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sábado, 21 de abril de 2012

La culpa (3)

Os dejo otro trocito de mi primera novela "La culpa".

" José Manuel Suárez era un hombre normal. Cuarenta y dos años, casado, con dos hijos. Si muriese hoy mismo, todo el mundo diría de él eso de “siempre se van los buenos”, “es que no somos nadie”, y demás frases hechas que se utilizan en estos casos. Su viuda lloraría, sus hijos también. Su padre, su hermana, toda su familia. Sus compañeros de trabajo le echarían de menos y comentarían “la verdad es que era gracioso el cabrón, y trabajador, ¿eh?.” Pero nada más. Era un hombre normal. Con un trabajo normal. Con una vida normal. No había sorpresas. Su historia podría haberse escrito incluso antes de que él naciera, en el seno de una familia de clase media, en un barrio de clase media, en el que estudió (con resultados bastante medios) hasta COU y donde conoció a una chica, con la que se casó y tuvo dos hijos, la parejita.

Todo normal. Una vida normal. Un hombre normal. Ni demasiado alto, ni demasiado bajo (quizá un poco por debajo de la media actual, pero es que en su época la media era más baja). Aficionado al fútbol, del Atlético, como su padre y como toda su familia, iba al campo siempre que el equipo jugaba en casa. Era su pasatiempo, su hobby como decían ahora. Su otro hobby era quedar con los amigos. Antes jugaban al fútbol los sábados por la mañana, y luego se tomaban unas cañitas en el barrio. Pero los años habían ido pasando y la forma física se fue con ellos. Algunos vivían fuera del barrio, y venir todos los sábados era demasiado follón. Al final, los cuatro que quedaban en los alrededores se seguían viendo, ya sin fútbol, y ahora con las familias, y pasaban un buen rato recordando anécdotas y hablando de sus cosas. Los hombres juntos, claro, que para eso eran amigos de toda la vida. Y las mujeres juntas también, porque se conocían desde que habían empezado a salir con ellos, todas eran del barrio, y tenían muchas cosas en común. O al menos eso era lo que creía él. Pero su mujer no opinaba lo mismo. Su mujer estaba harta de las cañitas de los sábados, y de que siempre se sentasen juntos los amigotes, y la dejasen a ella hablando de niños, recetas, trapos y programas del corazón. No lo soportaba. Y no es que prefiriese hablar de fútbol, ni muchísimo menos, ni que le cayesen mal las mujeres de sus amigos. Es que no le gustaba ese extraño comportamiento que le recordaba a las costumbres atávicas del pueblo de sus padres. Su mujer, Marta, siempre se quejaba de eso. De eso y de otras cosas. La verdad es que era un poco pesada, con esos aires. ¿Qué se habría creído? Ella también era del barrio. También había vivido allí toda su vida. Y cuando le conoció ya sabía como era. Además, no era la única que tenía una carrera universitaria. Pilar también había ido a la Universidad. Había hecho Políticas, o Psicología, o Historia. Vete a saber. Había hecho algo. Y Pedro y Fede habían estudiado Derecho, como Marta. Y no era tan pedantes, ni tan altivos como ella. Eran personas normales, contentos de hacer una vida normal, con una familia normal, un trabajo normal, unos hijos normales, y un barrio normal. Pero Marta... Marta parecía que nunca estaba contenta con nada. José Manuel creía que todo lo hacía porque le gustaba tocarle los cojones y no dejarle disfrutar de sus amigos y sus aficiones. Pero tampoco tenía ninguna otra queja de Marta. Hacía su trabajo, cuidaba a los niños, llevaba bien la casa. Al fin y al cabo eran una familia normal.

Pero, a pesar de todo, José Manuel sabía que Marta era una mujer especial. Brillante en el Instituto, su media no bajó en la Universidad. Su gran capacidad presagiaba un futuro lleno de éxitos, y durante el último curso, recibió dos ofertas para quedarse en la facultad, como profesora. Era verdad que, si quería ser realmente profesora de la Universidad (en ese momento de la única, la pública) debía opositar, pero siempre podía empezar de la mano de cualquiera de las eminencias que le habían dado clase y habían descubierto en ella esa rara habilidad que consistía en que las cosas adquirían sentido y se ordenaban en su mente según reglas imposibles de reconocer para los demás. Marta no era especialmente estudiosa. Era simplemente inteligente.

Pero no fue muy lista al rechazar esas ofertas y empeñarse en opositar al Cuerpo Superior de la Administración. Ése no era su fuerte. Memorizar, repetir, ésas no eran sus habilidades. Nunca las había entrenado. No le había hecho falta. Pero, en esta ocasión, no podía enfrentase a ese tipo de exámenes confiando en su don. Su don, para las oposiciones, no servía para nada. Tardó tres años en darse cuenta. Tres años en los que las verdades sobre las que  había construido su autoestima se fueron desvaneciendo de la manera más cruel. Tres años en los que decidió que en el futuro ocultaría a todo el mundo que ella, Marta, no era una mujer normal.

Pero a pesar de sus esfuerzos, muchas cosas la traicionaban. Porque ella no sólo era inteligentemente anormal (si es que algo así existía), sino que era una persona tremendamente atractiva. Pero lo cierto es que el suyo no era un atractivo común, y por eso, creyó que podría ocultarlo.

Marta no era alta. Tampoco baja. Medía un metro sesenta y dos centímetros. Tenía el pelo castaño, como los ojos. No era ni gorda ni flaca. Desde los veinte años, pesaba unos cincuenta y cinco kilos. Unas veces más y otras menos. Nada extraño.

Pero Marta no estaba hecha para la vista. Su atractivo radicaba en el resto de los sentidos. En el tacto: su cuerpo, arcilla y arena, se moldeaba bajo los dedos que dibujaban su contorno, que hacían y rehacían su forma, reinventándose, naciendo y haciendo nacer el deseo. Su recuerdo pervivía en la piel del otro, como si hubiese pasado a formar parte de su naturaleza.

También estaba hecha para el olfato, porque desprendía una extraña mezcla de compuestos químicos que alteraba la percepción de la persona que se encontrase a su lado. Había leído mucho sobre ese extraño fenómeno, sobre las feromonas, pero no era realmente consciente de cómo funcionaba, de cómo ese aroma a canela y piel mojada se adueñaba de la llave de los sentidos y la hacía tan y tan irresistible.

Y sobre todo, Marta estaba hecha para el gusto, para saborear cada milímetro de esa piel, arcilla, canela y miel, que se ofrecía y se negaba, que se descubría en cada sorbo, en cada caricia, en cada juego de adivinación que dejaba la puerta abierta de las sensaciones.

Por todo eso, Marta no era normal. José Manuel lo sabía mejor que nadie y no podía soportar sus quejas y su aire de perdonavidas cuando hablaba de sus amigos. Porque, en el fondo, a José Manuel, a pesar de saber que tenía a su lado el mejor regalo que nadie pudiese desear, le hubiese gustado que Marta, como él, fuese normal.

José Manuel estaba celoso. Es más, José Manuel vivía celoso. Se sentía irremediablemente atraído por Marta. Necesitaba estar con ella. La quería. Todos sus pensamientos giraban en torno a ella. Pero no podía evitar sentirse poca cosa a su lado. Sabía que ella entendería rápidamente cualquier trama enrevesada de las películas o los libros. Que sabría, antes que él, qué estaban preguntando los niños, o qué difícil verdad se escondía en el gesto cómplice de los actores de su serie favorita. Que entendería las complicaciones sin sentido de las páginas salmón del periódico de los domingos. También sabía que ella intentaría no hacerlo muy evidente, y que tardaría un poco en responder a los niños, en desvelar la clave de la peli. Y eso le ponía aún más nervioso. Sí, era lista , ¿y qué?, ¿de qué le había servido? No había conseguido burlar a su suerte, no había conseguido reescribir la historia que cualquiera esperaba de una chica de barrio de clase media como ella.

Pero, lo que más le atormentaba era lo otro. Lo que más le atormentaba era descubrir en cada uno de sus movimientos esa sensualidad inexplicable, percibir en su voz una promesa que sólo él sabía excesiva para cualquier mortal. Estaba orgulloso de que fuera su mujer, pero al mismo tiempo, tenía tanto miedo.... Ni la ropa barata, comprada en grandes superficies, ni el corte de pelo cómodo pero nada favorecedor, ni el hecho de que nunca fuese maquillada, nada, nada era bastante para ocultar el tarro de los sentidos que siempre parecía estar a punto de abrirse...

José Manuel vivía celoso. Y vivía intentando ocultar al mundo esos celos. Pero había una persona a la que no había conseguido ocultárselos. A Isabel. Isabel supo desde el primer momento que ese chico no era para Marta. Y se lo dijo. Y no se cansó de repetírselo. Aún después de que se casasen, Isabel siguió insistiendo en que José Manuel no le convenía. Ese tema había llegado a convertirse en un juego perverso entre ellos, porque Isabel lo repetía cada vez que le veía. Y disfrutaba. Se notaba. Esa zorra disfrutaba humillándole."

sábado, 14 de abril de 2012

Beatriz en el país de la eternidad

El relato que os voy a dejar hoy es especial. Y lo es porque está dedicado a mi prima, Beatriz, que falleció el dos de abril. Quería rendirle un homenaje. Y lo sencillo para mí hubiera sido componer una historia triste. Tan triste como yo me sentía, como me siento. Pero no quería eso. Mi intención era recordarla con las risas y las historias extrañas y divertidas que compartíamos. Por eso me empeñé en escribir este relato. Y me ha quedado un poco surrealista, un poco raro. Debe de ser la influencia del pueblo, de la Mancha. Al final, no es posible escapar de los orígenes y si esa tierra ha dado gente tan variopinta como Almodovar, Sara Montiel y José Mota, por algo será. Eso sin olvidar al Quijote que, aunque sea un personaje de ficción, encarna bastante bien algunos de los prototipos que he llegado a conocer.

Quería recordar a Beatriz, a Bea, riendo, como tantas veces la he visto. Y espero que, a pesar de ser una historia muy personal, al resto también os haga nacer alguna sonrisa.

Porque para llorar ya tenemos demasiadas razones. 

"Te extrañó que el cielo se pareciese tanto al pueblo. Las mismas calles empedradas que mezclaban paredes blancas con sillares de piedras centenarias. Las mismas ventanas, con sus rejas asomadas a las aceras. Todo, todo parecía ser lo mismo y, sin embargo…  “A lo mejor estoy soñando”, te dijiste. Pero lo malo de estar muerta es que no sabes si lo que sientes es  lógico o no. No hay referencias. Y allí, parada en una calle que jurarías era igual que la Calle Mayor de tu pueblo, te preguntabas si esto que te estaba pasando era normal. “Por lo menos no tengo ninguna sensación desagradable”, pensaste, “ningún dolor, ni náuseas, nada. Me encuentro perfectamente”. Ya ni recordabas cuándo fue la última vez que te habías sentido igual, sin nada que reclamase tu atención, con esa ligereza que te daba el notar que podías hacer cualquier cosa. Porque era así como te sentías, como si pudieses con todo.
Ibas a comenzar a andar cuando la viste aparecer. Venía desde la Plaza. Porque a esas alturas tú ya habías decidido que estabas en el pueblo, parada en medio de la Calle Mayor. Una Calle Mayor distinta pero igual. Mucho más tranquila, sin gente, sin ruidos y como con un brillo diferente, desconocido, que hacía parecer nuevos incluso a los edificios que tú sabías que eran de siglos atrás.
Enseguida supiste quién era. Y eso que, cuando tú la conociste, no llevaba así el pelo, con una media melena castaña clara llena de ondas; ni andaba con esa seguridad que sólo da la juventud; ni su sonrisa era capaz de trasmitir tanta paz. No, cuando tú la conociste, ella ya hacía tiempo que llevaba su pelo cano recogido en un moño bajo. Vestía de negro, siempre, de luto, por un familiar o por otro, ¿qué más daba?, siempre había alguien por quien llorar.  Como mucho, se atrevía con alguna bata de alivio de duelo, de esas con florecillas blancas pequeñas que llevaban todas las mujeres mayores del lugar, como si fuera un uniforme. Y eso que, cuando tú la conociste, ya no vivía allí. Hacía tiempo de eso. Hacía tiempo que todos (bueno, casi todos) se habían ido a Madrid. Tú también. Pero, a pesar de que, cuando tú la conociste, era distinta a ahora - mayor, menos ágil, con la mirada más triste a pesar de sus bromas - tú supiste quién era. Era ella. Era tu abuela. Nuestra abuela. Mucho más joven. Como fue cuando nosotros no estábamos. Cuando ella ni se imaginaba la vida que la estaba esperando, entre una desgracia y otra, una larga lucha moteada de pequeños momentos de alegría que ella sabía hacer grandes. Corriste para abrazarla. No te sorprendió que te reconociese al instante. Ya estabas entregada a la rareza de la situación. Al fin y al cabo, si el cielo se parecía al pueblo, ¿cómo no iba a reconocerte tu abuela mucho antes de serlo?
Os abrazasteis. Y eso sí lo sentiste. La tranquilidad que te daba su contacto. Y de algún lugar de tu recuerdo recuperaste esa misma placidez. Empezasteis a hablar como si nada, como si no hiciese más de treinta años que no os veíais. Ella te explicó lo que pasaba.
-          Hija, es que te han enterrado aquí, en el pueblo. Por eso todo lo que ves te lo recuerda.-
-          ¿Y eso quiere decir que estaré aquí eternamente? – Preguntaste.
-          No, ¡qué va! – Y se echó a reír, con esa risa que te llevaba directamente a las tardes de domingo de tu infancia.- Puedes ir donde quieras. Sólo tienes que pensar en ello. Al principio es un poco raro, pero enseguida te acostumbras.-
Y seguisteis hablando. Tú, algo sorprendida de que el edén no se pareciese a ese entorno aséptico de contornos blancos, como de algodón de azúcar, que tanto nos enseñan las películas; ella pasando de un tema a otro, contándote qué buenas migas hacían  éste y aquélla (pero mira que siempre le ha gustado a la abuela emparejar a la gente), hasta que un hombre joven, rubio, y con el ceño fruncido, se dirigió a vosotras. Te recordaba a alguien. Pero no estabas segura. Espera, era, no, no podía ser. La mayoría de las fotos que habías visto de él tenían la imagen de un hombre mayor, con la frente llena de arrugas y el peso de los problemas ocultando la belleza de esos ojos azules que ahora te sonreían. Era el abuelo. Apenas le recordabas, pero no te fue difícil reconocerle. Además, la abuela despejó todas tus dudas para incluirle en la conversación. Te costó darte cuenta de que estaban hablando de Joaquín Prat y Laurita Valenzuela. El abuelo leyó tu desconcierto y te lo aclaró:
-          Nada hija, que está empeñada en que hacen muy buena pareja, desde que los vió en “Galas del sábado” y dice que, en cuanto venga ella aquí, no tienen que perder ni un minuto. Se lo dice todos los días al pobre Joaquín.-
-          ¿A Joaquín Prat?, pero ¿es que le veis? – Preguntaste.
-          Sí, Bea, ya te he dicho que, con sólo pensarlo, podrás ir de un lado a otro. Y Joaquín es una bella persona, nos vemos mucho. Se ríe de lo que le digo, pero yo creo que, en el fondo, la Laurita le hace tilín, y, en cuanto venga, como será joven otra vez, ya verás como algo pasa.- Te aclaró la abuela.
Sus palabras resonaron en tu cabeza: “será joven otra vez”. Ellos lo eran. Lo eran más que nunca lo habían sido en tu recuerdo. Te miraste. No te lo podías creer. Volvías a ser como antes. Habías engordado y una melena larga y espesa te caía sobre los hombros. Te hubiera gustado correr para verte en un espejo, pero no querías cortar la conversación con los abuelos. Lo hicieron ellos.
-          Anda, ve y date una vuelta. Para que te vayas haciendo a esto. Y, si quieres, intenta moverte, piensa en otro sitio, ya verás qué fácil es.- Y se alejaron, los dos juntos, como una estampa coloreada de la España de los años treinta sobre una foto sepia. El convento de Santo Domingo asomando al fondo.
Echaste a andar y le viste sentado en la plaza. Tu primera reacción fue irte, hacer como que no le reconocías. Pero la curiosidad pudo más. Estaba, también, mucho más joven. Guapo  no, que nunca lo había sido, pero había que reconocer que los pocos años le daban algo más de prestancia. Respiraste hondo y te decidiste a preguntarle. Nunca tuviste confianza con él pero, ese entorno extraño, esa sensación de poder con todo, te ayudó.
-          Hola.- Saludaste. Y él volvió la cabeza hacia ti. Te reconoció. Allí, todo el mundo se reconocía.
-          ¿Ya has venido? Creía que ibas a tardar más.- Su comentario te afectó, porque te trajo un breve recuerdo de lo que habías sido hasta hace poco. Pero no te dolió. Ya nada te dolía.
-          Sí, ya estoy aquí. Verás, perdona que sea tan directa, pero quería preguntarte una cosa.- Pensaste que, si ahora te parabas, no serías capaz de continuar.- ¿Es cierto eso que dicen de que eras hermafrodita? –
Él te miró, como con rabia, y dijo:
-          Me cago en tos los muertos.- Y la maldición sonó peor que nunca, estando, como estabais, rodeados de ellos.- Y a ti, ¿quién te ha dicho eso? –
-          La gente habla.- Estabas empezando a arrepentirte de haberle preguntado.
-          Sí, no creas que no lo sabía. Pero hablan allí.- y señaló a un lugar indeterminado en el horizonte.- que aquí son distintos y no les gusta faltar a nadie. Ya podías ir aprendiendo.- Te dijo.- Me llamaban el mafrodito. – A pesar de que conocías el mote, te echaste a reír. Él se enfadó.- ¡Cojones! Si te vas a reír no te cuento, que bastante he penao yo por esto allí, para tener que volver a recordarlo aquí.-
-          No, perdona, sigue, sigue.- Le animaste.
-          Pues sí. Soy… era, una cosa rara, un error de la naturaleza. Me llamaban de todo desde pequeño y decían que si no era un hombre, que si no podía estar con mujeres… Tú ya me entiendes. Por mucho que intenté hacer, nunca me quité el san Benito. Si es que no hay nadie como yo…- Y empezó a llorar. Te dio pena y no se te ocurrió otra cosa más que decirle:
-          No hombre, si tan raro no es. Pasa poco, pero pasa. Mira a Lady Gaga, por ejemplo, dicen que también es hermafrodita. Aunque, en su caso, a lo mejor es mentira y lo dicen por dar morbo y como marketing.- Te diste cuenta de que él no sabía de qué le estabas hablando. Incluso para ti, comparar a un hombre de un pueblo de la Mancha (aunque estuviese muerto y pareciese más joven) con Lady Gaga sonaba fatal, por lo que decidiste despedirte deprisa y seguir adelante.
Te fuiste, pensando que, en el cielo (ése que se parecía al pueblo), tampoco las cosas eran tan diferentes. Y también te sentías mal cuando ofendías a alguien. “Pues vaya”, pensaste, “yo creí que aquí no tendría este tipo de situaciones. Pero parece que sólo el dolor físico se ha ido. Ésa es la única diferencia. Ésa y que  todos somos jóvenes, con independencia de la edad a la que muriésemos. Lo demás se parece demasiado a la vida. Vaya cielo poco vistoso…” Y mientras caminabas por las calles del pueblo-cielo, tan limpias, tan vacías que te recordaban que no podían ser reales, vinieron a tu memoria algunas de las conversaciones que teníamos. Las del mafrodito, por supuesto, pero también las de la tía, que era igualita que Michael Caine. Pero no es que se pareciese en mujer, sino que, siendo el actor un hombre, ambos eran iguales. Y lo que nos reíamos, cuando decíamos eso y que en la familia teníamos a dos actores famosos, a Michael Caine (que era la tía) y a Kirk Douglas, el marido de la prima. Y hacíamos la broma de la pronunciación, porque todo el mundo sabe que Kirk Duglas  es el padre de Michael Daglas.
Recordaste también cómo la risa nos acababa ganando en todos los entierros, en todos los tanatorios y te preguntaste cómo habría sido en el tuyo. ¿Habríamos sido capaces de ser fieles a tu memoria y encontrar alguna situación ridícula que nos hiciese contener las carcajadas, tapándonos las caras con las manos hasta tener que abandonar la iglesia? Esperabas que hubiese sido así y que alguien de la familia nos hubiese ayudado, que en eso, eran únicos. Como cuando recaudaste dinero para la corona del tío Pepe y, tras informar a la tía Carmen de que cada hermano tocaba a sesenta euros, ella, bien dispuesta, te dió dos billetes y te dijo: “toma hija, te doy treinta y, si luego hace falta más, me lo dices”. Esperabas eso o que, como pasó en el entierro del tío Antonio, el cura se detuviese en explicar las normas para dar bien ” la cabezá”.
Porque en el pueblo todo el mundo va a la iglesia cuando hay un entierro, cuando “hay pizarra”, como dicen ellos, porque es allí, en la pizarra que se coloca en la puerta de la iglesia, donde se anuncia que alguien ha muerto. Y aunque nadie sepa de quién se trata, todos abarrotan la iglesia, por cumplir, y, al terminar, hacen cola para pasar por delante de los primeros bancos (aquéllos en los que se sientan los familiares más directos) para agachar la cabeza. Ésa es “la cabezá”, gesto que expresa su pesar, aunque algunos, los más osados, pregunten a un familiar, por curiosidad: “¿qué te tocaba a ti el muerto?”, para que éste les responda: “era mi madre”, haciendo evidente la falta de información (y a veces de interés) del que pregunta.
                Todo eso esperabas que hubiese pasado en tu entierro, que la fuerza de las tradiciones  del pueblo nos hubiesen arrancado una sonrisa, con sus mujeres de negro con los calcetines a media pierna, llorando sin saber por quién; con los hombres a un lado, en unos bancos de la iglesia y las mujeres al otro; con el cura confundiéndose, a veces, de nombre; con el enterrador forjando un murete en la fosa, tan lejos de esas imágenes de Hollywood en las que una familia perfectamente uniformada de negro (de un negro glamuroso y no como el de las viejas del pueblo), arroja flores y tierra sobre un féretro que desciende automáticamente.
                Tenías ganas de saber cómo había sido. De vernos a todos y saber cómo estamos. El pueblo estaba bien, pero no todo el rato. Por eso decidiste poner en práctica el método que te contó la abuela. Y te concentraste. Te concentraste en el barrio, en esas casas de pisos, todas iguales, donde trascurrió tu vida. No tardaste en verlas. Y en vernos, también, a nosotros. A tus padres, tan tristes… A tus hermanos, a los niños. Querías decirles algo. Que todo estaba bien. Que tú estabas bien. Que ya no te dolía nada. Que habías engordado. Y eras más joven. Y tenías de nuevo el pelo largo, como en aquella foto en la que estamos los primos, arregladitos, en una boda, riendo. Siempre riendo. Querías decirles que el cielo no estaba mal. Que se parece al pueblo y que allí, aunque también hay sensaciones, las malas duran poco. Querías comunicarte con ellos y no sabías cómo.
                Hasta que pasó por allí un chico (imposible saber la edad, todo el mundo era tan joven…) y le preguntaste. Él te miró sorprendido, como si nunca se le hubiese ocurrido que alguien pudiese querer comunicarse con el otro lado. Te miró y te dijo:
-          No se puede. Hablar con ellos, no.- Pero al ver tu cara, tu decepción, corrigió rápidamente.- No se puede hablar con ellos, pero hay un modo de comunicarse.-
-          ¿Cómo? – preguntaste tú.- ¿Rezando? –
-          ¿Rezando? – Te miró como si nunca hubiese oído esa palabra.- No, ¡qué va! Eso es para la gente religiosa, que cree en el cielo y en esas cosas.-
Te quedaste desconcertada. Apenas pudiste preguntar:
-          Y si esto no es el cielo, ¿dónde estamos? –
-          Bueno, esto es el cielo o lo que quieras. Cada uno tiene su idea. Si tú quieres que lo sea… Pero yo nunca he creído. Para mí esto no tiene nada que ver con rezos, ni curas.-
-          ¿Y entonces?, ¿cómo puedo comunicarme con ellos? – Y señalaste allí, donde tu hermano sacaba a Mario del coche.
-          Del único modo en el que se comunican los dos mundos, el real y el de la fantasía.- Te dijo.
-          ¿Y cuál es ese modo? – Insististe, ya bastante nerviosa.
-          Por medio de la imaginación, de la creación, del arte, si quieres.- Te quedaste decepcionada. ¿Y cómo ibas a hacer tú eso? Él te miró y, sonriendo, te señaló un poco más allá de donde se encontraba tu hermano, pasado la rotonda, donde una señal en forma de rombo se adivinaba.
-          ¿El Metro?, ¿me estás tomando el pelo? Ya es bastante que el cielo sea igual que el pueblo, o igual que mi barrio, pero que se pueda ir de un sitio a otro en Metro… Eso ya sí que no me lo creo.- Dijiste.
-          Y haces bien. Porque tú no puedes ir de un sitio a otro. Sólo puede ir tu pensamiento. Y no en cualquier estación de Metro. Sólo en ésa.- Te fijaste más y recordaste que la estación, la de tu barrio, la del Metro que nunca cogías, se llamaba “Las Musas”.
-          ¿El nombre de la estación tiene algo que ver? – Preguntaste.
-          ¿Tú qué crees? – Te dijo. Y se fue.
Tardaste en darte cuenta de que tu estación es también la mía. No eras consciente de que no podías dejarme así, sin más, sin tus historias. Sin ésas que me contabas desde que éramos pequeñas. Historias del pueblo, de la familia, de los secretos que espiábamos y de los que inventábamos. Sentadas en el borde de mi cama o en el patio de tu casa. Las que me seguiste contando cada vez que nos veíamos, dispuestas ambas a estallar en carcajadas, muchas veces en el sitio menos adecuado.
No podías dejarme así. Sin tu risa. Ni a mí ni al resto. Y por eso, a través de las musas, llegaste a mí para decirme lo bien que se está en tu cielo, que se parece al pueblo, para que yo se lo cuente a los demás y todos podamos seguir riéndonos contigo.
Aunque ya no estés.

sábado, 31 de marzo de 2012

Habitaciones cerradas

Hoy voy a comentar el libro "Habitaciones cerradas" de Care Santos. Tengo que decir que no conocía a la autora y que cuando me regalaron esta novela no tenía muchas esperanzas. Sin embargo, me ha sorprendido gratamente.

Parece ser que la autora es famosa como escritora de novela juvenil. Además, imparte talleres literarios, por lo que, en principio, la calidad de su prosa se supone. Desde mi punto de vista, no sólo se supone sino que la tiene, y mucha.

Había leído críticas que decían "si te gustó el jardín olvidado te gustará habitaciones cerradas". Como sabéis, porque ya lo comenté aquí, a mí no me emocionó "El jardín olvidado", lo que hacía que me adentrase en este libro con más reparos aún.

Pero, como digo, me ha gustado. La autora mezcla tiempos y tipos de prosa (cartas, e-mails, noticias) lo que podría hacer que el ritmo de la novela se resintiese. Sin embargo, ocurre todo lo contrario, que logra darle agilidad por los cortes que imprimen los diferentes estilos. En la parte narrativa propiamente dicha, su escritura es ágil. En negativo, únicamente diré que, en algunos casos, mezcla tiempos verbales (presentes con pasados). Creo que lo hace intencionadamente, como recurso literario, pero a mí, particularmente, no me gusta el resultado.

Por lo demás, la historia de una familia de la burguesía barcelonesa desde el siglo XIX hasta la actualidad, que esconde un secreto. ¿Demasiados parecidos con "El jardín olvidado"? Pues sí. No me he parado a ver cuál de las dos está escrita en primer lugar, pero hay que decir que la trama tiene muchos, muchos parecidos con la novela de la australiana. A mí, sin embargo, me gusta más la de Care Santos. La veo más real, menos previsible y, personalmente, prefiero su forma de escribir. Como siempre digo cuando hablo de novelas extranjeras, no soy capaz de saber si el problema con "El jardín olvidado" viene de la traducción; pero "Habitaciones cerradas", así, en castellano, me resulta más cercana, más ágil y muy fácil de leer.

Además, los personajes de "Habitaciones cerradas", bajo mi punto de vista, están mejor resueltos que los de "El jardín olvidado". No hay un protagonismo tan acusado de los personajes femeninos como en la novela de Kate Morton. Aquí cada miembro de la familia tiene su sitio, con independencia de cuál sea su género. Eso también lleva a que la novela me resulte menos femenina de lo que me pareció "El jardín..." y, seguramente por eso, me guste más.

Para mí, este libro es un sorpresa. Como he dicho antes, una grata sorpresa. Lo recomiendo.

La próxima reseña será de "El lector de Julio Verne", de mi admirada Almudena Grandes. Ya adelanto que no me ha decepcionado.

sábado, 24 de marzo de 2012

No podía evitarlo

Esta semana voy a dejar la segunda parte del relato que escribí la semana pasada. Se trata de la versión en masculino. Mi idea era retar al lenguaje, ver si la misma historia, contada en masculino, cambiaba el sentido. He de decir que yo misma me he sorprendido. Creí que en femenino, el relato presentaría a la protagonista de un modo más casquivano, más trivial, con algún deje incluso de "lagartona". Sin embargo, me he encontrado con que me costaba mantener el mismo lenguaje en versión masculina. Y no porque el que había utilizado en la primera parte (la de la chica) fuese sexista (al menos, a mí no me lo parecía) sino porque, simplemente, la historia, transcrita tal cual, en versión masculina no se sostenía.

También creí que el final quedaría más natural cuando el protagonista era el hombre, el anciano que aún conserva el atractivo de don Juan y que no repara en mostrarlo ante una joven que puede ser su nieta. De hecho todos sabemos que situaciones así se dan, que no se ve extraño que un hombre lleve más de treinta años a su pareja. Normal tampoco, pero en absoluto descabellado. Sin embargo, cuando es la mujer madura la que mantiene una relación con un hombre más joven, la situación parece anormal, incluso con algún tinte de aberración. Todo el mundo piensa que es imposible que el joven haya podido sentirse atraído por una mujer a la que los años le han quitado la posibilidad de parecerse a los iconos de las revistas, y nadie piensa que esos mismos años quizá le hayan traído la plenitud y la sabiduría que, sin embargo, se les presupone a los hombres de cierta edad.

Pero, como digo, al escribir las dos historias, la masculina no me ha sonado mejor que la femenina. Quizá porque ésta fue la que escribí primero. Quizá porque sea yo misma una mujer y ya no tan joven. O quizá porque realmente el lenguaje no sea tan sexista como pensamos. ¿Cuál es vuestra opinión?

"Siempre le había pasado. Desde pequeño. Y siempre le había dado mucha rabia no poder controlarlo. Ser así. Se sentía como si un determinismo ciego le llevase, inexorablemente, a coquetear sin freno, a sentirse atraído por desconocidas, por mujeres guapas, o no tanto, que se cruzaban con él y se quedaban clavadas en su recuerdo, martilleando su mente con escenas, casi nunca vividas, que volvían y volvían a perturbar su tranquilidad.
Al principio, cuando no era más que un niño, lo atribuyó a la ilusión de la inmadurez, a su inexistente experiencia, a su ansia de conocer. Fue entonces cuando se quedó prendado de la pescadera. Y de la amiga de su hermana. Y de la prima de su vecino. Y de aquella compañera del colegio. Ésa con la nariz tan grande, ¿cómo se llamaba? Era imposible intentar recordarlo. Con todas se ilusionó. Soñó encuentros más o menos apasionados con cada una de ellas. Su falta de referencias reales no le daba para mucho, pero su ardor juvenil cubría todas las lagunas. Y con todas, con todas, coqueteó sin reparo. Era algo natural. Algo que le salía sin sentir. Es más, no podía evitarlo. Y mira que lo había intentado. Pero el proceso se ponía en marcha de manera automática. Ajeno a su control. Sólo podía percibir que lo estaba haciendo. Otra vez. Pero no evitarlo. Eso nunca.
En aquella época, el ardor de lo que él imaginaba amor y no era más que deseo, le hizo sentirse culpable un día sí y otro también. Y la naturaleza no le ayudaba. O sí. Depende de cómo se mire. Porque si él había sido un niño delgaducho, esmirriado, de pelo lacio y rubio que caía sobre unas gafas que corregían un estrabismo que le resultaba vergonzoso, la adolescencia le regaló un cuerpo grande y fuerte, en el que, con cualquier movimiento, se marcaban unos músculos que él no se preocupaba en trabajar. En una época en la que sus amigos luchaban con los granos, él pudo, por fin, prescindir de sus gafas y descubrir que su rostro proporcionado era más que agradable. A él, simplemente, la naturaleza la había hecho así. Y ese regalo venía acompañado de una capacidad innata para lucirse, sin darse cuenta, con miradas y sonrisas que enganchaban voluntades y anulaban resistencias.
Él siempre fue así. Enamoradizo, se decía él mismo cuando era joven. Ligón, comentaban sus amigos, un aprovechado, que no dejaba nada para los demás. Pero, en el fondo, no era eso lo que sucedía. Él atraía, eso era cierto. Y siempre que le llevaban, la noche se les daba mejor. Pero no siempre era él el afortunado. Imponía. Demasiado atractivo para estar al alcance. Y por eso, a pesar de llevar prendidas las miradas de todas las jóvenes con las que  soñaba, pocas se atrevían a intentarlo. A él le gustaban casi todas. No a la vez, no, que en eso siempre fue muy tradicional. De una en una, pero no había momento en el que no suspirase por alguna chica. Pero novias, lo que se dice novias, tuvo pocas. Y no las más guapas. Sólo aquéllas que se arriesgaban a vivir con la eterna duda; que no temían exponer su ego a las miradas, a las sonrisas de las demás; que aguantaban los celos, siempre presentes. Y él, vulnerable, con un lugar para todas en su corazón y en sus más ardientes e inconfesables deseos, salió con ellas. Primero con una. Compañera de clase. Fea como ella sola. Aunque tampoco es que fuese simpática. Realmente no tenía nada. Quizá por eso se arriesgó a intentar ligar con el chico más deseado de la clase. Y a pesar de todo, él no pudo evitar que, durante el tiempo que estuvieron juntos, su mente rebosase de la imagen de ella; que su voluntad se viese anulada por sus caprichos; que no pensase más que en los momentos que compartían; que llenase sus ausencias con ensoñaciones que la tenían por protagonista. Que se enamorase, como siempre se había enamorado. Locamente, totalmente, en cuerpo y alma. Entregado a otra persona. O a la imagen de otra persona. O al recuerdo de otra persona. Del todo. Pero por tan poco tiempo… Porque eso era lo malo, que los enamoramientos eran tan excesivos como cortos. Y de la fea pasó a la pedante, tan lista, tan pagada de sí misma… Le lucía a su lado como si se tratase de un coche caro. Del coche que quería, pero aún no podía comprarse. Y él se dejaba hacer, arrobado, luciendo su cuerpo excesivo en su perfección, su sonrisa siempre dispuesta, su atractivo desbordante. Él, simplemente, era así.
Y así siguió siendo cuando alcanzó la madurez. Cuando decidió sentar la cabeza y tener una relación más estable. Cuando se empeñó en engañarse e  insistir en que ese estado de embriaguez hormonal que le despertaba la necesidad inevitable de ligar podía durar más de unos meses. Cuando se casó sabiendo que se mentía, que no podría seguir manteniendo la anulación de su voluntad por mucho tiempo. “Mejor así”, se dijo, “cuando estás enamorado no eres realmente tú. Así no perderé el control y manejaré mi vida”. Pero no se acordó, o no quiso acordarse, de que cada vez que acababa uno de sus períodos de inconsciencia por esa atracción desmedida, empezaba otro. Y así coqueteó con la amiga de su mujer, y con la novia de su hermano. Incluso con la vecina, madre de trillizos. Con todas. Sin darse cuenta. Sin poder evitarlo. Sin pasar de ahí, eso era cierto, pero llenando sus recuerdos y sus noches de historias tórridas no vividas que se reflejaban en las miradas hambrientas de todas ellas.
Y tampoco logró cambiar nada cuando, después de años, faltó su mujer. Ni cuando el tiempo fue poniendo a su cuerpo en otra dimensión, no ya la de hombre envidiado, al que nadie puede evitar mirar pero al que todos temen acercarse; sino en la de un hombre maduro cuyos atractivos habían pasado de su torso a su rostro, a la inteligencia de su mirada, al embrujo de su sonrisa, a su conversación, siempre interesante, a su serenidad. Y su maldición siguió, llevándole de una atracción a otra, de una ilusión a la siguiente. Ya no lo llamaba enamoramiento. A su edad resultaba ridículo. Ahora era plenamente consciente de que era atracción, pura atracción física, mera química que anulaba el razonamiento. Él, decididamente, era así. Y fue entonces cuando llegaron las guapas. No siempre. No todas. Pero el miedo a acercársele disminuyó. Y él siguió luchando por controlar sus gestos, esas miradas que parecían prometerlo todo y que le unían (de forma real o imaginada) con mujeres más interesantes. Con mujeres más jóvenes después. Con más mujeres, al fin y al cabo. Tampoco muchas, que no había que exagerar, que él, en eso, siempre fue muy normalito. Soñar soñaba con todo. Con lo imaginable y con lo inimaginable. Con otras manos, con otros cuerpos, con otras escenas que nunca llegó a experimentar. Con todo.
Momentos hubo en los que deseó no ser así, no verse impelido a coquetear de ese modo; no luchar inconscientemente por sentir que atraía; que mujeres casi desconocidas pensaban, como él, en escenas que nunca sucederían; que el deseo que no se atrevía a reproducir, vivía en su mente y en la de otras personas, como un crimen compartido que no pudiesen confesar.
Siempre había sido así. Siempre había ocurrido. No podía pasar desapercibido. Al principio por su cuerpo. Después por ese encanto que le daba la madurez. Y ahora, ¿por qué seguía sucediendo ahora? Él era así, pero estaba ya tan desdibujado… Hubiera deseado tener algún control sobre su cuerpo, sobre sus reacciones, sobre esas sonrisas que parecían embrujar pese al paso del tiempo, sobre su mente que no reconocía la edad y se estancaba en aquellos lejanos años de juventud. Siempre le había pasado. Siempre. Pero ya era hora de que acabase, porque no había nada más incómodo que saber que María José era como tantas otras, que no podía evitar sentirse atraída por él, por su voz, por su mirada, por su conversación, por esa risa atemporal que alegraba el cuarto. A él le hubiese gustado que ya no fuese así, que pudiese evitar coquetear. Le hubiese gustado incluso sentir la culpa de antes y no esa vergüenza, esa sensación de ridículo al saber que, sin poder evitarlo, estaba coqueteando descaradamente con la nieta de su compañero de cuarto en la residencia de ancianos."

domingo, 18 de marzo de 2012

Es que me han dibujado así

Antes de dejar aquí un nuevo relato os diré que no puedo publicar más páginas (a la derecha). Parece ser que blogger tiene un límite de veinte y ya lo he alcanzado. Por tanto, a partir de ahora, publicaré todo aquí, en "entradas", manteniendo los relatos que ya he dejado con anterioridad como página.

Hoy os dejo una historia que continuará... La semana que viene. Y no quiero dar más pistas. He dudado si poner las dos partes juntas o dejar una semana en medio y, al final, creo que tendrá más efectos así.

Bueno, ahí va:

"
Siempre le había pasado. Desde pequeña. Y siempre le había dado mucha rabia no poder controlarlo. Ser así. A veces le venía a la mente la frase de una película, de una de dibujos, Roger Rabbit o algo así se llamaba. La frase la decía la protagonista femenina y ella se sintió identificada desde el principio: “no soy mala, es que me ha dibujado así”. Era como se sentía, como si no pudiese evitarlo. Como si un determinismo ciego la llevase, inexorablemente, a coquetear sin freno, a sentirse atraída por desconocidos, por hombres guapos, o no tanto, que se cruzaban con ella y se quedaban clavados en su recuerdo, martilleando su mente con escenas casi nunca vividas que volvían y volvían a perturbar su tranquilidad.
Al principio, cuando no era más que una niña, lo atribuyó a la ilusión de la inmadurez, a su inexistente experiencia, a su ansia de conocer. Fue entonces cuando se quedó prendada del frutero. Y del amigo de su hermano. Y del primo de su vecina. Y de aquel compañero del colegio. Ése con la nariz tan grande, ¿cómo se llamaba? Era imposible intentar recordarlo. Con todos se ilusionó. Soñó encuentros más o menos apasionados con cada uno de ellos. Su falta de referencias reales no le daba para mucho, pero su ardor juvenil cubría todas las lagunas. Y con todos, con todos, coqueteó sin reparo. Era algo natural. Algo que le salía sin sentir. Es más, no podía evitarlo. Y mira que lo había intentado. Pero el proceso se ponía en marcha de manera automática. Ajeno a su control. Sólo podía percibir que lo estaba haciendo. Otra vez. Pero no evitarlo. Eso nunca.
En aquella época, el ardor de lo que ella imaginaba amor y no era más que deseo, la hizo sentirse culpable día sí y otro también. Las enseñanzas de las monjas le habían calado mucho más de lo que le habría gustado, y la sola idea de la atracción sexual le producía una punzada en el pecho que la oprimía bajo el peso del pecado. Del pecado que entonces no había cometido. Del pecado que, de todos modos, pocas veces cometió. Y si la educación no la ayudaba, la naturaleza tampoco. O sí. Depende de cómo se mire. Porque si ella había sido una niña delgaducha, esmirriada, de pelo lacio y rubio que caía sobre unas gafas que corregían un estrabismo que le resultaba vergonzoso, la adolescencia le regaló un cuerpo en el que se conjugaban todas las variedades de las líneas curvas en una orografía imposible. En una época en la que sus amigos luchaban con los granos, ella pudo, por fin, prescindir de sus gafas y descubrir que su rostro proporcionado era más que agradable. A ella, simplemente, la naturaleza la había pintado así. Y ese regalo venía acompañado de una capacidad innata para lucirse, sin darse cuenta, con miradas y sonrisas que enganchaban voluntades y anulaban resistencias.
Ella siempre fue así. Enamoradiza, se decía ella misma cuando era joven. Provocativa, comentaban las lenguas envidiosas. Tan espectacular que asustaba. Y por eso, a pesar de llevar prendidas las miradas de todos los jóvenes con los que ella soñaba, pocos se atrevían a intentarlo. Y esa falta de pretendientes tranquilizaba un poco su culpa. A ella le gustaban casi todos. No a la vez, no, que en eso también las monjas hicieron bien su papel. De uno en uno, pero no había momento en el que no suspirase por algún chico. Pero novios, lo que se dice novios, tuvo pocos. Y no los más guapos. Sólo aquéllos que se arriesgaban a un no, que no temían exponer su ego a un rechazo, se acercaron a ella. Y ella, vulnerable, con un lugar para todos en su corazón y en sus más ardientes e inconfesables deseos, salió con ellos. Primero con uno. Compañero de clase. Feo como él sólo. Aunque tampoco es que fuese simpático. Realmente no tenía nada. Quizá por eso se arriesgó a intentar ligar con la chica más deseada de la clase. Y a pesar de eso, ella no pudo evitar que, durante el tiempo que estuvieron juntos, su mente rebosase de la imagen de él; que su voluntad se viese anulada por sus caprichos; que no pensase más que en los momentos que compartían; que llenase sus ausencias con ensoñaciones que le tenían por protagonista. Que se enamorase, como siempre se había enamorado. Locamente, totalmente, en cuerpo y alma. Entregada a otra persona. O a la imagen de otra persona. O al recuerdo de otra persona. Del todo. Pero por tan poco tiempo… Porque eso era lo malo, que los enamoramientos eran tan excesivos como cortos. Y del feo pasó al pedante, tan listo, tan pagado de sí mismo… La lucía a su lado como si se tratase de un coche caro. Del coche que quería, pero aún no podía comprarse. Y ella se dejaba hacer, arrobada, luciendo su cuerpo excesivo en su perfección, su sonrisa siempre dispuesta, su atractivo desbordante. A ella, simplemente, la habían pintado así.
Y así siguió siendo cuando alcanzó la madurez. Cuando decidió sentar la cabeza y tener una relación más estable. Cuando se empeñó en engañarse e  insistir en que ese estado de embriaguez hormonal que le despertaba la necesidad inevitable de coquetear podía durar más de unos meses. Cuando se casó sabiendo que se mentía, que no podría seguir manteniendo la anulación de su voluntad por mucho tiempo. “Mejor así”, se dijo, “cuando estás enamorada no eres realmente tú. Así no perderé el control y manejaré mi vida”. Pero no se acordó, o no quiso acordarse, de que cada vez que acababa uno de sus períodos de inconsciencia por esa atracción desmedida, empezaba otro. Y así coqueteó con el amigo de su marido, y con el novio de su hermana. Incluso con el vecino, que tenía seis hijos. Con todos. Sin darse cuenta. Sin poder evitarlo. Sin pasar de ahí, eso era cierto, pero llenando sus recuerdos y sus noches de historias tórridas no vividas que se reflejaban en las miradas hambrientas de todos ellos.
La culpa siguió. Era lógico. La culpa católica no buscaba un responsable sino un sufriente. Y ella, para eso, era única. Ella no controlaba su poder de atracción. Ni siquiera el de sentirse atraída. Pasaba. Pasaba tan a menudo…
Y tampoco logró desecharla cuando, después de años, faltó su marido. Ni cuando el tiempo y la fuerza de la gravedad fueron poniendo a su cuerpo en otra dimensión, no ya la de mujer imposible, a la que nadie puede evitar mirar pero a la que todos temen acercarse; sino en la de una mujer madura cuyos atractivos habían pasado de sus curvas a su rostro, a la inteligencia de su mirada, al embrujo de su sonrisa, a su conversación, siempre interesante, a su serenidad. Y su maldición siguió, llevándola de una atracción a otra, de una ilusión a la siguiente. Ya no lo llamaba enamoramiento. A su edad resultaba ridículo. Ahora era plenamente consciente de que era atracción, pura atracción física, mera química que anulaba el razonamiento. A ella, decididamente, la habían dibujado así. Y fue entonces cuando llegaron los guapos. No siempre. No todos. Pero el miedo de los hombres a acercarse disminuyó. Y ella siguió luchando por controlar sus gestos, esas miradas que parecían prometerlo todo y que la unían (de forma real o imaginada) con hombre más interesantes. Con hombres más jóvenes después. Con más hombres, al fin y al cabo. Tampoco muchos, que no había que exagerar, que ella, en eso, siempre fue muy normalita. Soñar soñaba con todo. Con lo imaginable y con lo inimaginable. Con otras manos, con otros cuerpos, con otras escenas que nunca llegó a experimentar. Con todo. Y la culpa, más pausada, pero la culpa al fin y al cabo, siguió estando.
Momentos hubo en los que deseó no ser así, no verse impelida a coquetear de ese modo; no luchar inconscientemente por sentir que atraía; que hombres casi desconocidos pensaban, como ella, en escenas que nunca sucederían; que el deseo que no se atrevía a reproducir, vivía en su mente y en la de otros, como un crimen compartido que no pudiesen confesar.
Siempre había sido así. Siempre había ocurrido. No podía pasar desapercibida. Al principio por su cuerpo. Después por ese encanto que le daba la madurez. Y ahora, ¿por qué seguía sucediendo ahora? A ella la había pintado así, pero estaba ya tan desdibujada… Hubiera deseado tener algún control sobre su cuerpo, sobre sus reacciones, sobre esas sonrisas que parecían embrujar pese al paso del tiempo, sobre su mente que no reconocía la edad y se estancaba en aquellos lejanos años de vergüenza y juventud. Siempre le había pasado. Siempre. Pero ya era hora de que acabase, porque no había nada más incómodo que saber que José era como tantos otros, que no podía evitar sentirse atraído por ella, por su voz, por su mirada, por su conversación, por esa risa atemporal que alegraba el cuarto. A ella le hubiese gustado que ya no fuese así, que pudiese evitar coquetear. Le hubiese gustado incluso sentir la culpa de antes, y no esa vergüenza, esa sensación de ridículo al saber que, sin poder evitarlo, estaba coqueteando descaradamente con el nieto de su compañera de cuarto en la residencia de ancianos"

viernes, 9 de marzo de 2012

La culpa (2)

Me despertó el sonido del teléfono, que se metió en mi sueño y jugó un ratito con las imágenes inconexas que se negaban a abandonarme. Siguió sonando, hasta disiparlas del todo. Alargué la mano y cogí el auricular.

-          ¿Sí? - Fue todo lo que acerté a decir.

 Al otro lado el silencio, y algo como la respiración de una persona.

-          ¿Quién es? - insistí, ya más despierta.


-          ¿Isabel Gavala?


-          Sí soy yo, ¿quién llama?


-          Eres una hija de puta y una cabrona. Te vas a enterar. Te voy...


No llegué a oír el final. Colgué directamente. Miré el reloj de la mesilla. Las tres de la mañana. Otra vez. Otra vez ese cabrón, quien quiera que fuera, me volvía a llamar de madrugada, amenazándome. Ya estaba harta. Mañana, sin falta, se lo contaría. Tenía que contárselo.





-          ¿De parte de quién? - Me pareció notar un leve deje de ironía en la pregunta, pero en seguida deseché la idea.


-          De parte de Isabel Gavala, de Recursos Humanos.


-          Un momento, que le paso.


Música. Espera. Quizá debería haber utilizado a Carmen para hacer la llamada. Darme un poco de importancia. Era lo que hacía todo el mundo, ¿no? Pero conociendo a Carmen, esa concesión a la autoestima podía acabar fatal. No, a pesar del tonillo de la secretaria, había hecho bien.
 

-          ¡Hola, Isa!, ¡qué sorpresa!, ¿a qué debo el honor?  Hace mucho que no me llamas.-
 

Noté el tono de reproche, pero decidí ignorarlo. Julián y yo habíamos tenido una más que intensa relación que terminó después de múltiples reproches mutuos y mucho dolor. Él guardaba la esperanza de recuperarla. Yo sabía que no era posible. Por eso había tardado tanto en decidirme a contárselo. Pero ya no podía más. Él era el Director de Seguridad de la empresa y tenía que saberlo.

-          Julián. Quiero hacerte una consulta profesional. Supongo que Julia no te ha contado nada.


-          ¿Julia? -


-          Ya veo que no. Desde hace unas dos semanas, recibo llamadas a horas intempestivas.


-          ¿Llamadas?, ¿qué clase de llamadas?


-          Llamadas en las que un hombre me insulta y me amenaza.


-          ¿Y qué tiene que ver Julia en esto?


-          Creo que es algo relacionado con el trabajo. Se lo dije a Julia la semana pasada. Al fin y al cabo es mi jefa, pero ya veo que no ha hecho nada.


-          Desde luego, a mí nadie me ha contado nada. ¿Por qué crees que tiene que ver con el trabajo?


-          No lo sé con seguridad, pero empezaron cuando despedimos a un administrativo del área comercial.


-          ¿Crees que puede ser él?


-          Sí, creo que tiene que ver. Era una persona bastante agresiva, ya sabes, estaba siempre como contenido, como si estuviese deseando darme una paliza, pero supiese que aquí no era posible.


-          ¿Por qué le despedisteis?


-          ¡Julián! Sabes que eso es confidencial.


-          Sí, ya lo sé. Por eso te lo pregunto.- Rió.- Pero entiendo que no me lo respondas, y menos por teléfono. Al fin y al cabo me dedico a la seguridad. ¿Cómo lo tienes para que me pase por tu despacho esta mañana y hablamos?
 

-          La verdad es que tengo dos reuniones, y luego clase de inglés, y por la tarde...-

-          Isabel.- Me interrumpió.- Tranquila. Es sólo un momento, para hablar de este tema. Lo tengo claro.-


-          Perdona, Julián. A las 12. A las 12 tengo un ratito, ¿te viene bien?


-          Allí estaré.




sábado, 3 de marzo de 2012

Venganza

Hoy os dejo un relato (como página a la derecha) que acabo de escribir. Conjuga dos situaciones reales que he transformado para que compongan una sola historia. Ni que decir tiene que yo no soy la protagonista de ninguna de ellas, pero ambas me rozaron en su día y, cada una a su modo, me impactaron.

El relato habla de la injusticia que supone jugar al mismo juego con reglas diferentes. Cuando alguien tiene una ética, unos valores distintos o, simplemene, no los tiene, se hace muy complicado relacionarse con esa persona. Y, si  como ocurre en un entorno laboral, no te queda más remedio que hacerlo, sabes que siempre, siempre, estarás en inferioridad de condiciones. Pero si, como la protagonista, tú consigues martenerte fiel a tus principios aún en los entornos más complicados, siempre te quedará la satisfacción de que hiciste lo que debías. Puede sonar a poco, pero conseguirlo ya es mucho.

No he podido evitar introducir un elemento externo que, finalmente, permita equilibrar la balanza. Una especie de justicia, si no divina, sí literaria.