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domingo, 14 de agosto de 2016

¿Lo has leído?

Si te has leído ya "Arder en la memoria" te invito a que me hagas algunas preguntas sobre la trama y sobre la novela (sin desvelar el final, claro).

Esas preguntas serán utilizadas para añadir a la presentación de "Arder en la memoria" el próximo 3 de septiembre.

¡Muchas gracias!

domingo, 15 de noviembre de 2015

COSMOPOLITAN



-      Te pega beber un Cosmopolitan – dijo él, mientras le dedicaba una de sus sonrisas.


“Vaya, hombre”, pensó ella. “Con lo que me ha costado decidirme y ahora viene éste con lo del Cosmopolitan. ¿Y qué es lo que lleva? Si es que no lo sé. Mejor voy a lo seguro, que luego la lío. Un JB con Coca-Cola y ya está. Eso sí, la Coca mejor Zero, que con lo que he cenado, la dieta se va a paseo”.


Él,  Enrique, seguía sonriendo y eso la ponía nerviosa. Esa noche todo le parecía tan complicado… Había decidido hacer caso a su hermana y salir con ella y sus amigos.


-      Venga, no seas tonta. Te hace falta airearte. Y son todos majos. Si yo creo que no hay ninguno al que no conozcas. –


Y era cierto. Les conocía. Les conocía a casi todos. Habían sido también sus amigos. Hacía ya tanto tiempo… Su hermana y ella se llevaban cinco años y, aunque esa diferencia lo fue cuando eran pequeñas, una vez que cumplió los veinticinco pareció evaporarse. Por eso habían compartido el mismo grupo. Hasta que… Hasta que ella, Blanca, la mayor, se casó, hacía de eso exactamente veinte años, tres meses y diecisiete días. Desde entonces fue Julián, y luego Clara y David, los niños, y ya no hubo manera. Sabía de todos por Ana, su hermana. Que si Beatriz y Luis se habían casado. Que si Guillermo se fue a vivir a Alemania. Que si a Elena le había ido muy bien con el despacho y Javi no conseguía cuajar en ningún trabajo…


Estaba al día de las novedades, pero apenas les veía. No como Ana, que aunque convivía con Eduardo desde hacía más de diez años, seguía manteniendo el contacto, y había establecido como norma que una vez al mes dejaba a las mellizas en casa y quedaba con sus amigos. Casi siempre con Eduardo, pero había veces que incluso iba sola.


-      Yo preparo unos Cosmopolitan estupendos – insistió Enrique y Blanca no supo que contestar. – Es que te pega, de verdad. Me recuerdas a una de las protagonistas de “Sexo en Nueva York”.- Continuó él.



“Vaya, ésta sí que es buena. Con la de series que me trago y no he visto ésta. Y ahora no sé qué me quiere decir. Algún capítulo, de pasada, sí que me suena, de hacer zapping. Seguro que mi hermana sabe algo, pero está lejos, como para ir a preguntarle. Eran cuatro, ¿no? las protagonistas. ¿A cuál de ellas le recuerdo? Y sobre todo, ¿por qué?, ¿Y qué le digo sin parecer idiota?”


Pero Enrique seguía a lo suyo, como si no le importase la cara de desconcierto de Blanca.



-      No sé cómo se llama el personaje, pero la actriz es Sarah Jessica Parker.- Continuó.


“Bueno”, se dijo Blanca, “al menos creo que ésa es la que mejor parada sale en la serie, ¿no?” Pero no se atrevió a decirlo en alto. En lugar de eso, preguntó:


-      ¿Y por qué te la recuerdo? –



-      No sé. Siempre me lo ha parecido. Desde que empezó la serie.- Y a Blanca  le vino a la mente que conocía a Enrique desde hacía más de veinticinco años y que, en su momento, justo antes de que apareciese Julián, a ella había llegado a preocuparle que ese chaval, varios años más joven que ella, ¿cuántos?, ¿cinco?, ¿siete?, no se le fuese de la cabeza.


Sí, Enrique siempre le pareció especial. Muy atractivo. Y aunque ya no quedase prácticamente nada de ese pelo rubio (ahora era más bien escaso y castaño); aunque alrededor de esos ojos, tan azules, se marcasen las arrugas, cuando estaba cerca de él aún podía notar la sensación, la misma de entonces. Las ganas de mirarle, de conseguir que volviera a sonreír, que apareciesen de nuevo sus dientes (tan blancos…  Por cierto, ¿no se habría hecho algún tratamiento?) 


Sí, Enrique siempre había sido especial. Con su vida de crápula, viajando de acá para allá, cambiando de trabajo, de pareja, de casa… Tan distinto a ella, a su vida de esposa y madre trabajadora, que ahora se le antojaba tan poco lustrosa. Esa vida que lo había sido todo durante los últimos años y que ya no estaba. Ya no. Desde que en enero dijo no aguanto más y decidió que ya era hora de que Julián y ella se contasen la verdad. Que ninguno quería seguir con su matrimonio. Que hacía años que no eran una pareja. Que ya ni en  las cosas que siempre les habían unido, los libros, el cine… tenían los mismos gustos. Que los niños eran mayores y lo entenderían.


Por eso Ana se había empeñado en airearla. Porque desde que se divorció no era la misma. Se sentía bien. En cierto modo, liberada. Era algo que los dos sabían que tenían que hacer, aunque ninguno se atrevía a dar el paso. Pero durante el tiempo que duró su matrimonio, Blanca no había tenido más horizonte que el de su marido y sus hijos. Hacía tanto que no salía sin ellos… Y no digamos salir a tomar una copa y bailar, como estaba haciendo esa noche. Con lo que le gustaba a ella bailar. Pero ahora no sabía cómo se haría. Seguro que el estilo habría cambiado y llamaba la atención, moviéndose de un modo extraño. Se sentía tan rara…


-      Un Gin-tonic de Heindrick con Fever tree.- Pidió Enrique. Y la miró a ella, para ver qué quería. Blanca empezó a dudar. Seguro que lo que iba a pedir estaba pasado de moda. “Si mira lo que ha pedido él”. Apunto estaba de decidirse por una Coca-Cola y ya está, pero no, necesitaba un poco del aplomo y la confianza que le iba a proporcionar el alcohol, por lo que no le dio más vueltas.



-      Pues, pídeme lo mismo.- Dijo, a pesar de que odiaba la ginebra. Siempre le había parecido que sabía a colonia. Pero cuando el camarero acabó de preparar la mezcla - ¡Por Dios, si parece una receta de las de mi madre!, la de cosas que le echa – y lo probó, no le supo en absoluto a colonia. Y se lo dijo a Enrique.



-      Es que depende de la ginebra y de la tónica que uses. Y cada Gin-tonic es distinto. Además, yo tengo una teoría – le dijo, mirándola con gesto travieso – Se puede saber cuándo dejó de salir habitualmente una persona por la bebida que pide.-


Blanca se echó a reír.


-      Pues he estado a punto de pedir un JB con Coca- Cola.-



-      ¿Ves? – contestó Enrique – esto confirma mi teoría. Tú salías en los ochenta.-



-      No vale. – Se quejó ella. Tú lo sabes, sabes cuándo dejé de salir. Juegas con ventaja.-



-      Sí, en tu caso sí. – Admitió él.- Pero verás, Eduardo ha pedido, seguro, un Brugal con Coca- Cola. Ron, eso corresponde a los noventa.



-      ¿Y el Gin-Tonic?, ¿tú  cuándo dejaste de salir? – preguntó Blanca. Enrique sonrió.



-      Yo no he dejado de hacerlo.-



-      ¿Qué tal chicos? – preguntó Ana, que, junto a Eduardo (y a un ron con Coca-Cola, ¡bingo!) apareció y se colocó entre Blanca y Enrique. – Trátame bien a mi hermana, Quique, no me la asustes, que no quiero que se arrepienta y deje de venir con nosotros.-



-      ¿Cuándo he tratado yo mal a una chica? – preguntó Enrique, fingiendo enfado.



-      No, si ése es el problema, que las tratas demasiado bien – protestó Eduardo.





Y así, entre bromas, recuerdos, copas y bailes, fue transcurriendo la noche.



Blanca se dio cuenta de que la forma de bailar no había cambiado tanto. O a lo mejor era que la mayoría de sus amigos llevaban también tiempo sin salir, como ella, pero lo cierto fue que no se sintió extraña, incluso conocía las canciones.



También descubrió que Enrique, además, era un buen conversador. Le habló de sus viajes, de su empresa, un proyecto nuevo que iba saliendo a flote con dificultad, e incluso de Susana, su mujer. Sí, porque Blanca no lo recordaba, pero Enrique se había casado. Hacía de eso cinco años.



Y uno desde su separación.



Con la conversación llegaron los recuerdos. Los recuerdos de historias compartidas y los de las sensaciones que ella creía extinguidas. El roce de su brazo en la cintura, como por descuido, cuando volvieron a la barra, para pedir otro Gin-Tonic, ese roce que ella notaba no sólo allí sino recorriéndole la espalda; el susurro de su voz, cerca del oído, fingiendo que era el ruido de la música el que no les permitía oír bien, y no la necesidad de estar cerca la que modulaba la voz, para buscar al otro; la pierna de él chocando con la de ella, ambos sentados en los taburetes altos… y el tacto de su boca recorriendo su cuerpo, en su recuerdo y en el deseo que creía olvidado.



Recordó que todas esas sensaciones fueron antes, y que ya habían estado allí; que Enrique no sólo era el chico más atractivo que había conocido hasta que apareció Julián, sino que también fue su secreto, el de la pasión que nunca confesó, que creyó haber olvidado, el amigo de su hermana, más joven, un crápula, una locura que no duró más que una noche y que quedó en la recamara de sus fantasías hasta hoy.



Blanca no solía beber. Y llevaba ya tres copas. Le vino a la cabeza el primer comentario de Enrique, el que le hizo al llegar al bar.



-      ¿Por qué te recuerdo a Sarah Jessica Parker? – preguntó. Bueno, ya sé que tiene más o menos mi edad, pero… No sé, ¿por qué? –



-      No es a la actriz – dijo Enrique.- Es al personaje. Carrie algo, creo que se llama. Escribe, es periodista, como tú querías ser. Y es un icono de moda y estilo. Parece fuerte y sin embargo, es también vulnerable. No sé… Siempre me ha recordado a ti. – E hizo un gesto que quería decir que no había más explicación.


Blanca notó un leve mareo, que no sabía si atribuir al alcohol o a las palabras de Enrique. 


Empezaba a recordar aquella noche de un modo cada vez más nítido y se preguntó si Enrique, como ella, guardaría esos recuerdos como algunos de los más placenteros que había tenido. 


Le miró y supo cómo interpretar esa sonrisa que ella tanto buscaba.


-      ¿No me habías dicho que hacías unos Cosmopolitan muy buenos?  Pues demuéstramelo.- Le dijo.



Y salieron los dos de la discoteca, riendo, dispuesto a comprobar si los recuerdos de esa noche seguían estando dispuestos a regresar tanto tiempo después.


lunes, 18 de agosto de 2014

CONCURSO DE NOVELA EN AMAZON

Hola a todos,

hacía tiempo que no publicaba nada y hoy aparezco nuevamente en el blog para contaros que participo en un concurso de novela. Es un poco peculiar, porque la novela ya está publicada en Amazon.

Os dejo el enlace:

http://www.amazon.es/Culpa-María-José-Serrano-Valverde-ebook/dp/B00MSXOBO8/ref=sr_1_415?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1408


Podéis comprarla y también hacer comentarios.

¡Muchas gracias!

domingo, 1 de junio de 2014

El misterioso caso del agujero de La Técnica





Nadie sabía qué era lo que estaba pasando. No se recordaba algo así. Ni los más viejos del lugar podían explicarlo. Todo empezó a finales de año. Con los días tan cortos que acababan casi sin darte cuenta. Con la bruma cubriendo los picos de las gemelas, las dos colinas que rodeaban el pueblo, haciendo más suaves sus inviernos y separándolo de los vecinos.

El primero que desapareció fue Toño, el hijo del panadero. Al principio casi nadie se dio cuenta. Y no porque no le conociesen, que cualquiera era capaz de contar alguna historia sobre él. Pero casi todas eran iguales. Historias de gamberradas, de quejas y desatinos. Toño era más que famoso por no hacer nada bien. O mejor, por no hacer nada. Por eso, al principio, nadie se dio cuenta de su desaparición.

Debía llevar dos días fuera cuando su padre empezó a buscarle. Nadie supo decirle dónde estaba, ni siquiera se ponían de acuerdo sobre quién fue la última persona que le había visto y mucho menos sobre qué hacía en esos momentos. Unos decían que lo de siempre, fumar a la puerta del bar; otros que le vieron un poco alicaído, como triste, que le pasaba algo, y hasta hubo algunos que aseguraron que había subido al pico de la Técnica, una de las dos colinas gemelas  - la Técnica y la Mantenida - que rodeaban el pueblo.

-      - ¿A la Técnica? – preguntó José, su padre.- Pero, ¿qué dices?, si en su vida le ha gustado hacer ejercicio. Y aunque la montaña no es el Mont Blanc, su esfuerzo le costaría llegar. Que no, que no, que Toño no está para esos trotes. Seguro que aparece en unos días. Más gordas las ha hecho…-

Pero Toño no apareció. Ni dio señales de vida. Nada, ninguna noticia. Ya pensaban organizar una batida por los campos de los alrededores cuando don Pedro - el médico suplente que vino para cubrir la enfermedad de don Higinio, iba ya para dos años  - dijo que eso había sido por el agujero de la Técnica. Al principio nadie le creyó, a pesar de que era un hombre muy respetado, pero es que la explicación tenía lo suyo.

Don Pedro les contó que en la Técnica había un agujero, más bien una cueva, y que desde tiempo inmemorial se hablaba de que era la puerta a otro mundo. Unos decían que era una sima sin fondo y el que entraba allí no volvía. Otros decían que era la vía a un mundo mejor, a un mundo en el que la dureza del pueblo se relajaba; en el que no había que trabajar de sol a sol; en el que daba igual no seguir las normas.

En el pueblo empezaron a tener por loco a Don Pedro; pero él insistía en que esa leyenda era muy conocida más allá de los límites marcados por las colinas gemelas. Que en el pueblo nunca la habían oído porque estaban muy aislados y apenas tenían contacto con el exterior. Pero que él, que en su larga carrera había conocido muchos más pueblos, podía asegurar que la leyenda del agujero de la Técnica era cierta.

A escondidas, cuando se sentía seguro, cuando estaba a solas con Charo, la enfermera, con  Ramón, el farmacéutico, y con Gabriel, el concejal, les contaba su verdad. Que la cueva de la Técnica daba acceso a otro mundo, sí, pero que  no era mejor. Que él sabía la verdad, y que ese mundo, aparentemente feliz, estaba condenado a la desaparición. Porque antes que la cueva de la Técnica hubo muchas otras cuevas. Y todas acabaron igual. Desapareciendo. Era necesario. Necesario para que los pueblos pudieran seguir adelante, para limpiar y separar lo bueno de lo malo. Por eso nadie sabía exactamente la verdad, porque en realidad, no querían saberla, preferían seguir jugando a ser felices; preferían olvidarse de todos aquéllos que se fueron para hacerles la vida más fácil. 

El tiempo pasó y todos – o casi todos – se olvidaron de Toño. Se había ido y ya volvería. O no. Hasta su padre parecía tranquilo con la situación. Al fin y al cabo ya no tenían que soportar sus gamberradas, esas bromas sin gracia que tan incómodas se les habían hecho en los últimos años.

Los que estaban preocupados eran Charo, Ramón y Gabriel. Don Pedro seguía insistiendo en el agujero de la colina y, cada vez era más fácil reconocer las miradas que le dirigía el resto de habitantes del pueblo. “Está loco”, se leía en ellas. Pero él insistía y les contaba que había otras cuevas, y otras colinas, y que siempre era igual, siempre. Que lo que parecía fácil no lo era y que ese camino conducía al agujero. 

Su argumentación cada vez se hacía más elaborada. Hablaba del mito  de la caverna, de Platón; de las novelas de Samarago; de Kierkegaard… Cuanto más complicaba sus argumentos, más loco parecía.

Hasta que un día llegó al pueblo un forastero, un tal Sebastián, una especie de peregrino que recorría el país. Él si había oído hablar de la leyenda de la cueva y la colina. La contaba de otro modo, pero se parecía bastante. Él les habló de otros vecinos que, antes que Toño, habían subido a la Técnica. Hacía ya mucho de aquello, pero Alfonso, el abuelo de Gabriel, sin duda alguna la persona más vieja del pueblo, recordó algo. “Eran dos”, dijo, “un hombre y una mujer. No me acuerdo de los nombres, pero se fueron seguiditos, uno detrás del otro”.

Don Pedro no podía reprimir la alegría que sentía por ver que su historia estaba siendo corroborada. Se paseaba por el pueblo, feliz, mirando a todos con esa superioridad, tan suya, que en los últimos tiempos había estado a punto de perder. En el fondo les compadecía, era lógico, un pueblo tan aislado, sin contacto con el exterior… Para ellos era difícil conocer lo que sucedía fuera, cómo se hacían las cosas… Por eso le necesitaban a él y personas como él. Personas que conocían la receta para hacer que el pueblo funcionase mejor.

Pero Sebastián, el peregrino, se fue del pueblo y don Pedro volvió a quedarse solo.

Empezó a correr el rumor de que el mundo al otro lado de la cueva era mejor. Que no merecía la pena esforzarse tanto si allí, tan cerca, se podía conseguir lo mismo y más, sin hacer casi nada. 

Los más jóvenes empezaron a organizar una excursión. No podía pasar nada, total, si eran muchos, seguro que podrían ayudarse entre ellos, fuese lo que fuese lo que hubiese en la cueva y podrían volver. Y contarían al pueblo lo que pasaba allí.

Los preparativos duraron meses. Y durante ese tiempo, todos, los jóvenes y los mayores, vivieron más pendientes de la cueva de que sus quehaceres diarios. Al fin y al cabo era una aventura única, algo que nunca había pasado en el pueblo.  La oportunidad de desvelar un secreto ancestral.

Y partieron hacía la Técnica. Eran muchos, tantos, que el pueblo se quedó prácticamente vacío. Sólo con los más ancianos, con aquellos que no podían o no querían emprender esa aventura.

También se quedó don Pedro. No le habían hecho caso. Se había cansado de decir que ése no era el camino correcto. Que la cueva, y la vida aparentemente feliz del otro lado, no era la solución. Que era justo al contrario, la existencia de la cueva hacía que el pueblo pudiese seguir adelante.

Pero nadie le hizo caso. 

El atractivo de un mundo sin esfuerzo fue mucho mayor.

Y el tiempo pasó. Y los jóvenes no volvieron

El pueblo se fue deteriorando poco a poco, consumido, como los habitantes que no se habían atrevido a desafiar la leyenda.

Los pocos que quedaron, Charo, Gabriel y Ramón entre ellos, se esforzaban por seguir, por hacer de ese pueblo lo que siempre había sido, pero cada vez resultaba más difícil.

Hasta que un día, cuando Charo llegó a la consulta, vio una nota sobre la mesa. No le costó reconocer la letra picuda de don Pedro. Antes de leerla, sabía lo que decía.

Se había ido hacia el agujero de la Técnica