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domingo, 8 de septiembre de 2013

Las dos hermanas y Diana


Hoy voy a publicar un cuento infantil. Un cuento que les escribí a mis hijas hace muchos años. En concreto, nueve años, en septiembre de 2004.
 
Se lo escribí a mano y les hice unos dibujos para ilustrarlo. Les gustaba tanto y lo leían tantas veces, que pronto tuve que hacer una fotocopia. Y después, temiendo que se perdiese, lo pasé al ordenador.
 
Y no me equivoqué. Hoy, cuando he ido a rescatarlo del ordenador para publicarlo en el blog, no he encontrado ninguna de las dos copias en papel. Y por poco no encuentro la copia del ordenador, porque está en el antiguo, en ése que ya casi no utilizamos y que no sé cómo no hemos tirado.
 
Pero, por suerte, he llegado a tiempo. Y aquí está es cuento que escribí para mis hijas, para ayudarlas a entender una pérdida. Una de sus primeras pérdidas: la de Diana, la persona que las cuidaba, que encontró un trabajo mejor. Hemos seguido manteniendo contacto con ella, no fue una despedida traumática, pero aún así, a mis hijas -niñas entonces, adolescentes ahora - les costaba entenderlo. Por eso me inventé una historia basada en sus conversaciones y se la regalé. Y ahora la comparto con vosotros.
 
"Había una vez dos niñas que eran hermanas. Se llamaban Patricia y Celia. Patricia era la mayor, tenía el pelo rubio y le gustaban mucho los dibujos, los cuentos y las pelis. Iba a empezar primero de primaria y estaba un poco nerviosa por eso.

 

         Celia era la pequeña. Tenía el pelo moreno y al reir se le formaban dos hoyitos en las mejillas, como a su mamá. Le gustaban mucho los puzzles, los cuentos y los animales.

 

         Las dos hermanas iban al mismo cole y tenían una cuidadora que se llamaba Diana.

 

         Diana llevaba mucho tiempo cuidándolas. De hecho, ellas no eran capaces de recordar a ninguna otra cuidadora. Sabían que había habido otras, incluso habían visto las fotos, pero por más que lo pensaban, las dos hermanas sólo recordaban a Diana.

 

         Diana era joven y muy guapa. Tenía el pelo largo y negro, y en su voz tranquila sonaba la brisa del otro lado del Atlántico, de su casa. Porque Diana, que vivía en Madrid, como las dos hermanas, había nacido muy, muy lejos, en un sitio en el que crecían plantas de nombres extraños, y al que se tardaba casi un día en llegar en avión.

 

         Diana les contaba a veces a las dos hermanas cosas de su país, y de Claudia, la hermana que dejó allí, de lo que ella hacía cuando era pequeña y de lo que tenía pensado para cuando volviera.

 

         Las dos hermanas querían mucho a Diana. Jugaban juntas, la ayudaban en lo que podían, y a veces, también aceptaban sus regañinas cuando se portaban mal.

 

         Un día, mientras merendaban, Diana y sus papás hablaban de algo. Las dos hermanas no sabían de qué, pero en seguida adivinaron que era algo triste, por las caras de los mayores.

 

         Patricia preguntó:

 

-        -   ¿Qué pasa?, ¿de qué habláis?

-         - No pasa nada cariño. Anda, acábate el Cola-Cao.- dijo su madre.

 

Patricia se quedó pensando: “Aquí pasa algo, y no nos lo quieren decir”.

-          Celia – le dijo a su hermana muy bajito y al oído – creo que papá, mamá y Diana tienen un secreto.

-          ¿Un secreto?- preguntó Celia.

-          Sí – dijo Patricia – no sé lo que es, pero es algo de Diana.-

-          ¡Ah!, ya sé – dijo Celia. Yo les he oído decir que Diana se va.-

 
-          ¿Qué?, ¿qué Diana se va? ¡Qué dices Celia!-

 -          Sí, sí, sí, que yo lo he oído.-

 

Patricia se quedó muy seria. Esto era más grave de lo que ella había imaginado. Diana se iba, se iba. Era una tragedia. Pero, ¿adónde?, y sobre todo, ¿por qué?. De pronto tuvo una idea:

 

-          Celia –

-          ¿Qué?

-          Ya sé por qué se va Diana.-

-          ¿Por qué?

-          Porque Diana es una princesa.

-          ¿Una princesa?

-          Sí. ¿No te has dado cuenta?. Con ese pelo largo, y tan guapa. Diana es una princesa, y tiene que volver a su país, que está muy, muy lejos, cruzando el mar grande, para casarse con el príncipe.

-          ¿Con el príncipe?, ¿qué príncipe?.- dijo Celia.

-          Y yo qué sé. Eso da igual.- dijo Patricia – Será un príncipe de su país.

 

Y así, las dos hermanas, fueron contándose poco a poco la historia de la princesa Diana, que había huído de las lejanas tierras de más allá del gran mar, con sus padres y sus hermanos, porque un hada madrina con muy mala intención había hecho un embrujo.

 

El embrujo consistía en que Diana, sus padres los Reyes y sus hermanos no podían volver a su país hasta que Diana cumpliese veinticinco años, edad en la que regresaría para casarse con el príncipe que le estaba destinado. Mientras tanto, el hada, convertida en bruja, retenía a su hermana, y tenía a su pueblo de guerra en guerra, luchando continuamente sin saber muy bien por qué.

 

         Diana la princesa, y sus padres los Reyes tenían el encargo de buscar, en el país donde vivían las dos hermanas, , ayuda para su pueblo y refugio para ellos. Y en este país estaban esperando a que Diana cumpliese veinticinco años, momento en el que debían regresar a su lejana tierra, con el fin de romper el hechizo, casarse con el príncipe, y liberar a su gente del triste destino que les había impuesto la bruja.

 

Así, con esa maravillosa historia, más maravillosa que el más maravilloso de los cuentos, las dos hermanas veían día a día a Diana, su princesa, y se imaginaban historias de batallas en las que un príncipe guapísimo luchaba y luchaba sin cesar, con la esperanza de que su bella princesa acudiera a liberarle a él y a su pueblo.

 

Además, seguras de haber descubierto un gran secreto, Patricia y Celia no se lo contaron a nadie.

 

Un día su papá les dijo:

 

-          Patri, Celia, os tenemos que contar una cosa. Como sabéis, Diana está estudiando en su cole. Después del verano, cuando vuelva a su cole va a tener que estar allí muchas horas, y no va a tener tiempo para venir a nuestra casa. Por eso, va a dejar de cuidaros, y vendrá otra persona que estará con vosotras.-

 

Las dos hermanas se miraron y sonrieron. Sí, sí, a ellas con eso ... O sea que no les querían contar la verdad. Seguramente es que eso de princesa no se cuenta así como así. Pero ellas lo habían adivinado.

 

-          ¿Y dónde vas, Diana?.- preguntó Celia.

-          Voy a ayudar a los médicos a curar a la gente.

 

¡Ah!, así es que era eso. Claro, claro, ayudaba a los médicos a curar a la gente, a la gente de su país, al que tenía que volver para romper el hechizo.

 

-          ¿Y vendrás algún día a vernos?.- preguntó Celia.

-          ¿Cómo va a venir? Si está muy, muy lejos y tiene que cruzar el gran, gran mar.- dijo Patricia.

-          No, Patri. No voy a ir tan lejos. Estaré en mi casa, con mis papás y mis hermanos, y seguro que algún día puedo venir.

-          Pero, pero si tú dijiste que tu país estaba muy lejos....-

-          Sí, pero yo no me voy a mi país.-

-          Sí, ¡ja!.-

 

Y Patricia, convencida de que su historia era cierta, se fue enfadada a su cuarto. Al rato, llegó Celia.

 

-          Patri, yo creo que Diana no es una princesa, y que va a ayudar a los médicos.

-          Pues yo no. Yo creo que no puede contarnos la verdad porque la bruja se enfadaría.-

 

Y así, entre la historia de Diana enfermera y la historia de Diana princesa pasaron los días. Y llegó Virginia, la nueva cuidadora, que era rubia, y mamá, y tenía también una suave forma de hablar que traía el susurro de su tierra a través del gran, gran mar. Y llegó el día de la marcha de Diana. Patricia y Celia la besaron con abrazo y le dieron un regalo que había comprado mamá. Ella también había comprado regalos para las niñas. Todos se pusieron un poco tristes. Diana les volvió a contar que se iba a ayudar a los médicos. Las dos hermanas ya no sabían qué pensar. Pero, de pronto, cuando ya estaba en la puerta, Diana se giró para despedirse y, al mirarla, Patricia y Celia pudieron ver la sombra de una corona.

 

Las dos hermanas se miraron, sonrieron y dijeron: “Es princesa”.

 

Y más contentas, volvieron a besar a Diana, que se iba a cumplir con su destino, salvando a su hermana y a su pueblo, y se fueron a jugar con Virginia a las máscaras.

 

miércoles, 7 de agosto de 2013

El malentendido

"El malentendido" es la primera novela de Irène Nermirovsky. Escrita en 1926, no se ha publicado en España hasta este año, 2013. Es la primera obra de la autora, a la que, como muchos españoles, descubrí leyendo "Suite francesa". Fue ésta una novela que me impactó, tanto por su contenido y la habilidad narrativa de Nemirovsky, como por la propia historia que la rodeaba: fue su obra inacabada, la que estaba escribiendo cuando fue detenida y llevada a Auschwitz.
 
Después he ido leyendo todas las obras que se han ido publicando de la autora y ninguna me ha decepcionado. En todas ellas, la fina semblanza psicológica de sus protagonistas; esas emociones que convierten situaciones cotidianas en historias que trascienden a los personajes y los hacen universales, tan mezquinos a veces, tan débiles otras, tan humanos en definitiva.
 
Y "el malentendido" no es una excepción. Cuenta la historia de una relación amorosa. Una relación que es un adulterio, la protagonista está casada, pero, a pesar de ello, a lo largo de la novela este hecho, que no se esconde, parece irrelevante. Lo importante son los sentimientos de Denise y, también, los de Yves. Esos sentimientos que no se comparten, que no se expresan y que van construyendo un mundo de distancia entre ellos.
 
Es también, como otras novelas de la autora, la historia de las diferencias de clase que crean también abismos entre las personas. De los que fueron y ya no son, de los que siguen siendo y de los que quieren llegar a ser. La posición social, que tanto debía preocupar en el París de esa época y que tanto preocupaba a Nemirovsky, sin duda, emigrante rusa afincada en Francia.
 
En definitiva, una novela en apariencia ligera, que esconde un acertado retrato de la naturaleza humana en el París de los años veinte, que, con leves matices, podría trasladarse a la actualidad, porque los sentimientos y las emociones que narra Nemirovsky son humanos, y por tanto, universales.
 
Como todas sus novelas, me ha gustado y la recomiendo. No sé si aun quedará alguna por publicar, porque cada año me sorprenden con un nuevo libro de esta autora. Curioso esto de empezar por el final, leer en primer lugar la obra inacabada  e ir poco a poco conociendo al autor del revés, de forma inversa a como creó sus personajes. 

martes, 16 de julio de 2013

Otra oportunidad


No le apetecía. Desde que Marina se fue no le apetecía nada. Ni salir con sus amigos, los de toda la vida, a tomar cañas y a reírse recordando siempre las mismas cosas. Todos más viejos. Todos iguales. Como si la calva de Javier y la barriga de Roberto no estuviesen allí y siguiesen siendo aquellos gamberros que volvieron locos a los profesores de COU. No le apetecía nada. Ni jugar al fútbol, un partidillo los domingos, casi arrastrándose, sin poder llegar a los balones, indigna sombra del chaval que tanto prometía. No le apetecía nada. Tampoco leer, las novelas negras que llenaban las estanterías, ni ver en la tele sus series favoritas, siempre en inglés, y siempre antes de que llegasen a los canales españoles, para poder presumir en el trabajo. No le apetecía nada. Se miraba por las mañanas en el espejo y le costaba reconocerse en el rictus de amargura que pesaba sobre las arrugas de sus ojos. No se preocupaba de su aspecto. Él, que siempre había llevado a gala ir como un pincel, marcando estilo, como solía decir, orgulloso de su gusto, arriesgado y tan propio.

No le apetecía nada. Por eso, cuando sus amigos, los de siempre, insistieron por cuarta vez en el mes, para que salieran todos juntos, una cena y de copas, por la noche, como antes, estuvo a punto de volver a negarse. Sabía que era por él. Que maldita la gracia que le hacía a Carlos, con los mellizos que no tenían ni seis meses y se despertaban cada tres horas. Ni a Raúl, que se acababa de casar – los hay con ganas, como si con una vez no hubiera bastante – y estaba todavía embobado con su mujer. Ni a Manolo, que con la úlcera no podía disfrutar de nada, ni de la comida, ni de las copas. Sabía que lo hacían por él. Por eso, aunque estuvo a punto de negarse otra vez, aunque no le apetecía nada, esa noche dijo que sí, que salía, que se iban a enterar todos los “mataos” que poblaban Madrid, que allí estaban ellos, que iban a arrasar la ciudad, como cuando aún tenían frescas las gamberradas que seguían repitiéndose entre risas bobaliconas cada vez que se veían.

Y cumplió religiosamente, para no disgustar a sus amigos. Cenó, bebió y se dejó conducir a ese sitio, ese extraño bar, medio discoteca, medio teatro de variedades, que les había recomendado la mujer de Javier. Estaba incómodo. Empezaba a hacer calor y no había acertado con la camisa de manga larga y la americana. Además, aunque siempre presumía de lo contrario, él nunca había sido muy de bailar, ni de discotecas. Y hacía por lo menos diez años que no probaba el alcohol. Sólo en celebraciones familiares. La familia. Su familia. Marina recogiendo las cosas en su casa, la que ahora era de él, tan grande y tan vacía.

-      Es lo mejor – le repetía mientras guardaba ropa, libros, discos, de forma desordenada en las maletas.- Antes de que vuelvan los niños.- Y él asentía, mudo, con un muro de angustia en la garganta que le sabía a cemento y no le dejaba hablar.

Los niños eran Carlota y Jaime, sus hijos, que ya no lo eran tanto. Estaban los dos fuera, mira qué casualidad, estudiando. Carlota con una Erasmus, en Lovaina, y Jaime, el pequeño, haciendo un año, el equivalente a cuarto de la ESO, en Estados Unidos. Al principio no lo pensó. Pero luego llegó a estar seguro de que no era casual, de que Marina había planeado que coincidieran estudiando en el extranjero para no tener que enfrentarse a la ruptura con los niños – ya no tan niños – en casa. Aunque, bien mirado, lo tenía tan claro que, seguramente, le habría dado igual. Era sólo una casualidad. Una casualidad que le dejaba más solo aún. Sin Marina. Sin los niños.

Cogió el vaso que le ofrecía Raúl y se volvió hacia la pista, con la mente aún en la maleta medio llena de Marina. Fue entonces cuando la vio. La reconoció enseguida, pero necesitó pararse en ella unos minutos para permitirse la alegría del reencuentro. Clara, cuánto tiempo… Era ella. La misma, no le cabía duda.

        Clara no tan joven, con la cara más afilada y, paradójicamente, el cuerpo más redondo de lo que recordaba. Con el pelo liso cayéndole sobre los hombros. Y esa sonrisa. La  sonrisa que parecía haber estado allí siempre. Marina, su maleta y su resolución salieron de su mente, que se abrió al recuerdo de Clara. De la Clara que ahora tenía a unos pasos y de la que vivía en su memoria. Sin pensarlo se acercó a ella, moviéndose con una confianza que hacía tiempo no sentía. Antes de que pudiera decirle nada, ella se dio la vuelta, le reconoció y, abriendo mucho la boca y los ojos, con un grito que quedó ahogado por la voz de Freddie Mercury, se adelantó para abrazarle.

-      Luis, pero ¿qué haces aquí? – Y le dio dos besos antes de que pudiera reaccionar.

Luis la conocía desde que era una niña. Sí, ése fue el problema, que Clara era una niña. Era una niña de casi dieciocho años a la que le gustaba saltarse las normas. Una niña caprichosa, divertida, descarada y tremendamente atractiva. Y también era la hermana de Elena, la pequeña, la hermana pequeña de la mejor amiga de Marina. Imposible. Siempre lo fue.

La miraba ahora y era consciente de todo el tiempo que había pasado. Clara ya no era una niña. Ni él tampoco. Los diez años que se llevaban, ahora apenas se notaban. Él en sus cincuenta, ella con cuarenta recién cumplidos. Pero seguía siendo divertida y, también, atractiva. De otro modo, pero muy atractiva.

Javier se acercó y le preguntó, hablándole al oído:

-      La conoces, ¿verdad? Es algo de tu mujer, ¿no? Es que éstos están alucinados, pensando que has ligado.-

-      Pues déjales que lo crean, ¿no? – Le dijo Luis sonriendo.- Sí, es la hermana de la amiga de mi mujer.-

-      ¡Qué complicado! Entonces no es nada. Has ligado.- Sentenció Javier. Y se fue a comentar la jugada con el resto.

Clara hablaba sin parar, mientras se movía al ritmo de las distintas canciones que sonaban en el local. Le contó que estaba casada –algo le sonaba a Luis – con un tal Miguel y que tenía tres hijos.

-      Familia numerosa – dijo él y ella volvió a sonreír. Ya no era caprichosa ni descarada, pero seguía siendo divertida… Y muy atractiva.

Le contó que había venido con los compañeros de trabajo, y señaló con el vaso a un extraño grupo que se movía de forma desigual al ritmo de la música. No es que pareciesen ajenos al local, que era una rara mezcla de decoración kirsch y gente aún más kirsch; pero si te fijabas bien, veías que iban de los veintitantos a los sesenta, en grupos desiguales. Sí, compañeros de trabajo, no había más que verlos.

Luis se acercó para hablar a Clara y pudo sentir de nuevo su olor. Esa rara mezcla de Aire de Loewe - ¡Sigue usando la misma colonia! – y su propio aroma. Cerró los ojos y se vió de nuevo recostado junto al fuego, quieto, sin atreverse a mover un solo músculo, intentando retener el momento y no pensar en nada más. Con la colonia de ella flotando entre los dos, la cabeza de Clara apoyada en su hombro y su cuerpo –¡ay su cuerpo! – tan cerca que cualquier movimiento hacía que se rozasen.

Fue un fin de semana extraño que empezó con una noche de borrachera. La que más bebió fue Clara. Ni siquiera Elena consiguió que parara. Pero no fue sólo ella, también Luis y la propia Marina, que no estaba acostumbrada y que se fue a la cama dando tumbos. Hasta que se quedaron solos. Nadie pareció notarlo. Clara y él, sentados frente a la chimenea, haciendo como que no se daban cuenta de que sus cuerpos se tocaban; pretendiendo que no era verdad, que la mano de ella no estaba en la pierna de él; que el brazo de Luis no descansaba sobre el regazo de Clara. Disimulando las ganas que ambos tenían de que el alcohol les hubiese anulado por completo la conciencia.

Clara allí, tan descarada, tan atractiva… Tan joven. No tenía ni dieciocho años y aunque Luis tampoco llegaba a los treinta, esa diferencia, entonces, era insalvable. “Si es menor de edad”, se decía y eso servía para que no moviese un músculo, notando la respiración de Clara en su cuello.

Llevaba dos años saliendo con Marina. Se habían comprado un piso y hablaban de mudarse e incluso de boda. No, la niña caprichosa que le anulaba la voluntad no podía salirse con la suya. Se removió y ella lo interpretó mal. Levantó la cabeza e intentó besarle, pero Luis retiró la cara y los labios de Clara rozaron su cuello. La sensación fue casi más fuerte y más erótica que si hubiese conseguido su objetivo. Luis se obligó a pronunciar el nombre, como si fuera un mantra que le protegiese de todo, un mantra que le protegiese de sí mismo.

-      Marina.- Sólo dijo eso. Pero no tuvo que decir más. Ella entendió y se apartó mientras anunciaba que se iba a la cama.

Cuántas veces se había reprochado Luis sus estúpidos remilgos. ¿Por qué no se dejó llevar? Nadie se hubiera enterado, ¿o sí? Se lo preguntó durante todo ese fin de semana en la casa del pueblo de la familia de Marina, tratando de ver en las sonrisas y en las miradas de Clara promesas que quizá sólo existían en su mente. Se lo preguntó después, cuando volvieron a coincidir en el bautizo de Jorge, el hijo de Elena, que era también el ahijado de Marina. Y años más tarde, cuando el niño hizo la comunión, vestido de marinerito y Luis vio llegar a Clara como en una aparición, acompañada por un joven alto, muy alto, que sería su novio, quizá ese Miguel con el que había tenido tres hijos. Ella con el pelo largo, como lo tenía aquella primera vez, pero más rubio, y ese vestido de gasa color marfil que en cualquier otra hubiera parecido un camisón y que a ella le sentaba como el anuncio de la moda de primavera en la portada del Hola.

Ahora la tenía junto a él. El pelo más corto y liso. La oscuridad de la discoteca no le permitía asegurarlo, pero juraría que también más oscuro. Vestida de un modo muy carnal, y no con el halo de criatura etérea de la última vez. Bajó la vista para comprobar que llevaba un pantalón vaquero y unos tacones imposibles. Más previsora que él, había optado por una camisa de seda sin mangas que se abría en algunos movimientos, haciendo que Luis tuviese que luchar por no seguir el recorrido de los botones entreabiertos con la vista.

Se dijo que era una señal del destino, que no podía ser una casualidad que apareciese ahora, justo ahora, que se acababa de separar de Marina. La voz de Clara le sacó de su ensoñación.

-      Ya me contó mi hermana, que te separaste de Marina.- Y el nombre quedó flotando entre ellos, como la última vez.

-      Sí.- Dijo él, y no fue capaz de encontrar ninguna otra frase que fuese adecuada.

Sonó una canción de entonces, de los ochenta, la había oído mil veces, era de Katrina and the waves, le gustaba, le gustaba mucho. Clara se echó a reír y se puso a bailar como loca, mientras le decía: “¿te acuerdas?, ¿te acuerdas?” Él no se acordaba de nada, pero le gustaba verla reír. Por eso la siguió hasta la pista y bailaron juntos, cantando la letra sin poder oírse por el ruido del local. Cuando acabó, Clara se acercó a él y, gritando, le dijo:

-      Cualquiera diría que lo hemos preparado. Nos vemos después de tantos años y nos ponen esta canción, la que oíamos en el coche, de vuelta a Madrid, ese fin de semana.- A Luis no le hizo falta que le dijera de qué fin de semana hablaba. De pronto se acordó del coche, y de la canción, pero sobre todo se acordó del cuerpo de Clara, pegado al suyo, y de su olor, que a pesar de los años seguía siendo el mismo. Se acercó a ella y pasando la mano por su pelo – ahora liso, más corto, más oscuro – la atrajo hacia él.

Ella se resistió sólo un poco, lo suficiente, y pronunció un nombre. Luis hubiera jurado que había dicho “Marina”, y tardó en comprender que no, que lo que había dicho era:

-      Miguel.- Y no hizo falta más. Le acarició el pelo y la dejó marchar. Como ella hiciera entonces, tantos años atrás.

Antes de irse del local, pasó a despedirse de ella. Dos besos en las mejillas y una mirada. Se atrevió a preguntar:

-      ¿Tú crees que habrá algún día sin nombre?, ¿algún día en el que tengamos una tercera oportunidad? –

Clara le miró, sonrió y no dijo nada. Él volvió a leer en su rostro las mismas promesas que le perseguían desde hacía más de veinte años.

 

 

 

 

domingo, 16 de junio de 2013

Perdida


La semana pasada acudí a mi cita anual con la Feria del Libro de Madrid. Compré varios títulos que poco a poco iré comentando en el blog. (Aunque tengo libro electrónico sigo sin poder resistirme al encanto, cada vez más decadente, del papel)

El primero es “Perdida” de la autora estadounidense Gillian Flyn. La publicidad dice de esta novela que ha sido la que ha desbancado en ventas a “Cincuenta sombras de Grey”. Siendo un hecho objetivo, desde mi punto de vista, que ambos títulos aparezcan juntos en una frase puede llamar a error. Nada que ver. Si “Cincuenta…”, a mi parecer, no es literatura, “Perdida” bebe de las fuentes clásicas de la novela policiaca. Es una historia bien resuelta, que te mantiene alerta, te sorprende con giros inesperados, y responde bastante bien a lo que se pide a una novela de este género. Eso mismo han debido pensar otros muchos lectores, porque es el tercer libro electrónico más vendido de la historia, además de contar con el apoyo de la crítica y con varios premios.

“Perdida” te engancha desde el principio. Como buena novela policiaca comienza planteando la incógnita: ¿Dónde está Amy?, ¿está muerta?, ¿desaparecida?, ¿qué ha pasado con ella? La primera parte intenta darnos algunas respuestas a esa pregunta inicial, a través de los ojos de su marido, Nick, y de la propia Amy, que con su diario, nos conduce al pasado, a la historia de esta pareja que se parece tanto a otras que conocemos. Con la crisis económica como escenario, asistimos a los cambios que va experimentando la vida de los Dunne y cómo afectan a su relación. Al final esta parte puede llegar a resultar un poco cargante, sobre todo, las últimas entradas del diario de Amy, enterrada en un pueblo de Missouri, tan lejos – en todos los sentidos - de su Nueva York natal, que nos muestran a una mujer asustada, incómoda en su vida forzada de ama de casa, que parece seguir a pies juntillas los consejos de esa Elena Francis que acompañó mi infancia: no le molestes, procura agradarle, vive en función de él…

Pero si consigues superar las trescientas páginas de la Parte Primera, te espera un giro que te impedirá dejar de leer.

Gillian Flyn maneja bastante bien las voces de los personajes. Igual intensidad en el protagonista masculino (Nick) que en los principales personajes femeninos (por supuesto Amy, la asombrosa Amy, pero también Go, Andie y Boney, la policía) A destacar el contraste entre el arquetipo femenino que nos brindan otras novelas – presente en la primera parte del libro – y el personaje descarnado, retorcido y carente de empatía que aparece en la segunda parte

Y no quiero adelantar nada más. Un viaje por la cotidianidad y el desgaste de la vida en pareja, que  me ha traído resonancias de otra novela; una muy distinta que no me dejó gran huella cuando la leí, pero que ha ido ganando a través del recuerdo: “Las variaciones Bradshaw”, de la británica Rachel Cusk. ¿Quién te conoce mejor que tu propia pareja, la persona que convive contigo?  Y eso no tiene que ser necesariamente bueno… ¿O sí?

En definitiva, una buena novela policiaca, que algunos han comparado con las de Patricia Highsmith. Es posible, pero tengo que reconocer que a mí, Tom Ripley siempre me ha caído bien y no sé si puedo decir lo mismo de los protagonistas de esta historia.

domingo, 19 de mayo de 2013

Hay personas de principios y personas de finales

Lo que os voy a dejar hoy se parece más a una reflexión que a un relato. A una reflexión pesimista, sí, de las que yo no suelo hacer, pero ahí está. A veces es bueno retar a la mente, plantear temas distintos, poco amables, para ejercitar el criterio. Que, como si de un músculo se tratase, necesita que lo forcemos para seguir activo.

" Hay personas con principios y personas con finales. Las primeras orientan sus actuaciones en función de unos límites que no sobrepasan. Viven en los cómos, en el camino, su mundo son los medios. ¿Qué más da si no consiguen todo lo que quieren?  La satisfacción que les produce haber seguido unas normas, ser fieles a una forma de pensar, a una ética o una moral, compensa todo lo demás.


Las personas con finales, sin embargo, tienen claros sus objetivos y van a por ellos cueste lo que cueste. Son aquéllas que cumplen la frase de Maquiavelo: “el fin justifica los medios”. La ética está al servicio de la utilidad que pretenden conseguir. Se mueven en el mundo de los qués,

A la mayoría nos gusta pensar que somos del primer grupo. Eso nos hace sentirnos bien con nosotros mismos, tranquiliza nuestra conciencia. ¿Quién no prefiere que cuando hablen de él digan “es una buena persona”? Normalmente queremos que añadan algo más, pero eso, ser  una buena persona, es la base que damos por descontada.

Sin embargo, yo sé que soy de los segundos. Soy una persona con finales. Y no por ambición, porque sea un tiburón de las finanzas o un hombre acostumbrado a afrontar retos. No. Porque soy cobarde. Muy cobarde. Y lo único que pretendo en esta vida es “salvar mi culo”. Así, como lo ves. Ni más ni menos. Y para eso estoy dispuesto a hacer lo que sea. Vendería a mi madre si pudiera. Pero no puedo, murió hace algunos años. Tampoco me importaría sacrificar a mis hijos, si es que tuviese alguno, o a mi mejor amigo, (espera que piense, ¿qué amigos tengo?) Haría cualquier cosa. Suelo reírme de las personas que dicen tener ideales. La verdad es que normalmente sólo lo “dicen”, la mayoría son como yo, mezquinos, egoístas, y si se vieran en una situación límite, sus ideales se evaporarían, mezclándose con los vapores del miedo, y sólo pensarían en ellos mismos. Es una cuestión de supervivencia. Si estamos aquí, si el ser humano, uno de los animales más indefensos, sigue aquí, no es por la inteligencia, ni porque nos hayamos puesto a andar sobre dos patas, no, es porque somos los más cobardes. Por eso sobrevivimos, porque sabemos huir como nadie, evitar los peligros, protegernos.

¿Quién, en una situación de conflicto aguantaría la tortura sin desvelar lo que se le solicita? En las películas mucha gente, siempre los buenos, los protagonistas. Pero, ¿en la realidad? Sé sincero. Si alguien te mantuviese inmovilizado, sin ninguna posibilidad de escapar, y te fuese causando dolor, un dolor medido, el suficiente para que la situación sea insoportable, pero no para que te desmayes, y supieses que va a seguir haciéndolo hasta que tú digas o hagas algo, ¿no te dejarías llevar para acabar con eso? Claro que sí. Ésa era la base de la Inquisición y lo ha sido y sigue siéndolo de muchos regímenes políticos. Dirías lo que quisieran escuchar. Verdad o mentira, ¿qué más da? Les entregarías a quien fuera con tal de salvarte tú.

Por eso estás aquí. Por eso hemos sobrevivido como especie. Los valientes murieron. En alguna de esas sesiones de tortura. O en conflictos, exponiéndose sin sentido, o ante animales más fuertes que ellos. Murieron y, tal como nos enseña Darwin y su selección natural (lo siento por los creacionistas, pero para esta historia no nos valen), no se reprodujeron. Por tanto somos hijos de los más cobardes. Y eso, amigos míos, se lleva en los genes. Al menos, yo lo llevo.
Soy una persona de finales. Sin problemas para cambiar de idea las veces que haga falta, de olvidar lo que he defendido unas horas antes, o de modificar mi discurso para no ser rechazado. Me adapto. Me adapto a lo que sea necesario. Quizá por eso no tengo amigos. No puedo conservarlos. Si tengo que traicionarles por mi bien, no dudo en hacerlo. ¿Alguien puede extrañarse de ello en un país en el que la corrupción está a la orden del día y llena las portadas de los periódicos y los titulares de las noticias?, ¿en un mundo sumido en una profunda crisis económica nacida de la ambición, de la falta de control? ¿Qué soy yo sino un fiel reflejo de lo que me ha tocado vivir? ¿Qué soy sino el resultado de millones y millones de humanos cobardes que lograron huir o esconderse a tiempo?
Soy un hombre de finales. Aunque, como a ti, me guste pensar que no. Que tengo principios, ideas, que me mantengo fiel a ellas, que sería capaz de renunciar a mi beneficio por ser coherente. Soy un hombre de finales y por eso espero seguir donde estoy. Ya no se trata de supervivencia, ¿o sí? Depende de cómo se mire. Morir no voy a morirme. Pero podría ser peor. Podría caer en desgracia… No quiero ni pensarlo. Mis genes, los de los millones de cobardes que se mezclaron para llegar hasta mí, se revuelven ante la idea. Veo el precipicio y casi siento la caída. ¡Uf! Menos mal que soy rápido cambiando de parecer. Que construyo argumentos casi sin sentir. Que mi memoria no llega a incomodarme con lo que he dicho o con lo que he hecho. Menos mal.

¿Qué pasa?, ¿Qué no es ésa la herencia que queremos trasmitir a nuestros hijos?, ¿Que debemos aspirar a tener actitudes, comportamientos que hagan de nosotros y de nuestro entorno un lugar bueno para el futuro? Palabras, sólo palabras. Mira a tu alrededor. ¿Qué ves?, ¿realmente quieres ser diferente?, ¿diferente de quién?

Puedes engañarte si quieres. Dar grandes discursos. Apuntarte a alguna organización que busque hacer el bien, ser solidario. Puedes hacer lo que quieras. Mantener tranquila tu conciencia. Hacer como que no te das cuenta de que, en el fondo, eres igual que todos. Rebelarte contra la mayoría de tu ADN e intentar favorecer a esos pocos genes de perdedores, de ilusos, que se colaron en tu pasado.

Puedes pensar que eres un hombre de principios. Yo sé que no. Yo sé que soy un hombre de finales. Y por eso, cuando tú dudes, yo estaré tranquilo. Cuando tú te desesperes, yo sabré cambiar a tiempo. Cuando tú pierdas, yo ganaré. Porque ser valiente es de tontos. Ya no se lleva. Y, desde luego, no te da ningún beneficio. ¿Que no es eso lo que debemos transmitirles a las generaciones futuras? Recuerda: yo no tengo hijos… ¿y tú?



domingo, 5 de mayo de 2013

El día de la madre

La entrada que voy a dejar hoy es la continuación de otra historia que hice hace algo más de un año: "Beatriz en el país de la eternidad". No pensé que iba a hacer una segunda parte y menos en tan poco tiempo, pero las cosas han sucedido así y no se me ocurre una manera mejor de rendirle un homenaje a las personas queridas que se han ido en los últimos días.

Espero que, por el momento, no haya terceras partes.


"Al despertarte sentiste una extraña ligereza. Las palabras que te leyó Carlos anoche (¿o fue antes? No lograbas recordarlo bien) seguían resonando en tu cabeza. Te gustaba que te leyese, y que te leyese además ese libro, el que te traía recuerdos de tu juventud. Pero a veces iba demasiado deprisa y no te dejaba saborear las aventuras y las desventuras de ese “Juan León” que acompañó tus sueños, hace ya tantos años…

                La voz de tu hijo se fue perdiendo en tu memoria. Estuviste a punto de decirle que siguiese, pero algo llamó tu atención. Cuando las viste llegar juntas no lo podías creer. Volviste la cabeza a un lado y a otro, intentando reconocer dónde estabas. No te fue difícil, el Convento de Santo Domingo a tu izquierda y la calle que se abría ante ti, te lo pusieron fácil. Tan fácil como te fue reconocerlas a ellas, iguales y distintas a cómo las recordabas. Las dos tan jóvenes… Tu hija. Tu madre. Ambas parecían de la misma edad. Y tú sabías que eso era imposible. Como lo era que tú también estuvieses en los veinte. En los veinte o en los treinta, pero más no. Más no, porque tus manos volvían a ser suaves, sin manchas, sin los nervios marcados (con las uñas mordidas, eso sí); tu brazo derecho tenía el tamaño normal y no el desmesurado que le dio la enfermedad y tu pelo… Tu pelo estaba raro, con un peinado que no era el habitual, pero fuerte otra vez, como cuando eras joven; como cuando paseabas por esas calles, agarrada del brazo de tus amigas. Eras joven. Como tu madre, con el pelo rubio, cayéndole en ondas y el moño bajo de la foto de la boda. Como tu hija, con la melena por debajo de los hombros y el flequillo justo a la altura de las cejas. Os abrazasteis. Y las sensaciones volvieron a ti; las sensaciones buenas, las que ya casi ni recordabas. Estabas a punto de ponerte a llorar, pero ellas no te dejaron, comenzaron a hablar y ya sólo pudiste concentrarte en la conversación

-          ¡Qué alegría verte mamá! – te decía Bea, mientras te agarraba del brazo.- Ya verás qué bien vas a estar aquí. Ni te imaginas cuánta gente hay. Seguro que tú conoces a más de los que conozco yo. Pero que te cuente, que te cuente la abuela.-

-          Poco a poco, que tiempo tiene. Como dice Bea aquí vas a estar divinamente. Con un montón de gente, con tiempo y, como ya te habrás dado cuenta, sin dolor.-

-          Y joven.- Interrumpió Beatriz.- Aquí todos somos jóvenes mamá. ¿Ves a la abuela, lo guapa que está? Pues ni te imaginas al abuelo… O a lo mejor sí, porque tú le debiste conocer más o menos de esa edad. No, algo más viejo. Pero está guapísimo. Por cierto abuela, ¿dónde ha ido? –

-          No lo sé, la verdad. Salió esta mañana temprano, que sabes que a él le gusta madrugar, y no me dijo más que iba a ver a alguien nuevo.- Abuela y nieta se miraron y luego te miraron. Tú eras nueva. ¿Quizá el abuelo te preparaba una sorpresa?

Antes de que pudieran decir nada más, alguien salió del bar de la esquina de la calle Mayor y fue directo a vosotras.

-          ¡Hola Paca!  - te saludó.  Y supiste quién era. Estaba más delgado y, por supuesto más joven; pero era el mismo, el hermano de tu cuñada, de tu amiga.

-          ¡Hola Alfonso! ¿Qué tal?, ¿cómo vas por aquí? – Él, como tú, era nuevo, había llegado hacía algo más de un mes.

-          Bien. Uno se hace a esto enseguida. Llegas pronto. No te esperábamos hasta dentro de unas horas. Tu padre se ha ido y quería estar aquí para cuando llegases.

-          ¿Juan estaba contigo? – preguntó tu madre.

-          Sí, estuvimos hablando de las cruces y los mayos, preparando algunas cosas. Se fue hace una hora más o menos, al Rastro y tiene que estar al llegar.

-          ¿Al Rastro? – preguntaste.- Pero, ¿es que se puede ir de un sitio a otro? –

-          Pues claro, mamá.- Te dijo Beatriz.- Ya verás qué fácil es.

Abrumada por todas las novedades no sabías que decir. Tu madre lo entendió, te cogió del brazo y echasteis a andar, no sin antes despedirte de Alfonso.

-          Bueno, ya nos veremos.- Le dijiste.

-          Sí.- Te respondió él.- Aquí no es difícil.

Las cruces. Alfonso había hablado de las cruces como si fuera lo más natural. ¿También se celebraban allí? Faltaba menos de una semana para esa fiesta. Te había gustado siempre tanto… Pero este año se te había pasado y el anterior… El anterior, con la muerte de Beatriz, fue una auténtica pesadilla. Si hubieras sabido que ella estaba tan bien, quizá… Pero no, hubiera dado igual, saberlo no te habría aliviado. Quizá un poco, al principio. Pero su ausencia dolía tanto que no habría servido de nada. Y ahora estabais allí, las dos juntas. Y con más gente. Con tu madre, que te abrazaba ahora, andando por la calle Mayor; con tu padre, al que verías de nuevo dentro de poco. Sí, seguramente podrías acostumbrarte a estar allí. Sin dolores, con la gente a la que querías. Por tu mente pasó la imagen de tus otros hijos, de tus nietos, de los otros seres queridos, los que estaban aún allí, abajo, o arriba, o vete a saber, dondequiera que estuviese el mundo de los vivos.

Tu madre no paraba de hablar. Tú no lograbas seguir del todo la conversación. Te sorprendía la gente con la que te ibas cruzando. No sabías muy bien qué hacer, si pararte a saludar a todos o hacer como que nada, como que todo era normal, porque ese cielo que era tu pueblo era al mismo tiempo tan extraño y tan conocido…


Dudaste al ver a Pepa, la madre de tu cuñada, la madre de Alfonso. Y no porque estuviese joven, no, a eso ya te habías acostumbrado. Dudaste porque no recordabas la última vez que la viste andando. Pepa había pasado los últimos treinta años inválida, y verla casi correr por la plaza era algo que no esperabas. Antes de que llegases a saludarla, cambiaste de opinión. Milagros, tu amiga Milagros, venía hacia ti, dispuesta a abrazarte.


Tu primera semana en ese entorno aséptico, en ese paréntesis en el que, desde ahora, ibas a vivir, o a morir, no sabías muy bien cómo decirlo, estuvo llena de cosas que hacer. ¡Cuánta gente! No recordabas tener tantos conocidos allí, pero, cuando te parabas a pensar, te parecía que abajo, o arriba, en el otro lugar, aquél del que venías, te quedaba menos gente de la que te acompañaba allí.

-          Eso es por la edad.- Te decía tu hija.

-          Es verdad.- Corroboraba tu madre.- Llega un momento en el que tienes más gente aquí que allí. A mí casi no me dio tiempo a sentirlo, pero hay muchos aquí que dicen eso.-

Pensaste en lo que te decían. Sí, era cierto. Pero a ti todavía te quedaban seres queridos en el otro lado. Personas que debían de estar muy tristes. Les recordabas. A pesar de lo ocupada que habías estado, yendo de un sitio para otro (eso de teletransportarse estaba realmente bien), reencontrándote con familiares, con amigos, con gente que no habías conocido personalmente, pero de la que sabías a través de otros, o por la tele o las revistas; a pesar de eso, no podías evitar recordarles. Como si te leyera el pensamiento, Beatriz te dijo:

-          Mañana es el día de la madre.- No pensaste en ti, sino en tu madre, a la que tenías cerca después de tantos años.

-          Sí.- Sólo dijiste eso.

-          Lo pasarán mal.- Y entonces sí te diste cuenta. Tus hijos, tu marido, tus nietos, estarían sin ti. Y estaba tan cercana tu muerte…

-          Pobres…-

-          ¿Quieres comunicarte con ellos? –

-          Pero, ¿se puede? – Pregustaste, sin poder creerlo.

-          Bueno, de un modo un poco extraño, pero sí que se puede. No me digas que no has notado nada en todo este año. Yo me he puesto en contacto con vosotros varias veces.-

-          Pero… ¿eras tú realmente? – No podías creértelo.

-          Pues claro.- Te cogió la mano.- ¿Quieres que lo intentemos? –

-          Claro, pero, ¿cómo? –

-          Sólo se puede hacer de un modo. A través de las musas.-

-          Pero, ¿qué dices? –

-          Que sí, ya verás. Tú coge mi mano y concéntrate, ya verás cómo llegamos a ellos a través de las musas, de la imaginación.-

-          No seas tonta muchacha, pero ¿cómo voy a hacer yo eso? – Preguntaste, temerosa de creer a tu hija, pero deseándolo al mismo tiempo.

-          Pues, no sé. Yo la primera vez lo hice usando a la prima, ella escribió una historia y os llegó a todos.- Comentó Beatriz.

-          Sí, ya me acuerdo. Pero ¿no irás a decirme que esa historia era de verdad? –

-          Pues claro.- Afirmó tu hija.

-          Anda ya, si no puede ser. No digas tonterías.- Te negabas a creer algo así.

-          Pero podemos intentar otra cosa. ¿No me dijiste que, poco antes de morir, Carlos te estaba leyendo una novela?, Juan León era, ¿no? – Te preguntó Beatriz.

-          Sí, pero no me irás a decir ahora que vas a cambiar la novela y a poner una dedicatoria.-

-          No, claro que no.- Beatriz se echó a reír.- Eso no lo vamos a hacer. Vale que el cielo-pueblo se parezca a la película de “Las mujeres perfectas”, pero de ahí a que seamos también “Embrujadas” o “Entre fantasmas”, hay un camino.-

-          ¿Entonces? –

-          Entonces el libro servirá de lazo entre los dos mundos. Cada vez que lo lean, te recordarán y sabrán que estás bien, que estamos bien, aquí, juntas.-

-          ¿Y cómo lo van a saber?- Te negabas a creer algo así.

-          Porque les vamos a ayudar. Vamos a hacer la segunda parte de la historia que escribió la prima Pepa, y la historia y el libro de Juan León serán el camino entre nosotros. El regalo del día de la madre, el que yo te hago a ti y el que tú le vas a hacer a ellos. Al revés. Por una vez.-

-          Mira que he visto cosas aquí difíciles de creer, pero ésta sí que no, que no me lo creo y ya está.-

Seguías moviendo la cabeza a un lado y a otro, negándote a creer lo que te decía tu hija, cuando miraste a tu derecha y viste tu barrio, tu casa. Hacía tan poco que te habías ido de allí… La voz de Carlos leyéndote volvió a sonar en tu mente. Miraste y le viste, cogiendo el libro de Juan León de la mesita de noche. Lo ojeó y volvió a leer, en voz alta, algunos de los párrafos del principio. Te volviste y preguntaste a Beatriz, que te sonrió y te dijo.

-          ¿Ves?

Y después de un rato, os fuisteis las dos a buscar a la abuela, para celebrar con ella el día de la madre."