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domingo, 15 de noviembre de 2015

COSMOPOLITAN



-      Te pega beber un Cosmopolitan – dijo él, mientras le dedicaba una de sus sonrisas.


“Vaya, hombre”, pensó ella. “Con lo que me ha costado decidirme y ahora viene éste con lo del Cosmopolitan. ¿Y qué es lo que lleva? Si es que no lo sé. Mejor voy a lo seguro, que luego la lío. Un JB con Coca-Cola y ya está. Eso sí, la Coca mejor Zero, que con lo que he cenado, la dieta se va a paseo”.


Él,  Enrique, seguía sonriendo y eso la ponía nerviosa. Esa noche todo le parecía tan complicado… Había decidido hacer caso a su hermana y salir con ella y sus amigos.


-      Venga, no seas tonta. Te hace falta airearte. Y son todos majos. Si yo creo que no hay ninguno al que no conozcas. –


Y era cierto. Les conocía. Les conocía a casi todos. Habían sido también sus amigos. Hacía ya tanto tiempo… Su hermana y ella se llevaban cinco años y, aunque esa diferencia lo fue cuando eran pequeñas, una vez que cumplió los veinticinco pareció evaporarse. Por eso habían compartido el mismo grupo. Hasta que… Hasta que ella, Blanca, la mayor, se casó, hacía de eso exactamente veinte años, tres meses y diecisiete días. Desde entonces fue Julián, y luego Clara y David, los niños, y ya no hubo manera. Sabía de todos por Ana, su hermana. Que si Beatriz y Luis se habían casado. Que si Guillermo se fue a vivir a Alemania. Que si a Elena le había ido muy bien con el despacho y Javi no conseguía cuajar en ningún trabajo…


Estaba al día de las novedades, pero apenas les veía. No como Ana, que aunque convivía con Eduardo desde hacía más de diez años, seguía manteniendo el contacto, y había establecido como norma que una vez al mes dejaba a las mellizas en casa y quedaba con sus amigos. Casi siempre con Eduardo, pero había veces que incluso iba sola.


-      Yo preparo unos Cosmopolitan estupendos – insistió Enrique y Blanca no supo que contestar. – Es que te pega, de verdad. Me recuerdas a una de las protagonistas de “Sexo en Nueva York”.- Continuó él.



“Vaya, ésta sí que es buena. Con la de series que me trago y no he visto ésta. Y ahora no sé qué me quiere decir. Algún capítulo, de pasada, sí que me suena, de hacer zapping. Seguro que mi hermana sabe algo, pero está lejos, como para ir a preguntarle. Eran cuatro, ¿no? las protagonistas. ¿A cuál de ellas le recuerdo? Y sobre todo, ¿por qué?, ¿Y qué le digo sin parecer idiota?”


Pero Enrique seguía a lo suyo, como si no le importase la cara de desconcierto de Blanca.



-      No sé cómo se llama el personaje, pero la actriz es Sarah Jessica Parker.- Continuó.


“Bueno”, se dijo Blanca, “al menos creo que ésa es la que mejor parada sale en la serie, ¿no?” Pero no se atrevió a decirlo en alto. En lugar de eso, preguntó:


-      ¿Y por qué te la recuerdo? –



-      No sé. Siempre me lo ha parecido. Desde que empezó la serie.- Y a Blanca  le vino a la mente que conocía a Enrique desde hacía más de veinticinco años y que, en su momento, justo antes de que apareciese Julián, a ella había llegado a preocuparle que ese chaval, varios años más joven que ella, ¿cuántos?, ¿cinco?, ¿siete?, no se le fuese de la cabeza.


Sí, Enrique siempre le pareció especial. Muy atractivo. Y aunque ya no quedase prácticamente nada de ese pelo rubio (ahora era más bien escaso y castaño); aunque alrededor de esos ojos, tan azules, se marcasen las arrugas, cuando estaba cerca de él aún podía notar la sensación, la misma de entonces. Las ganas de mirarle, de conseguir que volviera a sonreír, que apareciesen de nuevo sus dientes (tan blancos…  Por cierto, ¿no se habría hecho algún tratamiento?) 


Sí, Enrique siempre había sido especial. Con su vida de crápula, viajando de acá para allá, cambiando de trabajo, de pareja, de casa… Tan distinto a ella, a su vida de esposa y madre trabajadora, que ahora se le antojaba tan poco lustrosa. Esa vida que lo había sido todo durante los últimos años y que ya no estaba. Ya no. Desde que en enero dijo no aguanto más y decidió que ya era hora de que Julián y ella se contasen la verdad. Que ninguno quería seguir con su matrimonio. Que hacía años que no eran una pareja. Que ya ni en  las cosas que siempre les habían unido, los libros, el cine… tenían los mismos gustos. Que los niños eran mayores y lo entenderían.


Por eso Ana se había empeñado en airearla. Porque desde que se divorció no era la misma. Se sentía bien. En cierto modo, liberada. Era algo que los dos sabían que tenían que hacer, aunque ninguno se atrevía a dar el paso. Pero durante el tiempo que duró su matrimonio, Blanca no había tenido más horizonte que el de su marido y sus hijos. Hacía tanto que no salía sin ellos… Y no digamos salir a tomar una copa y bailar, como estaba haciendo esa noche. Con lo que le gustaba a ella bailar. Pero ahora no sabía cómo se haría. Seguro que el estilo habría cambiado y llamaba la atención, moviéndose de un modo extraño. Se sentía tan rara…


-      Un Gin-tonic de Heindrick con Fever tree.- Pidió Enrique. Y la miró a ella, para ver qué quería. Blanca empezó a dudar. Seguro que lo que iba a pedir estaba pasado de moda. “Si mira lo que ha pedido él”. Apunto estaba de decidirse por una Coca-Cola y ya está, pero no, necesitaba un poco del aplomo y la confianza que le iba a proporcionar el alcohol, por lo que no le dio más vueltas.



-      Pues, pídeme lo mismo.- Dijo, a pesar de que odiaba la ginebra. Siempre le había parecido que sabía a colonia. Pero cuando el camarero acabó de preparar la mezcla - ¡Por Dios, si parece una receta de las de mi madre!, la de cosas que le echa – y lo probó, no le supo en absoluto a colonia. Y se lo dijo a Enrique.



-      Es que depende de la ginebra y de la tónica que uses. Y cada Gin-tonic es distinto. Además, yo tengo una teoría – le dijo, mirándola con gesto travieso – Se puede saber cuándo dejó de salir habitualmente una persona por la bebida que pide.-


Blanca se echó a reír.


-      Pues he estado a punto de pedir un JB con Coca- Cola.-



-      ¿Ves? – contestó Enrique – esto confirma mi teoría. Tú salías en los ochenta.-



-      No vale. – Se quejó ella. Tú lo sabes, sabes cuándo dejé de salir. Juegas con ventaja.-



-      Sí, en tu caso sí. – Admitió él.- Pero verás, Eduardo ha pedido, seguro, un Brugal con Coca- Cola. Ron, eso corresponde a los noventa.



-      ¿Y el Gin-Tonic?, ¿tú  cuándo dejaste de salir? – preguntó Blanca. Enrique sonrió.



-      Yo no he dejado de hacerlo.-



-      ¿Qué tal chicos? – preguntó Ana, que, junto a Eduardo (y a un ron con Coca-Cola, ¡bingo!) apareció y se colocó entre Blanca y Enrique. – Trátame bien a mi hermana, Quique, no me la asustes, que no quiero que se arrepienta y deje de venir con nosotros.-



-      ¿Cuándo he tratado yo mal a una chica? – preguntó Enrique, fingiendo enfado.



-      No, si ése es el problema, que las tratas demasiado bien – protestó Eduardo.





Y así, entre bromas, recuerdos, copas y bailes, fue transcurriendo la noche.



Blanca se dio cuenta de que la forma de bailar no había cambiado tanto. O a lo mejor era que la mayoría de sus amigos llevaban también tiempo sin salir, como ella, pero lo cierto fue que no se sintió extraña, incluso conocía las canciones.



También descubrió que Enrique, además, era un buen conversador. Le habló de sus viajes, de su empresa, un proyecto nuevo que iba saliendo a flote con dificultad, e incluso de Susana, su mujer. Sí, porque Blanca no lo recordaba, pero Enrique se había casado. Hacía de eso cinco años.



Y uno desde su separación.



Con la conversación llegaron los recuerdos. Los recuerdos de historias compartidas y los de las sensaciones que ella creía extinguidas. El roce de su brazo en la cintura, como por descuido, cuando volvieron a la barra, para pedir otro Gin-Tonic, ese roce que ella notaba no sólo allí sino recorriéndole la espalda; el susurro de su voz, cerca del oído, fingiendo que era el ruido de la música el que no les permitía oír bien, y no la necesidad de estar cerca la que modulaba la voz, para buscar al otro; la pierna de él chocando con la de ella, ambos sentados en los taburetes altos… y el tacto de su boca recorriendo su cuerpo, en su recuerdo y en el deseo que creía olvidado.



Recordó que todas esas sensaciones fueron antes, y que ya habían estado allí; que Enrique no sólo era el chico más atractivo que había conocido hasta que apareció Julián, sino que también fue su secreto, el de la pasión que nunca confesó, que creyó haber olvidado, el amigo de su hermana, más joven, un crápula, una locura que no duró más que una noche y que quedó en la recamara de sus fantasías hasta hoy.



Blanca no solía beber. Y llevaba ya tres copas. Le vino a la cabeza el primer comentario de Enrique, el que le hizo al llegar al bar.



-      ¿Por qué te recuerdo a Sarah Jessica Parker? – preguntó. Bueno, ya sé que tiene más o menos mi edad, pero… No sé, ¿por qué? –



-      No es a la actriz – dijo Enrique.- Es al personaje. Carrie algo, creo que se llama. Escribe, es periodista, como tú querías ser. Y es un icono de moda y estilo. Parece fuerte y sin embargo, es también vulnerable. No sé… Siempre me ha recordado a ti. – E hizo un gesto que quería decir que no había más explicación.


Blanca notó un leve mareo, que no sabía si atribuir al alcohol o a las palabras de Enrique. 


Empezaba a recordar aquella noche de un modo cada vez más nítido y se preguntó si Enrique, como ella, guardaría esos recuerdos como algunos de los más placenteros que había tenido. 


Le miró y supo cómo interpretar esa sonrisa que ella tanto buscaba.


-      ¿No me habías dicho que hacías unos Cosmopolitan muy buenos?  Pues demuéstramelo.- Le dijo.



Y salieron los dos de la discoteca, riendo, dispuesto a comprobar si los recuerdos de esa noche seguían estando dispuestos a regresar tanto tiempo después.


lunes, 18 de agosto de 2014

CONCURSO DE NOVELA EN AMAZON

Hola a todos,

hacía tiempo que no publicaba nada y hoy aparezco nuevamente en el blog para contaros que participo en un concurso de novela. Es un poco peculiar, porque la novela ya está publicada en Amazon.

Os dejo el enlace:

http://www.amazon.es/Culpa-María-José-Serrano-Valverde-ebook/dp/B00MSXOBO8/ref=sr_1_415?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1408


Podéis comprarla y también hacer comentarios.

¡Muchas gracias!

domingo, 1 de junio de 2014

El misterioso caso del agujero de La Técnica





Nadie sabía qué era lo que estaba pasando. No se recordaba algo así. Ni los más viejos del lugar podían explicarlo. Todo empezó a finales de año. Con los días tan cortos que acababan casi sin darte cuenta. Con la bruma cubriendo los picos de las gemelas, las dos colinas que rodeaban el pueblo, haciendo más suaves sus inviernos y separándolo de los vecinos.

El primero que desapareció fue Toño, el hijo del panadero. Al principio casi nadie se dio cuenta. Y no porque no le conociesen, que cualquiera era capaz de contar alguna historia sobre él. Pero casi todas eran iguales. Historias de gamberradas, de quejas y desatinos. Toño era más que famoso por no hacer nada bien. O mejor, por no hacer nada. Por eso, al principio, nadie se dio cuenta de su desaparición.

Debía llevar dos días fuera cuando su padre empezó a buscarle. Nadie supo decirle dónde estaba, ni siquiera se ponían de acuerdo sobre quién fue la última persona que le había visto y mucho menos sobre qué hacía en esos momentos. Unos decían que lo de siempre, fumar a la puerta del bar; otros que le vieron un poco alicaído, como triste, que le pasaba algo, y hasta hubo algunos que aseguraron que había subido al pico de la Técnica, una de las dos colinas gemelas  - la Técnica y la Mantenida - que rodeaban el pueblo.

-      - ¿A la Técnica? – preguntó José, su padre.- Pero, ¿qué dices?, si en su vida le ha gustado hacer ejercicio. Y aunque la montaña no es el Mont Blanc, su esfuerzo le costaría llegar. Que no, que no, que Toño no está para esos trotes. Seguro que aparece en unos días. Más gordas las ha hecho…-

Pero Toño no apareció. Ni dio señales de vida. Nada, ninguna noticia. Ya pensaban organizar una batida por los campos de los alrededores cuando don Pedro - el médico suplente que vino para cubrir la enfermedad de don Higinio, iba ya para dos años  - dijo que eso había sido por el agujero de la Técnica. Al principio nadie le creyó, a pesar de que era un hombre muy respetado, pero es que la explicación tenía lo suyo.

Don Pedro les contó que en la Técnica había un agujero, más bien una cueva, y que desde tiempo inmemorial se hablaba de que era la puerta a otro mundo. Unos decían que era una sima sin fondo y el que entraba allí no volvía. Otros decían que era la vía a un mundo mejor, a un mundo en el que la dureza del pueblo se relajaba; en el que no había que trabajar de sol a sol; en el que daba igual no seguir las normas.

En el pueblo empezaron a tener por loco a Don Pedro; pero él insistía en que esa leyenda era muy conocida más allá de los límites marcados por las colinas gemelas. Que en el pueblo nunca la habían oído porque estaban muy aislados y apenas tenían contacto con el exterior. Pero que él, que en su larga carrera había conocido muchos más pueblos, podía asegurar que la leyenda del agujero de la Técnica era cierta.

A escondidas, cuando se sentía seguro, cuando estaba a solas con Charo, la enfermera, con  Ramón, el farmacéutico, y con Gabriel, el concejal, les contaba su verdad. Que la cueva de la Técnica daba acceso a otro mundo, sí, pero que  no era mejor. Que él sabía la verdad, y que ese mundo, aparentemente feliz, estaba condenado a la desaparición. Porque antes que la cueva de la Técnica hubo muchas otras cuevas. Y todas acabaron igual. Desapareciendo. Era necesario. Necesario para que los pueblos pudieran seguir adelante, para limpiar y separar lo bueno de lo malo. Por eso nadie sabía exactamente la verdad, porque en realidad, no querían saberla, preferían seguir jugando a ser felices; preferían olvidarse de todos aquéllos que se fueron para hacerles la vida más fácil. 

El tiempo pasó y todos – o casi todos – se olvidaron de Toño. Se había ido y ya volvería. O no. Hasta su padre parecía tranquilo con la situación. Al fin y al cabo ya no tenían que soportar sus gamberradas, esas bromas sin gracia que tan incómodas se les habían hecho en los últimos años.

Los que estaban preocupados eran Charo, Ramón y Gabriel. Don Pedro seguía insistiendo en el agujero de la colina y, cada vez era más fácil reconocer las miradas que le dirigía el resto de habitantes del pueblo. “Está loco”, se leía en ellas. Pero él insistía y les contaba que había otras cuevas, y otras colinas, y que siempre era igual, siempre. Que lo que parecía fácil no lo era y que ese camino conducía al agujero. 

Su argumentación cada vez se hacía más elaborada. Hablaba del mito  de la caverna, de Platón; de las novelas de Samarago; de Kierkegaard… Cuanto más complicaba sus argumentos, más loco parecía.

Hasta que un día llegó al pueblo un forastero, un tal Sebastián, una especie de peregrino que recorría el país. Él si había oído hablar de la leyenda de la cueva y la colina. La contaba de otro modo, pero se parecía bastante. Él les habló de otros vecinos que, antes que Toño, habían subido a la Técnica. Hacía ya mucho de aquello, pero Alfonso, el abuelo de Gabriel, sin duda alguna la persona más vieja del pueblo, recordó algo. “Eran dos”, dijo, “un hombre y una mujer. No me acuerdo de los nombres, pero se fueron seguiditos, uno detrás del otro”.

Don Pedro no podía reprimir la alegría que sentía por ver que su historia estaba siendo corroborada. Se paseaba por el pueblo, feliz, mirando a todos con esa superioridad, tan suya, que en los últimos tiempos había estado a punto de perder. En el fondo les compadecía, era lógico, un pueblo tan aislado, sin contacto con el exterior… Para ellos era difícil conocer lo que sucedía fuera, cómo se hacían las cosas… Por eso le necesitaban a él y personas como él. Personas que conocían la receta para hacer que el pueblo funcionase mejor.

Pero Sebastián, el peregrino, se fue del pueblo y don Pedro volvió a quedarse solo.

Empezó a correr el rumor de que el mundo al otro lado de la cueva era mejor. Que no merecía la pena esforzarse tanto si allí, tan cerca, se podía conseguir lo mismo y más, sin hacer casi nada. 

Los más jóvenes empezaron a organizar una excursión. No podía pasar nada, total, si eran muchos, seguro que podrían ayudarse entre ellos, fuese lo que fuese lo que hubiese en la cueva y podrían volver. Y contarían al pueblo lo que pasaba allí.

Los preparativos duraron meses. Y durante ese tiempo, todos, los jóvenes y los mayores, vivieron más pendientes de la cueva de que sus quehaceres diarios. Al fin y al cabo era una aventura única, algo que nunca había pasado en el pueblo.  La oportunidad de desvelar un secreto ancestral.

Y partieron hacía la Técnica. Eran muchos, tantos, que el pueblo se quedó prácticamente vacío. Sólo con los más ancianos, con aquellos que no podían o no querían emprender esa aventura.

También se quedó don Pedro. No le habían hecho caso. Se había cansado de decir que ése no era el camino correcto. Que la cueva, y la vida aparentemente feliz del otro lado, no era la solución. Que era justo al contrario, la existencia de la cueva hacía que el pueblo pudiese seguir adelante.

Pero nadie le hizo caso. 

El atractivo de un mundo sin esfuerzo fue mucho mayor.

Y el tiempo pasó. Y los jóvenes no volvieron

El pueblo se fue deteriorando poco a poco, consumido, como los habitantes que no se habían atrevido a desafiar la leyenda.

Los pocos que quedaron, Charo, Gabriel y Ramón entre ellos, se esforzaban por seguir, por hacer de ese pueblo lo que siempre había sido, pero cada vez resultaba más difícil.

Hasta que un día, cuando Charo llegó a la consulta, vio una nota sobre la mesa. No le costó reconocer la letra picuda de don Pedro. Antes de leerla, sabía lo que decía.

Se había ido hacia el agujero de la Técnica

domingo, 11 de mayo de 2014

En ocasiones...



No sabía cómo había pasado, cómo había podido suceder algo así. Él era un tipo normal, demasiado normal. El hombre al que nunca le sucedía nada. Del que se podían predecir hasta los gestos y los suspiros. Una persona no expuesta a la incertidumbre. Regida por las normas básicas de la monotonía.
Él, que se levantaba todos los días a las 7.00. Incluso sábados, domingos y vacaciones. “Es que uno se acostumbra y luego ya…”. Él, que hacía siempre el mismo camino para llegar al trabajo. Que cogía el mismo autobús, repleto de la misma gente. Una persona normal, tan normal…

¿Cómo podía haberle pasado una cosa así?

Si es que no tenía que haberse metido en eso. Si él era más de leer y ver películas. Que para la tecnología ya estaba mayor. Pero le insistieron tanto. Y él estaba tan solo…

-      En un año me caso, ya veréis.- Les dijo a sus amigos, tomando una caña en el bar de siempre.

-      - ¿Qué necesidad tienes, Arturo? – Le preguntó Ramón, arrastrando la frase. – Si cualquiera de nosotros daría dinero por estar como tú, solo.-

-     -  Sí, pero un rato. Luego os cansaríais, seguro, y querríais volver a estar como ahora, con pareja.- Se quejó él.

-      - Quita, ¿qué dices? , ¿yo casarme otra vez? Eso ni se me ocurre. Sólo al idiota de Pepe, que la ha vuelto a cagar.- Y mientras lo decía, le daba un cachete a Pepe, que sonreía como un bobo.

Pero Arturo sabía que lo que decían no eran más que frases hechas y bromas. Que todos estaban deseando tomarse la última para volver a casa, y ver a los niños y, ¿por qué no?, también a sus parejas. Y también sabía que a él le gustaría hacer lo mismo. Que él no estaba solo por decisión, como Juan, que iba de una relación a otra, pero que prefería no compartir casa con nadie. No, él estaba solo porque no encontraba pareja. Desde hacía tiempo. Desde que Laura decidió romper con él cuatro meses antes de la fecha en la que tenían prevista la boda. Hacía ya, ¿cuántos años?, ¿tres?

Por eso decidió hacerlo. Al principio se sentía inseguro. Hasta le daba un poco de miedo. Eran personas desconocidas. Le habían dicho que la agencia era de total confianza, pero… Dudaba. Él sabía bien lo que quería. Quería casarse. Y para eso, le habían contado que lo mejor era una agencia y dejar las cosas claras desde el principio.

-      - ¿Y no te parece extraño? – Le preguntó Pepe.

-      - Extraño, ¿por qué? – Respondió él.

-      - No sé. Se me hace raro. Muy forzado. Conocer así a gente… Uf, no sé.

-      - Pues no sé por qué lo dices.- Aclaró Arturo.- Si las cosas están claras, no tiene porqué ser algo raro. Y yo quiero casarme.-

-      - Pero, ¿por qué casarse en lugar de conocer gente? –

-      - Pues porque es lo que necesito.-

Y así, Arturo empezó a relacionarse con Inma. Al principio por correo electrónico.

-      - Chico, ¡qué frío!, ¿no? Ni romanticismo ni nada.- Comentó una mañana de domingo Carmen, la mujer de Ramón.

-      - Pues mira, la verdad, yo lo más parecido que conozco es la boda de mi tío. Se quedó viudo a los 55 y vivía en el pueblo. Y le arreglaron la segunda boda con una conocida de la familia, soltera. No se conocieron hasta una semana antes. Y tan bien que les fue. Que estuvieron juntos un montón de años. Sin problemas de ningún tipo.-

-      - Ay Arturo. Es que me hablas de unas cosas… Pero eso sería hace muchos años, ¿no? Que ahora la gente actúa de otro modo.-

-      - Pues no te creas. Que no era yo tan pequeño. Pues a principios de los 80 sería…-

-      - ¡Jesús!, qué barbaridad. Pues yo sigo sin verlo.-

Pero Arturo sí lo veía y por eso siguió adelante. Inma era rubia y, por la foto que envió, parecía menuda. No demasiado agraciada, pero sin ningún rasgo que afease especialmente su cara. A Arturo le parecía perfecta para sus propósitos. Por eso se decidió a hablar con Inma. Su voz al otro lado del teléfono era tal y como él se la imaginaba.
Y decidió quedar con ella.

-      - ¿Y cómo fue?, ¿Cómo se hace eso? – Le preguntó Ramón, al día siguiente.

-    - Raro, no te lo voy a negar. No sabía qué hacer, ni qué decir. Pero ella tampoco. Por lo que al final, no fue tan difícil. Y hoy… Hoy he quedado otra vez… En mi casa.- Dijo Arturo.

-      - Eh, pero mírale, figura, ya sabes, deja el pabellón alto.- Bromeó Ramón, dándole un puñetazo fingido en el hombro.

Y ambos se echaron a reír.

Eso había sido unas horas atrás, sólo unas horas. Y ahora, era todo tan distinto…

Arturo vivía en la casa que fue de sus padres, de dos plantas, en una zona de la ciudad que no hacía tanto que había dejado de ser un pueblo. Incluso, desde la segunda planta de su casa podía verse la iglesia y la plaza, con su fuente y todo.

Arturo era hijo único por lo que, cuando ambos murieron, en un intervalo de tres años, se quedó solo, con los muebles que le habían acompañado desde pequeño, con esa sensación de estar en su casa y, al mismo tiempo, de que todo pertenecía a otros. No había tocado nada. No había reformado nada. En el fondo, siempre pensó que saldría de allí. Si hasta había comprado un piso con Laura. Un piso que se apresuró a vender y en el que nunca vivió. No como allí, en la casa de sus padres, en su casa… En esa casa anticuada que guardaba todos sus recuerdos y, al mismo tiempo, sus ganas de independencia.

Y allí llevó a Inma. Tardó horas en arreglarse y en ordenar un poco la casa. Se sentía inseguro. Volver a estar con una mujer… Hacía tanto tiempo.

Arturo sabía que no era guapo. Ni siquiera atractivo. Él era feo. Así, sin paliativos. Feo y ya está. Demasiado alto, demasiado gordo, demasiado peludo. Demasiado de todo. No se engañaba. Inma no había quedado prendada de su físico. No. Ella, como él, sabía lo que quería y ambos se conformaban. Pero eso no hacía que estuviese más tranquilo.

Por eso, cuando recogió a Inma en el metro y, paseando, la acompañó a su casa, se odió hasta tres veces por las frases tontas que empezó, sin saber muy bien cómo continuar. Se odió en dos ocasiones por no ser capaz de mostrarse seguro y no abrazarla, o cogerla de la mano, o algo, algún gesto que ayudase a intimar. Y se odió todo el rato por haber elegido una ropa demasiado formal, que no era la que llevaba habitualmente, y con la que se sentía incómodo.

“Total, si tampoco mejoro tanto”, se dijo.

Y siguió odiándose cuando, nada más cerrar la puerta, Inma se abalanzó sobre él y, torpemente, le besó. Y él respondió aún más torpemente.

“Madre mía, esto va más deprisa de lo que esperaba. A ver si estoy a la altura”.

Y mientras pensaba en eso, y notaba la lengua de Inma explorando su boca, no dejaba de darle vueltas a lo que estaba por venir.

Pero no pudo pensar mucho, porque Inma, sin preguntar dónde estaban las habitaciones, subía por las escaleras. Arturo pensó en su cuarto. El que había sido siempre el suyo, y en el que seguía durmiendo. Parecía el de un adolescente. El de un adolescente de los 80. Ahí no podían hacer nada. Si hasta la cama era de 90 centímetros. N siquiera cabían. Pensó en la habitación de sus padres. No se había atrevido a cambiarla. Estaba igual que cuando ellos la usaban. La colcha floreada, el crucifijo que les regalaron en su boda, las fotos… No, las fotos de sus padres. No podría hacerlo con sus padres mirándole.

-     -  Inma.- Llamó, sin saber muy bien qué decir.

Ella volvió la cabeza mientras seguía subiendo.

-      - ¿Sí? –

Y mientras contestaba pisó mal. Antes de que Arturo pudiera decir nada más, la vió caer.

-      - ¡Oh, no! – Arturo fue hacia ella, pero cuando llegó a la escalera, y vio su cara, con los ojos abiertos y la expresión ausente, supo que era tarde.

De todos modos se agachó e intentó buscarle el pulso. Fue en vano. Nada.

Arturo se sentó junto a Inma, junto al cuerpo de Inma, sin saber qué hacer. Se pasó la mano por el pelo, sin acordarse de que se había puesto espuma y que, con ese gesto, destrozaría el peinado que tanto le había costado conseguir.

“Está muerta. ¿Está muerta?” No sabía qué hacer. Quién le había mandado a él meterse en ese lío. Si ya se lo decía todo el mundo. Que eso era raro, que no lo hiciera. Y ahora… ahora…. Oyó el sonido de su móvil que le anunciaba un nuevo correo. Sin pensar bien en lo que hacía miró el móvil y abrió la cuenta de email. Cuando vio el nombre le recorrió un escalofrío. Miró el cuerpo caído a su lado. Volvió a mirar el móvil. En la pantalla, el nombre de Inma, de la Inma que estaba, muerta a su lado, le anunciaba que acababa de recibir un correo.
“Pe…pero…”

No sabía qué hacer, ¿cómo iba Inma a enviarle un correo si estaba ahí, junto a él, si acababa de caerse por las escaleras, si un charco oscuro se iba ensanchando bajo su cuello, extrañamente doblado?
Pero su curiosidad pudo más.

Y abrió el correo de Inma.