necesidad de contar, de hilar historias. Pero sólo escribiendo se aprende a escribir. Entrenando, que diría Murakami. Y eso es lo que él hace y nos cuenta en el libro. Entrenarse. Física y mentalmente. Para conseguir retos. Trabajando sus músculos y su cerebro, acostumbrándolos a sufrir. Para, al final, cumplir su ojetivo: terminar su obra, que puede ser una carrera o una novela. En definitiva, llegar.
 
Por eso me ha gustado el libro. A mí, que odio cualquier manifiestación de deporte. Sobre todo si tengo que hacerlo yo. Pero me ha acercado a mí misma. Y a mi marido, que corre, entrenando para lograr un objetivo que él mismo se ha impuesto y que se parece bastante al de Murakami: completar la media maratón. Veremos qué pasa. Con nuestros objetivos - los de los dos - y con el entrenamiento, que en el fondo, es lo que cuenta, porque es en él en el que vives, continuamente, entrenando para ir de un objetivo a otro, de un libro a otro, de una carrera a otra, de un momento a otro a lo largo de la vida.
 
 
 

domingo, 27 de enero de 2013

Ahora me toca a mí


Como cada día, le llevó la taza, con el caldo caliente. Se sentó al lado de la cama y le incorporó.

-          A comer.- Le dijo. Él la miró. Con esa cara inexpresiva que tenía desde hacía algunos meses. “No se entera de nada”, pensó ella. Pero sabía que había veces que no era así. En ocasiones, su mirada vacía cambiaba. Cambiaba y se quedaba fija en la suya, muy, muy fija. “Entonces me da miedo “, se dijo. Pero ahora no.

 
-          Pobre María – decían en el pueblo.- Es que eso ni es vida ni es nada. Primero cuidando a sus padres, y ahora al marido. Y los hijos sin echarle una mano. Sin aparecer por aquí, que aunque vivan en Madrid, bien que podrían pasarse para ayudarla de vez en cuando.-

 
Pero a María no la ayudaba nadie. Nunca la habían ayudado. Estaba acostumbrada. Ésa había sido su vida.

Dio de comer a Antonio mientras pensaba en sus cosas: poner la lavadora, sacudir las alfombras, repasar la lista de la compra… Le miró. “Quién te ha visto y quién te ve”, pensó, pero no dijo nada. Le recordó como era años atrás: alto, serio, con ese porte como sacado de una película. Le miró ahora: consumido, sin poder hablar, en la cama, necesitándola a ella para comer, para moverse, para lavarle… Para todo. Que hasta le cambiaba el pañal, como hiciera con sus hijos cuando eran pequeños.  “Pero ahora es distinto, dónde va a parar. Es distinto porque antes no eran como ahora, de usar y tirar, y con los críos estabas todo el día lavando. Y es distinto porque no vas a comparar a un viejo con un niño. Ni  color…”

Recogió la taza y la cuchara, las metió en el lavavajillas y puso agua en un vaso. Se acercó nuevamente a la cama con las pastillas. Cuando fue a dárselas, a Antonio le cambió la mirada y casi  se le caen al suelo, del susto. Pero no duró más que segundos, y volvió a quedarse con los ojos perdidos en la contemplación de algo que no estaba allí. La expresión abandonó su rostro y fue nuevamente el Antonio enfermo que la necesitaba, el que era desde que tuvo el derrame.  Por si acaso, María siguió sin hablarle. Entró y salió de la casa a medida que los recados se lo iban demandando. Entró y salió de la habitación para asear a Antonio, para darle la merienda, para arreglarle la cama… Hasta que llegó la noche.

Siempre pasaba igual. Hasta que no se hacía de noche no se atrevía. No sabía explicar por qué, pero de día era como si viviese otra vida, la de siempre, la de la María abnegada, primero  madre, luego hija y ahora esposa atenta a todo lo que necesitasen aquellos a los que cuidaba. Ésa había sido su vida. De un puré a otro, de un baño al siguiente, preocupada de que todo estuviese bien, atenta a la menor necesidad de los que la requerían.

Por la noche era distinto. Por la noche se abría la compuerta de los recuerdos y salían los fantasmas. Era entonces cuando daba a Antonio la última dosis de sus medicinas, cuando se sentaba a su lado y le hablaba.

-          Quién te ha visto y quién te ve.- Así solía empezar.- Con lo que tú has sido, y ahora ahí, un pelele que necesita de mí para todo. Si yo no estuviera, ¿qué sería de ti? – y sentía un regusto a victoria según iba desgranando sus palabras. Aunque sabía que, seguramente, Antonio no entendía nada, que él, con su mirada perdida,  perseguía, quizá también, los mismos fantasmas que conjuraba su mujer frente a la cama.

 
-          Pero a cada cerdo le llega su San Martín.  Y aquí está el tuyo. Y yo me ocupo. Me ocupo de que no te falte de nada. De nada. Que tengas todo lo necesario para penar por lo que has hecho.- Y mientras se lo decía, sacaba las pastillas del bote y las colocaba alineadas en la bandeja, para ir dándoselas a Antonio.

Fue por casualidad. No es que ella no lo hubiese pensado, que muchas veces se le vino a la cabeza. Pero no sabía cómo. Ganas siempre tuvo, pero  era el modo el que se le escapaba. Hasta que, meses después del derrame cerebral de Antonio, vino su hijo mayor,  Esteban, con la niña, que se llamaba María, como ella, y estaba estudiando medicina. Tan guapa y tan lista como siempre. La mayor de las nietas. Y cariñosa, que aunque apenas la veía una o dos veces al año, cuando venía, bien maja que era. Y no paraba de hablar, que en eso no sabían a quién salía, que en la casa nunca fueron  parlanchines. Ninguno. Si acaso, Miguel, el pequeño, pero tampoco tanto. No como María.

-          Abuela.- le dijo- ten cuidado con las medicinas.-

 
-          Pues claro, hija, ¿qué crees, que soy tonta? Vieja sí, pero tonta no estoy todavía.- Le contestó ella.

 
-          No, si no digo que estés tonta.- Rió la niña.- Digo, que a ver si te vas a hacer un lío, que con todo lo que tenéis que tomar cada uno, tienes una farmacia en casa. Y que he estado mirando las pastillas del abuelo, esas de ahí, las rojas, y como un día te confundas y te las tomes tú, tenemos un disgusto.-

 
-          ¿Y eso? – preguntó María, interesada.

 
-          Porque cada uno tenéis una cosa. Y para ti, las medicinas del abuelo son una bomba. Te vas para el otro barrio en un pis-pas, como te las tomes.- La niña no quería aburrir a la abuela con tecnicismos, pero  se la veía preocupada.

 
-          Hija, pues vaya jaleo. Pero no tengas cuidado, que yo de la cabeza estoy muy bien, y no me confundo.- Se quedó pensativa. Al rato, preguntó.- ¿Y qué pasa si me equivoco al contrario.-

 
-          ¿Cómo al contrario? –

 
-          Sí, ¿qué pasa si le doy al abuelo mis pastillas?-

 
-          Bueno, no es lo mejor, no, pero no sería tan preocupante como al revés. Si le das al abuelo tus pastillas, le vendrían mal, pero sólo le harían daño de verdad si la dosis fuera continuada. Es decir, si te equivocases siempre. Entonces, podríamos decir, que se iría envenenando poco a poco.-

Esas palabras se le quedaron grabadas: “se iría envenenando poco a poco”. Al principio venían a su cabeza constantemente, pero enseguida las desechaba. Hasta que se dio cuenta de que la caja de pastillas traía cuarenta y cinco unidades. Si apartaba quince e iba al médico una vez al mes, a que se las recetase con el resto de los medicamentos, podía ir juntando un buen montón. Y eso hizo. Fue acumulando pastillas lentamente, hasta que la cantidad le pareció adecuada. Y entonces, sólo entonces, decidió que, por las noches, Antonio se tomaría una pastilla de más, la de ella, en una prescripción que, sin saberlo, había sugerido su nieta, la que algún día sería la primera médica de la familia.

Por eso, por las noches, se sentaba junto a Antonio y, después de darle las pastillas, le hablaba:

-          Bien ganado te lo tienes. Y más te mereces. Por lo que me has hecho. Por lo que me hacías una noche sí y otra también, cuando en vez de a ti, cuidaba a nuestros hijos, y tú llegabas y, si habías bebido, y a veces incluso sin haberlo hecho, me dabas, así porque sí, porque te venía en gana, o porque te miraba mal, o porque te parecía que no había contestado correctamente. Me pegabas hasta que te cansabas. Y yo me callaba porque no me quedaba otra. Porque en aquellos tiempos, y aquí, no podía hacer nada. Mi familia lo sabía. Y los vecinos. Todos lo sabían y todos miraban para otro lado. Eso era cosa nuestra, decían, no había que meterse en las cosas de cada casa. Pues como cosa mía que era lo aguanté, aunque bien sabe Dios que una y mil veces te hubiera matado si hubiera tenido con qué. Y ahora estás aquí, inválido, necesitándome para todo. Mirándome con esa cara que… Y te mataría. Te ahogaría con mis propias manos por todo lo que me hiciste… Pero no, no lo hago, yo te cuido, te lavo, te doy de comer, te arreglo la cama, te muevo para que no se te hagan heridas… Y te doy tu medicina. Toma, anda, abre la boca, y trágate la pastilla. Tendrás queja, que hasta te doy una pastillita de más. Para cuidarte. Para cuidar de que de verdad te llegue tu San Martín. Como buen cerdo que eres y fuiste siempre.-

Y fuera, en el pueblo, todos los días, seguían comentando:

-          Pobre María, tiene el cielo ganado.-

“El cielo…”, se reía ella para sus adentros, “si hubiese cielo, o justicia divina, o lo que quiera que sea, no hubiera pasado lo que me pasó a mí, ni dejaría Dios que siguiese pasando a  otras. El cielo para el que lo quiera, que yo me ocupo de que Antonio vaya derechito a la tumba, que para cielos o infiernos ya habrá tiempo.” Y saludaba con la cabeza a los vecinos que se encontraba, sin olvidarse de pasar cada mes por el médico para que le recetase las pastillas, con la voz de su nieta repitiéndose en su recuerdo:

“Se iría envenenando poco a poco”.

 “El cielo… “. Repetía nuevamente para sí, “el cielo está lejos y estoy harta de esperar. Bastante llevo ya encima. Ahora… ahora me toca a mí”.

sábado, 19 de enero de 2013

¡Tengo un e-book!

Pues sí, uno pequeñito, pero un e-book al fin y al cabo.

Si recordáis, hace algunos meses, hablé de un concurso de relatos en el que participaba. El mío, Platón, que está en ese blog como página a la derecha, resultó elegido por el jurado entre los finalistas. Esto ha tenido dos consecuencias. Por un lado, la editorial, Marlex, lo ha publicado en formato e-book de descarga gratuita en su página web (la dirección es
http://www.todosleemos.com/descarga-ebooks/platon.htm). Por otro, esa misma editorial, lo va a publicar, junto con el resto de relatos finalistas, en un libro en papel que aparcerá próximamente (el enlace http://marlexeditorial.com)

No es exactmaente el sueño de todo escritor: publicar una novela que sea un éxito tanto a nivel comercial como literario, pero es un comienzo. Lo único que no me gusta demasiado, es que el editor califica "Platón" como un relato romántico y a mí ese género no me va mucho. No sé... Desde mi punto de vista, que una novela o un cuento hable de amor o, como en este caso, de deseo, no implica que necesariamente sea romántico. Pero por ahora me callaré, porque lo han seleccionado para promocionarlo, junto con otro, con motivo del día de San Valentín. Bienvenida la promoción aunque sea ésa.